Júntanse en esto las Cortes. «¡Gracias á Dios, dirás, que tenemos quien ilustre la materia!» El trono habla á las Cortes, y las Cortes contestan al discurso del trono. Hasta aquí no hay cuestión de gabinete, es sólo cuestión de buena crianza. El uno dice: Servidor de usted; y el otro contesta: Muy señor mío. No es decir esto, sin embargo, que no baya transcurrido casi un mes en debatir y dilucidar si el uno podía decir á su riesgo y peligro el primer cumplimiento, y si podría el otro en consecuencia responder con el segundo. Pero al fin se convino, se decidió que no había peligro ni por una ni otra parte en decirse los mencionados piropos.

En seguida el ministerio abriga dudas acerca de si tiene ó no tiene la confianza de la nación, que le acaba de confiar el poder. Y va y lo pregunta al apoderado de la nación, cuyo apoderado conviene consigo mismo en que no es tal apoderado, supuesto que la ley electoral, por la cual existe, es provisional y defectuosa, y no pudo dar por resultado la expresión de la voluntad de la nación; lo cual es tan cierto, que esa misma representación nacional, que no es representación nacional, va á hacer ella en virtud de sus poderes, que no son poderes, otra ley electoral que dé por resultado la expresión nacional. Pero has de saber que en estos gobiernos representativos queda destruido el antiguo refrán que dice: que nadie da lo que no tiene, más claro, con un ejemplo, en ellos una vela apagada puede encender otra vela. ¿Lo ves claro ahora? Pues sin embargo, el ministro puesto por la nación, le pregunta al tal apoderado de la nación, si la nación tiene confianza en él. Es decir que yo mayordomo tuyo y puesto por ti, le pregunto á tu ayuda de cámara si me da licencia de que te siga sirviendo de mayordomo. Ya ves que el paso es natural. ¡Ventajas inmensas todas de haber hecho las cosas á medias, cuando hubo coyuntura de hacerlas por entero! ¡Suerte precisa de un pueblo que se empeña en que le den lo que no se da, lo que sólo se toma! Porque el que da no puede menos de ser legal, y la legalidad repugna toda innovación.

Felizmente como le había de haber dado al apoderado por decir que no, dióle por decir que sí, y tuvimos voto de confianza.

Dióse de paso otro empujón á la cosa pública, y púsose por fin el nombre de guardia nacional á lo que el año pasado no se podía llamar así sino con manifiesto peligro. Ya te lo he dicho, tejer y destejer. En unos cuantos meses no hemos hecho sino destruir nombres nuevos para llegar á los viejos: destejer; de fomento á interior, de interior á gobernación, de subdelegado á gobernador civil; ya llegaremos á jefes políticos; de Estamentos á Cortes revisoras, y ya llegaremos á constituyentes y á constitucionales. En unos cuantos meses han perdido las palabras guardia nacional todo el veneno que tenían; puestas en prensa, como han estado, lo han escurrido. Semejantes en eso al vino, que nuevo hace daño, y embotellado y guardado se vuelve mejor. Por el contrario, las palabras milicia urbana perdieron su fuerza y se malearon, semejantes también al vino, que expuesto al aire libre se agria y se desvirtúa.

Después de haber conseguido desandar ese trozo de camino, vamos á la ley electoral; que ya no sé con qué comparártela, porque, sea dicho con respeto, no sé á qué se parece. En primer lugar el ministro, picado sin duda de la generosidad del Estamento que le acababa de conceder su voto de confianza, no quiere ser menos, y le da el suyo al Estamento con tres proyectos adjuntos, el suyo, el de la mayoría, y el de la menoría de la comisión, diciendo que no es cuestión de gabinete, y que adopta lo que el Estamento decida. Confianza por confianza. Se adopta la totalidad. ¡Gran victoria, parecida á otra moderna que no quiero nombrar, y que también se volvió toda principio! ¿Qué importa?, dice la oposición. En los artículos te aguardo. En el todo están de acuerdo; en lo que no están de acuerdo es en las partes que componen ese todo; pero por lo demás, ¡qué bobería! El encabezamiento, la fecha, el oficio de remisión, todo está bien. Es decir: «Yo te regalo una capa hecha, sólo que no quiero que gastes de ella ni el paño, ni los embozos, ni el cuello, ni las hechuras». Ahora, abrígate tú como puedas, que al fin yo te regalo la capa.

Contarte, querido amigo, los pasos de la discusión es obra superior á mis fuerzas, y decirte en quién estuvo la culpa y nombrarte al que por falta de práctica parlamentaria dejó que su enemigo se adelantase á tomar la mejor posición, es superior á mi voluntad; por tanto te aconsejo que eches mano de las sesiones de cortes, y te las leas de cabo á rabo, y si llegas á entender claro en el asunto, te aconsejo también que te des la enhorabuena, y te tengas en la sucesivo por hombre de talento.

¿Quieres que te diga lo que yo he sacado en limpio, por ende verás que soy un pobre hombre? Ya yo me lo presumía, pero nunca creí quedarme á oscuras con tantas luminarias; porgue decía yo para mí: para que se entienda una cosa habrá de bastar ó que el que trata de averiguarla no sea lerdo, ó que el que la explica sea muy avisado. Nada de eso, y juzga si el pobre Fígaro es lerdo, cuando no ha sacado en limpio sino:

Que la elección directa es la más liberal; que el ministerio es liberal, y quería lo mismo que quisiese el Estamento, siempre que lo que quisiese el Estamento fuese lo mismo que él quería. Que ha habido una comisión y dos proyectos en ella, y que el ministro quería lo mismo que la comisión, que quería dos cosas distintas, y que el Estamento, que no quería ni al ministro ni á la comisión. Que la oposición en el Estamento era de hombres retrógrados que abogaban por el progreso, y que querían la elección directa como la más liberal, ellos que eran los menos liberales; que el ministro, que hacía de ministerio, y la comisión, que hacía de las suyas, eran hombres progresivos que abogaban por el retroceso, y que querían la elección indirecta como la menos liberal, ellos que eran los más liberales; que los más liberales querían que se efectuase la elección por provincias, y los menos liberales por partidos; que hay cincuenta y tantas provincias y doscientos y tantos partidos en España; que las provincias son más liberales, á pesar de que los más liberales son los partidos, etc., etc.; y he entendido, en fin, que ni los he entendido, ni se entienden, ni ya nunca nos entenderemos.

¿Me has entendido, Andrés? Bueno: pues ahora sabrás que de resultas amaneció un día y se votó todo eso: abstuviéronse diez señores de votar, lo cual hace tal vez el elogio de su conciencia; sin duda no estaban todavía más ilustrados que yo, y se perdió la votación, todo por cinco votos, que han venido á ser las cinco llagas, Andrés mío, de este pobre cuerpo crucificado: viniendo á ser también por lo tanto en sus partes cuestión de gabinete, la que en su todo no era sino cuestión de escalera abajo.

Con esto, amigo, y para que nos entendiéramos, se tomó la determinación de hacer callar al Estamento, que si no estaría hablando todavía, quedándonos todos el 27 de enero á oscuras de Estamento, y de Cortes, y de ley electoral, con la rara circunstancia de que la nación estaba deseando que la disolvieran, y el pueblo es el primero que ha dado la enhorabuena al gobierno por haberlo enviado á pasear. Y sin embargo ha hecho bien y ha tenido razón. ¡Ahí verás tú lo que son anomalías!