Beaumarchais. Le Barbier de Séville, act. I.
Muchos son los obstáculos que para escribir encuentra entre nosotros el escritor, y el escritor sobre todo de costumbres que funda sus artículos en la observación de los diversos caracteres que andan por la sociedad revueltos y desparramados: si hace un artículo malo, ¿quién es él, dicen, para hacerle bueno? Y si le hace bueno, será traducido, gritan á una voz sus amigos. Si huyó de ofender á nadie, son pálidos sus escritos, no hay chiste en ellos ni originalidad; si observó bien, si hizo resaltar los colores, y si logra sacar á los labios de su lector tal cual picante sonrisa, «es un payaso», exclaman, como si el toque del escribir consistiera en escribir serio; si le ofenden los vicios, si rebosa en sus renglones la indignación contra los necios, si los malos escritores le merecen tal cual varapalo, «es un hombre feroz, á nadie perdona. ¡Jesús, qué entrañas!» ¡Habrá pícaro que no quiere que escribamos disparates! ¿Dibujó un carácter, y tomó para ello toques de éste y de aquél, formando su bello ideal de las calidades de todos? ¡Qué picarillo, gritan, cómo ha puesto á don fulano! ¿Pintó un avaro como hay ciento? Pues ése es don Cosme, gritan todos, el que vive aquí á la vuelta.—Y no se desgañite para decirle al público:—«Señores, que no hago retratos personales, que no critico á uno, que critico á todos. Que no conozco siquiera á ese don Cosme».—¡Tiempo perdido!—Que el artículo está hecho hace dos meses, y don Cosme vino ayer.—Nada.—Que mi avaro tiene peluca y don Cosme no la gasta.—¡Ni por ésas! Púsole peluca, dicen, para desorientar; pero es él.—Que no se parece á don Cosme en nada.—No importa; es don Cosme, y se lo hacen creer todos á don Cosme por ver si don Cosme le mata; y don Cosme, que es caviloso, es el primero á decir: «ése soy yo». Para esto de entender alusiones nadie como nosotros.
¿Consistirá esto en que los criticados que se reconocen en el cuadro de costumbres se apresuran á echar el muerto al vecino para descartarse de la parte que á ellos les toca? ¡Quién sabe! Confesemos de todos modos que es pícaro oficio el de escritor de costumbres.
Con estas reflexiones encabezamos nuestro artículo de hoy, porque, no nos perdone Dios nuestros pecados, si no creemos que antes de llegar al último renglón han de haber encontrado nuestros perspicaces lectores el original del retrato que no hacemos. Como cosa de las doce serían cuando cavilaba yo ayer acerca del modo de urdir un artículo bueno que gustase á todos los que le leyesen, y encomendábame á toda priesa, con más fe que esperanza, á santa Rita, abogada de imposibles, para que me deparara alguna musa acomodaticia, la cual me enviase inspiraciones cortadas á medida de todo el mundo. Pedíale un modo de escribir que ni fuese serio, ni jocoso, ni general, ni personal, ni largo, ni corto, ni profundo, ni superficial, ni alusivo, ni indeterminado, ni sabio, ni ignorante, ni culto, ni trivial; una quimera, en fin, y pedíale de paso un buen original francés de donde poder robar aquellas ideas que buenamente no suelen ocurrirme, que son las más, y una baraja completa de transposiciones felices, de éstas que el diablo mismo que las inventó no entiende, y que por consiguiente no comprometen al que las escribe... Pero estoy para mí que no debía de hacer más caso de mis oraciones la santa que el que hacen los cómicos de los artículos de teatros, porque ni venía musa, ni yo acertaba á escribir un mal disparate que pudiese dar contento á necios y á discretos. Mesábame las barbas, y renegaba de mi mal cortada pluma, que siempre ha de pinchar, y de mi lengua que siempre ha de maldecir, cuando un cariacontecido mozalbete con cara de literato, es decir, de envidia, se me presentó, y mirándome zaino y torcido, como quien no camina derecho ni piensa hacer cosa buena, díjome entre uno y otro piropo, que yo eché en saco roto, como tenía que consultarme y pedirme consejos en materias graves.
Invitéle á que se sentara, lo cual hizo en la punta de una silla, como aquél que no quería abusar de mi buena crianza, poniendo su sombrero debajo de una mesa á modo de florero ó de escupidera.
—¿Y qué es el caso? le pregunté; porque ha de advertir el lector que yo me perezco por los diálogos.
—¿Qué ha de ser, señor Fígaro, sino que yo he puesto un artículo en un periódico, y no bien le había leído impreso, cuando zas, ya me han contestado?
—¡Oh! Son muy bien criados los periodistas, le dije: no saben lo que es dejar á un hombre sin contestación.
—Sí, señor; pero de buenas á primeras, y sin pedirme mi parecer, dan en la flor de decirme que es mi artículo un puro disparate. Es el caso que yo también quiero contestar, porque ¿qué dirá el mundo, y sobre todo la Europa, si yo no contesto?
—Cierto: no se piensa en otra cosa en el día sino en Portugal y en su artículo de usted.