En mi última te pintaba en globo la confusión que en el Estamento y fuera de él había causado la ley electoral, y te añadía:
«Yo por el pronto sólo veo clara una cosa, y es que para el 22 de marzo se reunirán de nuevo en Madrid otras Cortes... que para entonces es probable que empecemos á entendernos... y que seguramente no tendremos facción, porque estarán al caer los seis meses de la promesa, ó no tendremos ministerio, si no la cumple, porque estará caído, etc.».
De todas esas profecías sólo en la primera acerté; porque en cuanto á entendernos da gusto. Unos dicen que Mendizábal es el primer hombre del mundo; otros que no es tal, sino el último; que el primero es Istúriz y Galiano; te advierto que éste son dos: otros que ni Istúriz ni Mendizábal: no sé qué te diga: quién asegura que esto puede durar unos quince días, quién defiende que durará más que un constipado mal curado: éste no ve más que el prestigio que tiene todavía en las provincias, el cual no se destruye tan fácilmente, sobre todo cuando no deja de tener algún fundamento; aquél no atiende más que al descrédito en que ha caído en sus corros y cafés, y cree que toda la nación puede juzgarle con igual talento, y tan de cerca como él. Éstos disputan que no hay hombres aquí; aquéllos que sí hay hombres; los de la izquierda que hay dinero; los de la derecha que no hay un cuarto; estoy por éstos. Quién opina que la guerra es inacabable; quién la da por acabada; añadiendo que no falta más que tirar una línea: uno dice que el mal de España no tiene remedio; otro que ésa es la mejor señal, que empieza la revolución, y que en Francia sucedía lo mismo, á pesar de que todo era diferente; varios juzgan que el rigor es de justicia, y que el árbol de la libertad se riega con sangre: algunos creen que la humanidad repugna tales horrores: no falta quien piensa que es guerra de empleos, y sobra quien no piensa ni eso ni nada. Pero todos somos liberales y vamos á una: eso sí. Por lo cual esto se acabará pronto de un modo ó de otro: en prueba de ello te puedo decir que se empiezan ya á acabar dos cosas: el dinero y la paciencia.
Pero son tantas las opiniones en fin y los hechos que se acumulan, y tantas las cosas que van á suceder, sin contar las que han sucedido desde la apertura de las Cortes, que me es indispensable reservarlas para otras cartas: me limito en ésta á ponerme al corriente, saliendo del atraso de noticias en que te tenía. En lo sucesivo aprovecharé todas las ocasiones posibles de escribirte, y al siguiente correo para Francia recibirás la inmediata, salvo extravío, golpe de mano airada, ó caso fortuito.
Si en el ínterin, y en medio de este conflicto de opiniones encontradas, me pides la mía, te contaré un caso que juzgo oportuno.
Sitiaban los Franceses al mando del mariscal Moncey esa misma Valencia, que en distintas épocas han mandado el Cid y Carratalá. Reuniéronse en tan grave apuro el ayuntamiento y las personas más ricas del pueblo, entre las cuales quedóse dormido de confusión y pesadumbre un confitero, que entendía más de ramilletes que de disturbios políticos. Iba diciendo cada uno en la asamblea su opinión como mejor lo entendía. Llegada que le fué su vez á nuestro hombre,—y usted, le dijo sacudiéndole del brazo el que á su lado tenía, ¿qué piensa?—Sí, ¿cuál es su opinión de usted?, preguntaron todos á un tiempo; á cuya pregunta contestó despertando y todo despavorido el confitero: ¡¡¡mi opinión, sí, mi opinión, señores, es de que Dios nos asista!!! En cuyo voto imitaba el confitero la rara discreción del padre Froilán Díaz, confesor de Carlos II.
Eso mismo opino yo, Andrés mío, por ahora, y mientras no vea levantarse en masa á la nación para ahogar de una vez y para siempre el monstruo que en el norte nos devora, en vez de entretenerse en cuestiones secundarias y en rencillas personales, de las cuales debiera el país hacer justicia, como del orgullo mezquino y de la loca vanidad de sus dueños.—Tu amigo,—Fígaro.
FIN DEL TOMO SEGUNDO
PARIS.—ÉDOUARD BLOT, IMPRIMEUR, RUE BLEUE, 7