Ítem más: en la constitución del año 12 no está consignada la libertad de imprenta, sino para las ideas políticas, y eso es decirle á un hombre: Ande usted, pero con una sola pierna.

En cambio nos impone como ley fundamental el amor á la patria y la obligación de ser justos y benéficos... en cambio... Andrés mío, callemos, porque, repito, que la venero, y tengo por indigno de un liberal poner en ridículo el paladión de nuestra independencia nacional, y la cuna de nuestra libertad, por fácil que eso sea. Pero la respeto, como Cristo respetó el testamento viejo, fundando el nuevo. Veneremos el viejo código, y venga no obstante otro nuevo más adecuado á la época.

Parécense los hombres del año 12, amigo Andrés, al cura que no sabía leer más que en su breviario: ó mejor al gastrónomo en Vista-Alegre, que viendo su mesa puesta, pugna por sentarse á ella en cuanto le dejan un momento libre, en cuanto ve un resquicio por donde acercarse á la mesa. El caso es el mismo: todos les hacemos cumplimientos, pero no les dejamos sentarse. Unas veces se lo impidió el poseedor don Pascual de la Rivera, otras los mozos de su fábrica... Convengo en que es una desesperación; pero culpen, no á nosotros, sino á ellos mismos, que tantas veces se dejaron interrumpir antes de llegar el bocado á la boca.

Aténgome á su artículo, que dice:

«La nación española es libre é independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia, ni persona».

Esto digo yo: entre á gobernar, no éste ni aquél, sino todo el que se sienta con fuerzas, todo el que dé pruebas de idoneidad. Basta de ensayos. Á eso nos responden ellos: «¿Y dónde están esos hombres?» ¿Dónde han de estar? En la calle, esperando á que acaben de bailar los señores mayores, para entrar ellos en el baile.

«¿Cómo no salen esos hombres?», añaden. ¿Cómo han de salir? De Calomarde acá, ¿qué protección, qué ley electoral ha llamado á los hombres nuevos para darles entrada en la república? Cuenta sin embargo con ella, y llámelos la ley presto: ¡¡¡déjese entrar legalmente á los hombres del año 1836, ó se entrarán ellos de rondón!!!

En conclusión, hombres nuevos para cosas nuevas: en tiempos turbulentos hombres fuertes sobre todo, en quienes no esté cansada la vida, en quienes haya ilusiones todavía, hombres que se paguen de gloria, y en quien arda una noble ambición y arrojo constante contra el peligro.

«¿Qué saben los jóvenes?», exclaman. Lo que ustedes nos han enseñado, les responderemos, más lo que en ustedes hemos escarmentado, más lo que seguimos aprendiendo. ¡Y qué eran ustedes el año 12! Nosotros fundaremos nuestro orgullo en ser sus sucesores, en aprovechar sus lecciones, en coronar la obra que empezaron. Nosotros no rehusamos su mérito; no rehúsen ellos nuestra idoneidad, que el árbol joven es la esperanza del jardinero, si el viejo ya le da sombra.

Según el miedo que tienen de que la juventud entre en los puestos, no parece sino que es posible hacerlo peor que ellos.