Si se retira á la una ó las dos de su tertulia, y pasa por una botica, llama: el mancebo, medio dormido, se asoma á la ventanilla.—¿Quién es?—Dígame usted, pregunta el calavera, ¿tendría usted espolines?
Cualquiera puede figurarse la respuesta: feliz el mancebo, si en vez de hacerle esa sencilla pregunta, no le ocurre al calavera asirle de las narices al través de la rejilla, diciéndole:—Retírese usted; la noche está muy fresca, y puede usted atrapar un constipado.
Otra noche llama á deshoras á una puerta.—¿Quién?, pregunta de allí á un rato un hombre que sale al balcón medio desnudo.—Nada, contesta: soy yo, á quien no conoce, no quería irme á mi casa sin darle á usted las buenas noches.—¡Bribón!, ¡insolente! Si bajo...—Á ver cómo baja usted; baje usted: usted perdería más: figúrese usted dónde estaré yo cuando usted llegue á la calle. Conque buenas noches: sosiéguese usted, y que usted descanse.
Claro está que el calavera necesita espectadores para todas estas escenas: sólo lo son en cuanto pueden comunicarse; por tanto el calavera cría á su alrededor constantemente una pequeña corte de aprendices, ó de meros curiosos, que no teniendo valor ó gracia bastante para serlo ellos mismos, se contentan con el papel de cómplices y partícipes: éstos le miran con envidia, y son las trompetas de su fama.
El calavera-langosta se forma del anterior, y tiene el aire más decidido, el sombrero más ladeado, la corbata más négligé: sus hazañas son más serias; éste es aquél que se reúne en pandillas: semejante á la langosta, de que toma nombre, tala el campo donde cae; pero como ella no es de todos los años, tiene temporadas, y como en el día no es de lo más en boga, pasaremos muy rápidamente sobre él. Concurre á los bailes llamados de candil, donde entra sin que nadie le presente, y donde su sola presencia difunde el terror: arma camorra, apaga las luces, y se escurre antes de la llegada de la policía, y después de haber dado unos cuantos palos á derecha é izquierda: en las máscaras suele mover también su zipizape: en viendo una figura antipática, dice: aquel hombre me carga; se va para él, y le aplica un bofetón: de diez hombres que reciban bofetón, los nueve se quedan tranquilamente con él, pero si alguno quiere devolverle, hay desafío; la suerte decide entonces, porque el calavera es valiente: éste es el difícil de mirar: tiene un duelo hoy con uno que le miró de frente, mañana con uno que le miró de soslayo, y al día siguiente lo tendrá con otro que no le mire: éste es el que suele ir á las casas públicas con ánimo de no pagar: éste es el que talla y apunta con furor; es jugador, griego nato, y gran billarista además. En una palabra, éste es el venenoso, el calavera-plaga: los demás divierten; éste mata.
Dos líneas más allá de éste está otra casta, que nosotros rehusaremos desde luego; el calavera-tramposo, ó trapalón, el que hace deudas, el parásito, el que comete á veces picardías, el que empresta para no devolver, el que vive á costa de todo el mundo, etc., etc.: pero éstos no son verdaderamente calaveras; son indignos de este nombre: ésos son los que desacreditan el oficio, y por ellos pierden los demás. No los reconocemos.
Sólo tres clases hemos conocido más detestables que ésta: la primera es común en el día, y como al describirla habríamos de rozarnos con materias muy delicadas, y para nosotros respetables, no haremos más que indicarla. Queremos hablar del calavera-cura. Vuelvo á pedir perdón; pero ¿quién no conoce en el día algún sacerdote de ésos que queriendo pasar por hombres despreocupados, y limpiarse de la fama de carlistas, dan en el extremo opuesto; de ésos que para exagerar su liberalismo y su ilustración empiezan por llorar su ministerio; á quienes se ve siempre al rededor del tapete y de las bellas en bailes y en teatros, y en todo paraje profano, vestidos siempre y hablando mundanamente; que hacen alarde de?... Pero nuestros lectores nos comprenden. Este calavera es detestable, porque el cura liberal y despreocupado debe ser el más timorato de Dios, y el mejor morigerado. No creer en Dios y decirse su ministro, ó creer en él y faltarle descaradamente, son la hipocresía ó el crimen más hediondos. Vale más ser cura carlista de buena fe.
La segunda de estas aborrecibles castas es el viejo-calavera, planta como la caña, hueca y árida con hojas verdes. No necesitamos describirla, ni dar las razones de nuestro fallo. Recuerde el lector esos viejos que conocerá, un decrépito que persigue á las bellas, y se roza entre ellas como se arrastra un caracol entre las flores, llenándolas de baba; un viejo sin orden, sin casa, sin método... el joven al fin tiene delante de sí tiempo para la enmienda y disculpa en la sangre ardiente que corre por sus venas; el viejo-calavera es la torre antigua y cuarteada que amenaza sepultar en su ruina la planta inocente que nace á sus pies; sin embargo, éste es el único á quien cuadraría el nombre de calavera.
La tercera, en fin, es la mujer-calavera. La mujer con poca aprehensión, y que prescinde del primer mérito de su sexo, de ese miedo á todo, que tanto la hermosea, cesa de ser mujer para ser hombre; es la confusión de los sexos, el único hermafrodita de la naturaleza; ¿qué deja para nosotros? La mujer, reprimiendo sus pasiones, puede ser desgraciada, pero no le es lícito ser calavera. Cuanto es interesante la primera, tanto es despreciable la segunda.
Después del calavera-temerón hablaremos del seudo-calavera. Éste es aquél que sin gracia, sin ingenio, sin viveza y sin valor verdadero, se esfuerza para pasar por calavera: es género bastardo, y pudiérasele llamar por lo pesado y lo enfadoso el calavera-mosca. Rien n'est beau que le vrai, ha dicho Boileau, y en esta sentencia se encierra toda la crítica de esa apócrifa casta.