—Ya se ve: y como usted entiende de achaque de contestaciones, y de cómo se lleva por aquí eso de polémica literaria, vengo á que me endilgue usted, sobre poco más ó menos, cuatro consejos oportunos, de modo que la materia en cuestión se dilucide, se entere el público de quién tiene razón, y quede yo encima, que es el objeto.

—¿Y de qué habla el artículo?

—Le diré á usted: de nada: el hecho es que en la cuestión no nos entendemos ni él ni yo, porque como la mitad de las cosas que podrían decirse en la materia, uno y otro las ignoramos, y la otra mitad no se puede decir...

—Sí... pues eso es muy fácil... ¿pero trata de?...

—De tabacos, sí, señor. Conque yo quisiera que usted me indicase todos los hombres que han tenido que ver con tabacos desde Nicot que los descubrió hasta Tissot, por lo menos, que está contra su uso. Con la vasta erudición que usted me va á proporcionar yo haré trizas á mi contrario...

—¡Ay, amigo!, le interrumpí, ¡y qué poco entiende usted de polémica literaria! En primer lugar, para disputar de una materia lo primero que usted debe procurar es ignorarla de pe á pa. ¿Qué quiere usted?, así corren los tiempos. En segundo lugar, ¿usted sabe quién es el autor del artículo contra usted?

—¿Y qué falta hace para aclarar la cuestión al público saber quién sea el autor del artículo?

—¡Hombre, usted está en el cristus de la polémica literaria del país! ¿De dónde viene usted? Usted no lee. En vez de buscar libros que confirmen la opinión de usted, la primera diligencia que ha de hacer es saber quién es el autor del artículo contrario.

—Bueno: pues ya lo sé. Pero el caso no es ése, sino que un periódico dice que mi artículo es malo.

—Calle usted. Somos felices.