Curioso parlante. Panorama matritense.
La vuelta de París.

Madrid, 3 de enero de 1836.

Se vuelve á España desde París, querido amigo: es cosa probada, y, lo que es más, es cosa buena. Ni soy yo solo quien ha llevado á cabo tan ardua empresa. Loco estoy del gozo y del contento. Digan lo que quieran acerca de la superioridad de estos países, la patria es para un español más necesaria que una iglesia; ya sabes que á la vuelta de cada esquina se encuentran todavía una ó dos en nuestro país, pues se tropiezan por las calles aún más gentes que han vuelto de París. Por lo que hace á mí, no me queda la menor duda de que estoy de vuelta. Después de darme por ello el parabién, es mi primer cuidado el escribirte.

¿No lo podías creer? ¿Eh? ¿Á qué has de volver, decías? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿En qué? Despacio con tantas preguntas.

¿Á qué he de volver? Á mis antiguas mañas, amigo mío. Te confieso que no lo puedo remediar. ¡Diez meses sin murmurar! ¿Fígaro diez meses sin curiosear los enredos de su barrio, sin hacer la oposición á nadie, sin criticar á cómico viviente, sin probar un buen garbanzo, sin tomar una mediana jícara de legítimo chocolate, ni ver el sol de Castilla? ¿Fígaro diez meses sin divisar una mantilla madrileña, ni una palidez valenciana, ni un solo pie andaluz? ¿Un año casi sin pararse en la Puerta del Sol, ni en otra puerta alguna, embozado en la nube[4], sin ir al café del Príncipe, sin asistir á una sesión del Estamento; diez meses en fin, sin ver una real orden, ni columbrar un prócer? Eso es morirse, amigo, la vida que ustedes hacen. ¿Qué á mí tanta ciencia y tanta industria, tanto progreso, tanto teatro, y tanto camino de hierro? Hombres hay aquí que tienen ciencia, y la mayor por cierto, la ciencia del vivir, y la de hablar después de vivir; hombres que no pudieron llegar á saber en todo un París ganar un real, y que han hallado en Madrid á un dos por tres con que pasar una real vida. Y no te figures, no sirviendo y adulando á los demás, sino mandándolos y haciéndose de ellos adular y servir. ¿Qué más ciencia, ni qué más industria? Si es por progreso, amigo, esto va que vuela. Si por teatro, ¿dónde más cosas que parezcan lo que realmente no son? ¿Dónde hay nada más parecido á un gobierno representativo que el que rige felizmente á España en nuestros días?

¿Dónde hay telón que se parezca á un árbol, ni cómico que más se asemeje á un príncipe, más que lo que se parece un estatuto á una constitución? Pues, Dios mediante, han de parecerse aún más. En punto á camino de hierro, ¿de qué otra materia parece hecho el durísimo por donde, á más no poder, venimos caminando desde que salimos ha dos años de la Granja, que todo ese tiempo hemos necesitado para volver otra vez á doña María de Alagón[5]?

¿Por qué me había de volver? Por la misma razón, amigo mío, que de aquí me fuí, y por la misma idéntica que me forzó toda mi vida á mudar de continuo casa y domicilio; por la misma que me vió pasar en otros tiempos del Hablador á la Revista, de la Revista al Observador, de los periódicos á la escena, de las comedias á las novelas; por esta venturosa organización que para variar me dió naturaleza, y que en el número 94 de la Revista me hacía escribir:

«La necesidad de viajar y de variar de objetos... logró hacer de mí el ser más veleidoso que ha nacido... Esto me hace disfrutar de inmensas ventajas, porque sólo se puede soportar á las gentes los quince primeros días que se las conoce... Si alguna cosa hay que no me canse es el vivir, y si he de decir la verdad, consiste esto en que á fuerza de meditar, he venido á conocer que sólo viviendo podré seguir variando... Nadie, pues, más feliz que yo; porque en cuanto á las habladurías y murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir á la Meca».

¿Para qué? Para escribir, ahora que la libertad de imprenta anda ya en España en proyecto. ¡Y qué proyecto! Tal y tan bueno, que acerca de él sólo he de escribirte una gran carta, por no caber en ésta los muchos y francos encomios con que le pienso glosar y comentar. ¡Yo, que de Calomarde acá rabio por escribir con libertad, no había de haber vuelto aunque no hubiera sido sino para echar del cuerpo lo mucho que en estos años se me queda en él, sin contar con lo mucho con que se quedaron los censores, que rejalgar se les vuelva! Viniera yo cien veces, aunque no fuera sino para hablar, y volverme.

¿Cómo, me decías, por dónde, en qué? Á tales preguntas contestará sobradamente la relación de mi viaje, si estuviera más despacio. No niego que el por dónde me apuraba. El camino de Vizcaya no está para todo el mundo, sobre todo desde que anda por él un faccioso más; que aunque no es más que uno, como ha dicho muy bien alguien, debe de ser sin duda tan grande que lo ocupa todo. Bueno era no hace mucho en defecto de eso el de Cataluña; pero de poco tiempo á esta parte hay también en él algunos facciosos más y algunas diligencias menos. Bien me decían que el de Olerón era incómodo; pero ¿qué remedio? Volver por Portugal, como había ido, ni era lo más derecho, ni menos para mi carácter versátil; además de que hay países que no son para vistos dos veces; y aunque alguien me incitaba á tomar con el vapor del Mediterráneo la vía de Marsella, Argel, Cádiz y Sevilla, eso de volver á España por Argel, más lo tuve yo por pulla y atrevida, que por consejo razonable.