Para el año 1836 la única constitución posible es la constitución de 1836.
Una idea te diría, si no la hubieras de contar; y sólo á ti te la diría, porque ellos la tomarán á personalidad, si de ella hiciese un artículo, y sabe Dios que no lo digo por tal. Mucho venero á los hombres de otra época, Andrés mío; mucho saben, sobre todo en no hablándose de gobernar, para lo cual ya nos han manifestado repetidas veces hasta donde rayan: mucho saben, y tanto que no sólo no los lanzaría yo de la república, sino que los guardara muy guardados como guardaban los romanos los libros sibilinos, para consultarlos con el mayor respeto: de ellos armaría una biblioteca viva, donde vueltos de espaldas en muy pulidos estantes, leyese el estudioso encima Fulano, de Economía Política; Mengano, de Reformas Constitucionales; Zutano, de la Guerra de la Independencia; Perengano, de Metáforas y del Espíritu del Siglo, etc., etc.; de suerte que no hubiese más que volverlos y ojearlos en un apuro, cuidando mucho de quitarles antes y después el polvo, y de tornarlos á volver hasta otra duda, como pergaminos preciosos.
Ahí verás tú si los respeto, y si los tengo en estima.
Hasta aquí de la constitución y de los hombres del año 12. Pasó el susto, y la noticia, como habrás visto, no tuvo consecuencia. Sin duda el ruido que metió fué el último cumplimiento de despedida que nos hizo.
No ganamos para sustos. Posteriormente se cruzaron de palabras el pueblo de Valencia y su capitán general. Éste tomó una porción de providencias, entre otras las de Villadiego; con cuyo ingenioso arbitrio no le pudieron haber los valencianos, que es decir que ha podido más que ellos, que se ha burlado de ellos. Tiene mucho talento. Buen chasco se han llevado. Así, así: á los alborotadores hay que jugarles esas pasadas; con eso escarmientan. Á buen seguro que si Basa hubiera hecho otro tanto, no le hubieran deshecho á él, y el pueblo de Barcelona se hubiera llevado el mismo chasco que el de Valencia. ¿No queréis capitán general? Pues tomad capitán general. ¿No te figuras tú al pueblo de Valencia buscando á su capitán general por todas partes, como quien busca una sanguijuela extraviada, y él trota que trota para Madrid? Á mí me hace morir de risa. Es lo que él dice: «¿Pues qué, querían ustedes que me mataran?» ¿Qué habíamos de querer?
Conque ahora está aquí bueno, gordo y tranquilo; no ha sido poca fortuna el poderlo contar.
En Zaragoza fué por otro estilo: salieron unos carlistas sentenciados á qué sé yo qué bobería: se levantó el pueblo, sitió á los jueces, y dieron en quererlos juzgar. Al maestro cuchillada. Pero no les da el naipe para esos pasajes á los jueces de Zaragoza, como á los capitanes generales de Valencia.
Entre tanto el ministerio de gracia y justicia sigue siempre de mudanza, y hace bien, porque el juez que no da fruto en una tierra, lo da en otra. El juez ha de ser como el zapato, hecho al pie; por eso el que no le viene bien al uno, le viene al otro.
Para eso el de la gobernación no se mete con nadie, ni habla mal de nadie. Es un excelente señor; á su oficina y no más. Da lástima hacerle daño, y sería completo si se le volviese C la H de su apellido; pero llámalo h.
En cuanto al de la guerra nadie sabe una palabra de él.