Aquel joven que entra venía á comer de medio duro; pero se encontró con veinte conocidos en una mesa inmediata: dejóse coger también por la negra honrilla, y sólo por los testigos pide de á duro. Si como son conocidos fuera una mujer á quien quisiera conquistar, la que en otra mesa comiera, hubiera pedido de á doblón: á pocos amigos que encuentre, el infeliz se arruina. ¡Necio rubor de no ser rico! ¡Mal entendida vergüenza de no ser calavera!

¿Y aquél otro? Aquél recorre todos los días á una misma hora varias fondas: aparenta buscar á alguien: en efecto, algo busca; ya lo encontró; allí hay conocidos suyos: á ellos derecho: primera frase suya:—¡Hombre! ¿Ustedes por aquí?—Coma usted con nosotros, le responden todos.—Excúsase al principio; pero si había de comer solo... un amigo á quien esperaba no viene... Vaya, comeré con ustedes, dice por fin, y se sienta. ¡Cuán ajenos estaban sus convidadores de creer que habían de comer con él! Él sin embargo sabía desde la víspera que había de comer con ellos: les oyó convenir en la hora, y es hombre que come los más días de oídas, y algunos por haber oído.

¿Qué pareja es la que sin mirar á un lado ni á otro pide un cuarto al mozo y?... Pero es preciso marcharnos, mi amigo y yo hemos concluido de comer: cierta curiosidad nos lleva á pasar por delante de la puerta entornada donde ha entrado á comer sin testigos aquel oscuro matrimonio... sí; duda... Una pequeña parada que hacemos alarma á los que no quieren ser oídos, y un portazo dado con todo el mal humor propio de un misántropo nos advierte nuestra indiscreción y nuestra impertinencia. Paciencia, salgo diciendo: todo no se puede observar en este mundo; algo ha de quedar oscuro en un cuadro: sea esto lo que quede en negro en este artículo de costumbres de la Revista española.

POESÍAS DE
DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

Es tan conocido el mérito del autor de esta nueva colección poética, son tan justamente apreciados en España y fuera de ella los varios ensayos didácticos y composiciones dramáticas que en anteriores tomos ha publicado, que no es mucho que entremos con respeto y miedo á juzgar al que puede juzgar á los demás. El justo criterio, el gusto depurado son las dotes que más brillan en sus escritos; pero no contento el señor Martínez de la Rosa con haber indicado el camino que deben trillar los que á la gloria inmortal de poetas aspiren, nos quiere dar el ejemplo al lado de la admonición. Harta empresa es ésa para un solo hombre. No presta el cielo al mismo tiempo la fría severidad del crítico y la ardiente imaginación del vate, y mal pudiera prestarlas sin contradecir sus propias leyes. Si alguna vez, pues, se ven ambas calidades reunidas puede reputarse fenómeno. Recorramos la lista de los primeros poetas; no hallaremos en ésa á los grandes didácticos: preceptos será lo que en sus obras encontraremos, preceptos de inspiración; rara vez preceptistas. Homero, Virgilio, Anacreonte, Píndaro, Taso, Millón, etc., etc., se contentaron con la parte que les tocó; verdad es que les tocó lo más, porque nunca harán los preceptos un poeta. Recorramos por otra parte las obras de los grandes maestros del arte. Aristóteles hubiera probado á entonar la trompa épica; en balde hubiera ensayado á observar sus mismas reglas. Longino, que tan bien entendió el sublime, no hubiera dado nunca con él. El severo Boileau quiso pulsar la lira, y Apolo la rompió en sus débiles manos; toda su oda á la toma de Namor puede darse por el peor concepto de su arte poética. La Harpe dió modelos; pero modelos de escuela. En una palabra, la cabeza puede aventajarse en el hombre, pero es por lo regular á costa del corazón. Dos nombres colosales, que son los que más acaso á la perfección en distintos géneros se han acercado, pudieran citarse como poderosas excepciones de nuestro aserto: Horacio y Voltaire. Esto sin embargo podría ser objeto de larga discusión en que no podemos entrar ahora; en ella aparecería tal vez que el Horacio del arte poética y de las sátiras no es el Horacio de las odas, que el Voltaire prosista es infinitamente superior al Voltaire autor cómico, trágico y épico.

