Víneme, pues, por Olerón, adonde no creí llegar por entre tantos gendarmes como andan por la frontera, defendiendo el paso á los carlistas para la facción. Como yo no tengo traza de príncipe, ni me parezco á don Carlos, ni á don Sebastián, como no traía conmigo ni armamento ni municiones, ni caballos, me costó mucho trabajo introducirme en España.
Los Pirineos, esos montes que no existen desde la cuádruple alianza, esas barreras que allanó para siempre entre Francia y España nuestro ministerio del justo medio, se pasan sin embargo á caballo en un mulo, ó por decir mejor, en compañía de un mulo, á lo cual llaman diligencia de Zaragoza á Olerón, sin que yo haya podido dar con la verdadera causa de esta denominación en dos largos días que con dicho mulo viví, solo con él en aquellos vericuetos, considerándole yo á él, y considerándome él á mí. Era tanto el hielo, y tan malo el paso, que no sé decirte quién llevaba á quién.
Posteriormente he oído hablar mucho en el Estamento, y aun por todo Madrid, de aduanas. Hombres eminentes hay que aseguran ser las tales un gran recurso para el Estado, y todos por aquí están creídos, hasta el gobierno, de que tenemos una en la frontera: se dice que está en Canfrang. Así debe de ser. Lo cierto es que cuando yo pasé, la tal aduana habría salido á dar una vuelta con el cura y el cirujano del pueblo, porque nunca la vi, ni ella vió jamás mis baúles. Lo que sí vi fué varios carabineros, con quienes contraje relaciones de dinero; pero de peseta en peseta me vi á lo mejor en Madrid, en donde ya no sirve para no ser registrado dar una peseta, sino que es preciso dar dos por ser la capital, y á casa luego con el contrabando. Yo no lo traía casualmente, que lo sentí; pero te juro que el ramo está perfectamente organizado para el que lo quiera traer. Esto te lo digo por si te vienes. Tráete medio París en la maleta, y no vayas á creer al pie de la letra, como yo, que todo está reformado, y que andan todos derechos, aunque lo veas impreso, porque oficio es nuestro imprimir, y no ignoras que los periodistas el día que no imprimimos no comemos. De todos modos, hagas uso ó no del aviso, bueno es que esto quede entre los dos.
Te acordarás que en principios de agosto remití á la Revista un artículo en que, presumiendo á fuer de Fígaro lo que iba á suceder, encomendaba á nuestro buen gobierno de entonces que se recogiesen con tiempo las riquezas artísticas encerradas en los conventos: imprimióse en efecto, aunque mal parado por algún benigno censor. No habrás olvidado que á pocos días, por una rara coincidencia sin duda, pareció una real orden en la Gaceta dando providencia en el particular. Parece que se nombraron efectivamente comisionados por aquí y por allí, con sus dietas correspondientes, para la colección y resguardo de aquellos objetos: la cosa se ha llevado tan á punta de lanza, y con tal zelo, que yo mismo vi y toqué no muy lejos de Madrid objetos de ésos, que paran en casa de quien los ha querido tomar. Códices viejos por ejemplo, manuscritos, ediciones raras de obras antiguas y otras bagatelas. ¿Para qué quiere el gobierno esas tonterías?, ¡librotes de frailes!, ¡chucherías de las madres!
La quinta se ha realizado con entusiasmo indecible; y pues viene á cuento, te he de contar otra cosa que debe influir mucho en el buen espíritu de los pueblos, y en especial de la tropa. En cierto pueblo, no lejos de esta corte, me hallaba yo casualmente no ha muchos días cuando acertaron á pasar los quintos que venían de Extremadura. ¡Qué bien se trata á la tropa! ¡Qué bien á esos dignos labradores que dejan su arado para defender nuestros empleos con su sangre! ¡Á no estar ya en una época en que se reconoce la dignidad del hombre! ¡Yo mismo vi también á un oficial asentar su mano fuertemente sobre la mejilla de un quinto, y yo vi á un cabo medir á otro con su vara, insignia por cierto militar! Y esto á la faz del pueblo, y en medio de la plaza pública, y en día de sol claro. Con todo, si ese hombre se insolenta irá al cepo; si deserta al palo, y si pasa á la facción le llamaremos caribe. Ya ves que se van corrigiendo los abusos.
Hace pocos días que se concedió el título de ilustrísimos señores á no sé qué individuos de no se qué corporación, consejo ó tribunal: esto es indiferente; lo que importa es el dictadillo. Estas distinciones hacen gran falta en España; señorías, excelencias, etc., etc.; esto siempre es bueno, porque establece diferencias entre los hombres, que es á lo que vamos. Bien se te alcanza que difícilmente puede tener mérito un hombre, mientras todo advenedizo le puede llamar de usted. Esto está en el espíritu de la regeneración que estamos llevando á cabo.
Todavía hay Estamento de próceres: y tienen sus sesiones corrientes: te lo digo porque me acuerdo de que cuando yo estaba en París había llegado á olvidarlo.
En el de procuradores ya se ha contestado al discurso de la corona; se asegura que para dentro de un par de meses ya podrán reunirse las otras Cortes, quién dice revisoras, quién constituyentes. Lo primero es lo más general, lo segundo es lo más cierto; pero si en mes y medio sólo se ha votado uno de los proyectos, ¿cuántos más se habrán votado en marzo? Es verdad que se habla mucho. Ya tiene el gobierno ganado el voto de confianza por unanimidad, como quien dice, porque sólo el señor Pardiñas votó en contra. Por fin habló el señor conde de Toreno por primera vez después de su advenimiento á la oposición: habló como si no hubiera sido ministro. El señor Martínez de la Rosa dijo mil cosas sobre la alquimia, y otras bagatelas. Éste habló como si fuera ministro todavía. Y no te digo más porque no lo son ya ni uno ni otro.
Por lo que hace al gobierno, te sabré decir que hasta ahora caminamos de milagro en milagro. En el ministerio se cuentan tres personas distintas, pero que en realidad no componen más que un solo ministro verdadero: dicen sus enemigos que no le falta más que hablar; de todas suertes, no se le puede negar á este ministerio que promete. ¡Así cumpla! Eso es lo que veremos. Tal cual ha empezado, confieso que si en mi organización cupiera ser alguna vez ministerial, se me había presentado una bonita ocasión; pero ya sabes que nunca pretendí ni obtuve nada de gobierno alguno, sistema en que pienso vivir por muchos años. Todo lo más á lo que podía extenderse mi ministerialismo siempre que por alguna casualidad diéramos con un buen ministerio, sería alabar lo bueno que hiciera con la misma independencia con que siempre gusté de criticar lo malo.
Á propósito, no quisiera que se me olvidase. ¿Querrás creer que á mi llegada á esta corte me encontré con personas que suponían que mi viaje había sido costeado por el gobierno? Todavía me estoy riendo de la idea. ¿Tú no lo sabías? Ni yo tampoco. Pero en este Madrid todo se sabe. Por otra parte, cuando uno va á París, es claro que no puede ser sino con algún empleo, ó con fondos del gobierno. ¿Qué fondos particulares bastarían para llegar á París? Ni yo tengo cara tampoco para ir á París por mi gusto. Esto es claro como la luz del día. ¡Qué penetración! ¡Dios los bendiga!