¿No sería bueno que para mejorar la suerte del señor Uriarte, y aun la del director de Correos, se comenzasen á emplear en los ministerios gentes que supiesen ya leer por lo menos y escribir?
Pero estarás impaciente por saber el objeto de esta segunda carta; te habrá chocado el rótulo que en cabeza le he puesto, «¡Buenas noches!, dirás, ¡cuando estoy yo esperando un nuevo día y el progreso y difusión de las luces en cada noticia que de la patria recibo!» Quiérote sacar de confusiones. Las buenas noches que te doy no son para ti; no es ahí, sino aquí, donde nos hemos quedado á oscuras. ¿Ves claras ahora las buenas noches? ¿Tampoco? Manos pues á la obra, y escucha, que hay que tomarlo de más arriba.
Hay entre nosotros unos pocos hombres que andan jugando á la gallina ciega con nuestra felicidad, y que tienen el raro tino de hacer siempre las cosas al revés. Estos tales habían leído ya el año 12 los escritos del siglo pasado, y se habían hecho ellos solos liberales, que no había más que pedir. Oyeron el grito de independencia nacional, y dijeron para su sayo: «¡Oiga!, la España se ha ilustrado»; con lo cual no tuvieron duda en que se podía dar una constitución, y diéronse una especie de código, sagrado, respetable siempre como paladión que fué de nuestra independencia y cuna de nuestra libertad, pero cuya bondad no hubo de ser muy comprendida por los pueblos todos, realmente atrasados para tanta mejora, pues que en cuanto se presentó el amo de casa hubo día de sábado, y quedó el suelo limpio de innovaciones. Los hombres de que te voy hablando dijeron: «Esto ha sido una traición, y otra vez sucederá mejor». Esperaron, y el año 20 helos aquí que tornan á poner la mesa y los mismos manjares sobre ella, porque el apetito, decían, era el mismo. Pero van y vienen días; van y vienen franceses, viene y se va la constitución, y vienen y se van nuestros hombres otra vez. Ya en medio de los tres años entró en reflexión alguno de ellos, y dijo para sí empezando á escarmentar: «Acaso no está la España bastante ilustrada, y no tiene su estómago tanto apetito como yo le había supuesto; no será malo sustituir las Cámaras á la Constitución». Pero el tercero en discordia decidió la cuestión, y mientras que aquéllas y éstas se andaban representando la comedia de ¿Quién ha de mandar en casa?, se adjudicó él á sí mismo la parte del león de la fábula. Nuestros hombres pasaron diez años en el extranjero, y aquéllos de quienes te voy hablando, en lugar de decir esta vez como dijeron la primera: Esto ha sido traición, que entonces hubieran acertado, dijeron: Está visto, la España no está ilustrada. La cosa es clara; malograda la intentona dos veces, era preciso inferir una de dos cosas: ó los gobernantes ó los gobernados no sirven para el paso. Alguien que hubiese sido modesto hubiera dicho: ¿Si seremos unos torpes? Pero nuestros hombres dijeron: Ellos son unos sandios. Y pusieron de nuevo la masa: Pero esta vez, añadieron, no os hemos de ahitar, porque si el año 12 no teníais apetito, si el año 23 dejasteis hundirse el banquete, ¿cómo podréis digerirlo el 34?» Rara consecuencia: yo hubiera sacado precisamente la contraria; porque algo habíamos de haber adelantado del año 12 al 20 y del 23 al 34. De suerte que ellos, que habían andado demasiado cuando los demás estaban parados, comenzaron á pararse cuando los demás empezamos á andar.
Figúrate, amigo mío, que eres sastre, y que le haces á un niño de siete años un uniforme de consejero: ¡claro está que ha de venirle ancho!; tú, sastre, entonces, dices: «Vea usted, ¡qué niño tan torpe!, le hago un uniforme de consejero, tan hermoso y tan bordado, y al muy necio no le viene».
Coges el uniforme, desprecias al niño y te vas. Á los siete ú ocho años vuelves con el mismo uniforme, y el niño tiene quince. «¿Ancho todavía?, exclamas; esto no se puede aguantar; si el uniforme está lo mismo, ¿cómo no le viene? Está visto que este muchacho no sirve para consejero, es un sandio». Vuélveste á tu taller, y escarmentado de las pasadas experiencias hácesle una bonita envoltura, y vuelves con tu lío debajo del brazo á los diez años, y entonces el muchacho tiene ya veinte y cinco. «¡Qué diantres!, gritas asombrado, este muchacho es el diablo, ¡tampoco le viene la envoltura! ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, pues, señor, es investible»; y coges y le dejas en cueros.
¡Vive Dios, señor sastre, qué consecuencia y qué tijera!!
He aquí, amigo mío, la historia de España desde el año 12 hasta el 34, más clara que la del padre Duchesne, traducida por el padre Isla. Me parece que habrás entendido cuál es la envoltura, y excuso decirte quién es el sastre. Ahora que nos podíamos empezar á vestir nos viene con la envoltura, y porque no nos asienta dice que somos unos brutos.
Mal acomodada, en fin, esta vestimenta, que nos lía de pies y manos, y sin siquiera andadores, reúnense los Estamentos del siglo XV arreglados á las necesidades del siglo XIX, esto es, la envoltura con faldones y corbata; y pasamos largos meses haciendo una comedia de capa y espada, que no ha sido otra cosa todo el año 35, según lo mezclado de la intriga, lo enredado del embrollo, los velos que se han corrido y descorrido, las entradas y salidas, las mutaciones de escena, los encuentros por las calles, las tapadas que han implorado nuestro favor, y lo exquisito de los conceptos sin que puedan olvidarse las largas relaciones de dama y galán, que sólo para lucirse los actores se han estudiado y se han dicho.
Pero cansado el público de tan largos parlamentos, y de ver todavía tan oscuro el desenlace, ilumina una noche la Península con conventos; al resplandor de los sublimes flameros no ve cosa que le estorbe sino el ministerio, y pide por junto su caída.
Un hombre nuevo es llamado á deshacer la facción y á rehacer la nación; se necesitan recursos por una parte, y el hombre nuevo encuentra recursos. Pero para rehacer la nación es preciso empezar por deshacer lo que encuentra mal hecho. ¡Triste suerte, que hayamos de pasar un año en deshacer el error de un día! Nueva Penélope, la España no hace sino tejer y destejer.