En beneficio del señor don Francisco Martínez pueden sólo resultar estas breves observaciones, á que la lectura grata de su libro da lugar. Nadie puede dudar del alto puesto que entre los preceptistas ocupa; y de su talento poético no seremos ciertamente nosotros los que dudemos. Y no decimos tampoco que el señor Martínez es poeta porque creamos que otros lo duden, sino porque en decirlo gozamos y en repetirlo, nosotros sobre todo, que juzgaremos al autor con sus mismas leyes, y que abundamos afortunadamente en sentadas opiniones suyas. Sentimiento, intención, es lo que buscamos en el poeta: sentimiento, intención, encontramos en el señor Martínez de la Rosa, «No remontemos, dice el autor en su prólogo, tan desacordadamente el concepto y la frase que cueste trasudores el entendernos». «No recuerdo un solo rasgo sublime, dice en otra parte, en cualquiera lengua que sea, que no esté expresado con sencillez». Esta idea, adoptada por nuestro poeta y tan bien seguida en su Edipo; esta imitación de la griega sencillez es la que distingue sus obras poéticas de las demás de su época: la oscura ampulosidad es una montaña que abruma nuestra poesía, nada más necesario que el que se resuelvan los jóvenes en fin á segregar del fruto precioso el lujurioso pámpano que le ahoga. No es la palabra lo sublime; séalo el pensamiento; parta derecho al corazón; apodérese de él, y la palabra lo será también. «Hágase la luz, dijo Dios, y fué la luz». Nada hay escrito más sublime, nada sin embargo menos ampuloso. Oigamos otra expresión grande y sencilla. Muere una mujer, y exclama su amiga: «¡Conque ésta es la primera noche que vas á pasar en la tierra!» ¡Qué apostrofe hay más enérgico! ¡Qué formas sin embargo más sencillas! Todas las palabras son sublimes cuando la pasión las emplea. Siguiendo estos principios, es difícil ser á veces más poeta que el autor de esta colección. Hay ternura en sus composiciones, sentimiento en sus versos, profundidad á veces, dulce y melancólica filosofía. Bien quisiéramos citar algunos trozos de los que han señoreado en su lectura nuestro corazón. Pero el público se hará con estas poesías, y citar fragmentos fuera imponernos la difícil tarea de la elección. Respondemos que serán leídas con placer por los que abriguen sentimiento; con entusiasmo por los que recibieron del cielo la sensibilidad como primera condición de su existencia.

Una cosa confesaremos á nuestro pesar: uno de los géneros á que más lugar ha dado en su tomo el señor Martínez de la Rosa ha sido un género desgastado ya; un género en que tanto y tan bueno se ha escrito, que es harto difícil sobresalir en él. No es decir esto que sus composiciones ligeras no puedan competir con las de Anacreonte, con las de Gesner, con las de Meléndez; pero la tendencia del siglo es otra: si las sociedades nacientes alimentan su imaginación con composiciones ligeras, las sociedades gastadas necesitan sensaciones más fuertes. Acaso en esto lleve el poeta ventaja á la sociedad en que vive; acaso las causas de la decadencia de este género no hacen favor á los adelantos de la civilización; pero no por eso es menos cierto que buscamos más bien en el día la importante y profunda inspiración de Lamartine, y hasta la desconsoladora filosofía de Byron que la ligera y fugitiva impresión de Anacreonte.

Los versificadores que sólo hacer versos saben, mas no sentirlos, podrán tachar de poco robustos algunos del autor; nosotros, aunque conocemos la necesaria cooperación de la más completa armonía posible en la poesía, pasamos ligeramente sobre ese reproche, y siempre daremos la preferencia en todo caso á las ideas.

Concluiremos dando el parabién al señor Martínez de la Rosa por su nueva publicación, y deseando que la juventud estudiosa saque tanto partido de su ejemplo como de las lecciones con que en sus obras anteriores ha sabido hacerse el órgano del buen gusto, y el honor de su patria, que colocará su nombre en la corta lista de los que en el día pueden retribuirla gloria sólida é imperecedera.

LAS CASAS NUEVAS