Desengáñese usted: en este país no se lee, prosiguió diciendo.—Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? le hubiera podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.
—¿Lee usted los periódicos? le pregunté sin embargo.
—No, señor, en este país no se sabe escribir periódicos. ¡¡¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!!!
Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto á periódicos, buenos ó malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.
Pasábamos al lado de una obra de ésas que hermosean continuamente este país y clamaba: ¡Qué basura!, en este país no hay policía.
En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco. ¡No hay limpieza en España!, exclamaba.
En el extranjero no hay lodo.
Se hablaba de un robo.—¡Ah!, ¡país de ladrones!, vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba; en Londres donde en la calle acometen los malhechores á la mitad de un día de niebla á los transeúntes.
Nos pedía limosna un pobre.—¡En este país no hay más que miseria!, exclamaba horripilado. Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.