Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir á sus instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:—Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo á nadie; hay que recurrir á los platos comunes y al chocolate.

Vive Dios, dije yo para mí, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefstek con todos los adherentes de un almuerzo á la fourchette; y que en París los que pagan ocho ó diez reales por un appartement garni, ó una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champagne.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó á que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya á estudiar sobre aquella máquina, como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente á pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.—¡Cosas de España! me salió diciendo, al referirme su desgracia.—Ciertamente, le respondí, sonriéndome de su injusticia, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado á un hombre de más luces que él.—¡Cosas de España! me repitió.

Sí, porque en otras partes colocan á los necios, dije yo para mí.

Llevóme en seguida á una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió: ni uno.

—¿Lo ve usted, Fígaro? me dijo: ¿lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España no se puede escribir. En París hubiera vendido diez ediciones.

—Ciertamente, le contesté yo, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.