—¡Está bueno!, dice por fin, poniéndose el sombrero; algún pillastre... bien podía irse á divertir...

—¡Pobre señor!, dice entonces el calavera, acercándosele; ¿le han dado á usted?, es una desvergüenza... ¿pero le han hecho á usted mal?...

—No, señor, felizmente.

—¿Quiere usted algo?

—Tantas gracias.

Después de haber dado gracias, el hombre se va alejando, volviendo poco á poco la cabeza á ver si descubría... pero entonces el calavera le asesta su último tiro, que acierta á darle en medio de las narices, y el hombre derrotado aprieta el paso, sin tratar ya de averiguar de dónde procede el fuego; ya no piensa más que en alejarse. Suéltase entonces la carcajada en el corrillo, y empiezan los comentarios sobre el viejo, sobre el sombrero, sobre la calva, sobre el frac verde. Nada causa más risa que la extrañeza y el enfado del pobre; sin embargo, nada más natural.

El calavera-temerón escoge á veces para su centro de operaciones la parte interior de una persiana; este medio permite más abandono en la risa de los amigos, y es el más oculto; el calavera fino le desdeña por poco expuesto.

Á veces se dispara la cerbatana en guerrilla; entonces se escoge por blanco el farolillo de un escarolero, el fanal de un confitero, las botellas de una tienda; objetos todos en que produce el barro cocido un sonido sonoro y argentino. ¡Pim!, las ansias mortales, las agonías, y los votos del gallego y del fabricante de merengues, son el alimento del calavera.

Otras veces el calavera se coloca en el confín de la acera y fingiendo buscar el número de una casa, ve venir á uno, y andando con la cabeza alta, arriba, abajo, á un lado, á otro, sortea todos los movimientos del transeúnte, cerrándole por todas partes el paso á su camino. Cuando quiere poner un término á la escena, finge tropezar con él, y le da un pisotón; el otro entonces le dice: perdone usted; y el calavera se incorpora con su gente.

Á los pocos pasos, se va con los brazos abiertos á un hombre muy formal, y ahogándole entre ellos:—Pepe, exclama, ¿cuándo has vuelto? ¡Sí, tú eres! Y lo mira: el hombre, todo aturdido, duda si es un conocimiento antiguo... y tartamudea... Fingiendo entonces la mayor sorpresa: ¡Ah!, usted perdone, dice retirándose el calavera: creí que era usted un amigo mío...—No hay de qué.—Usted perdone. ¡Qué diantre! No he visto cosa más parecida.