—Señor Fígaro, ese plan será bueno; mas yo le encuentro el inconveniente de que si en un país en que tan poco prestigio tienen la literatura y los literatos, en vez de darnos honor unos á otros nos damos mutuamente en espectáculo, derribamos nosotros mismos nuestros altares, y nos hacemos el hazmereir del público... y á mí me da vergüenza...

—¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¿Ahora salimos con que tiene usted vergüenza?... y... ¡voto ya! Dijéralo usted al principio. Usted es incorregible. Pues, amigo, voy á concluir: hace muchos años que ando por este mundo, y las más de las polémicas que he visto se han decidido por ese estilo. Fuera, pues, razones, señor mío: látigo y más látigo: no sé qué sabio ha dicho que las más de las cuestiones son cuestiones de nombre: aquí, amigo mío, las más son cuestiones de personas.—Y con esto despedí á mi cliente, quien no sé si habrá aprovechado mis consejos. Una cosa tan sólo le supliqué al salir por el umbral de mi puerta.—Si acaso, le dije, oye usted decir á las gentes cuando le vean por el mundo: «ahí va el cliente de Fígaro: ése es el del artículo».—No lo creo, responda usted: el cliente de Fígaro es un ente ideal que tiene muchos retratos en esta sociedad, pero que no tiene original en ninguna.

LA FONDA NUEVA

Preciso es confesar que no es nuestra patria el país donde viven los hombres para comer: gracias por el contrario si se come para vivir: verdad es que no es éste el único punto en que manifestamos lo mal que nos queremos: no hay género de diversión que no nos falte: no hay especie de comodidad de que no carezcamos. «¿Qué país es éste?», me decía no hace un mes un extranjero que vino á estudiar nuestras costumbres. Es de advertir, en obsequio de la verdad, que era francés el extranjero, y que el francés es el hombre del mundo que menos concibe el monótono y sepulcral silencio de nuestra existencia española.—Grandes carreras de caballos habrá aquí, me decía desde el amanecer: no faltaremos.—Perdone usted, le respondía yo; aquí no hay carreras.—¿No gustan de correr los jóvenes de las primeras casas? ¿No corren aquí siquiera los caballos?...—Ni siquiera los caballos.—Iremos á caza.—Aquí no se caza: no hay dónde, ni qué.—Iremos al paseo de coches.—No hay coches.—Bien: á una casa de campo á pasar el día.—No hay casas de campo, no se pasa el día.—Pero habrá juegos de mil suertes diferentes, como en toda Europa... habrá jardines públicos donde se baile; más en pequeño, pero habrá sus tívolis, sus ranelagh, sus campos elíseos... habrá algún juego para el público.—No hay nada para el público: el público no juega.—Es de ver la cara de los extranjeros cuando se les dice francamente que el público español, ó no siente la necesidad interior de divertirse, ó se divierte como los sabios (que en eso todos lo parecen) con sus propios pensamientos: creía mi extranjero que yo quería abusar de su credulidad, y con rostro entre desconfiado y resignado, «Paciencia, me decía por fin: nos contentaremos con ir á los bailes que den las casas del buen tono y las suarés...».—Paso, señor mío, le interrumpí yo: ¿conque es bueno que le dije que no había gallinas y se me viene pidiendo?... En Madrid no hay bailes, no hay suarés. Cada uno habla ó reza, ó hace lo que quiere en su casa con cuatro amigos muy de confianza, y basta.

Nada más cierto sin embargo que este tristísimo cuadro de nuestras costumbres. Un día sólo en la semana, y eso no todo el año, se divierten mis compatriotas: el lunes, y no necesito decir en qué: los demás días examinemos cuál es el público recreo. Para el pueblo bajo el día más alegre del año redúcese su diversión á calzarse las castañuelas (digo calzarse porque en ciertas gentes las manos parecen pies), y agitarse violentamente en medio de la calle, en corro, al desapacible son de la agria voz y del desigual pandero. Para los elegantes todas las corridas de caballos, las partidas de caza, las casas de campo, todo se encierra en dos ó tres tiendas de la calle de la Montera. Allí se pasa alegremente la mañana en contar las horas que faltan para irse á comer, si no hay sobre todo gordas noticias de Lisboa, ó si no dan en pasar muchos lindos talles de quien murmurar, y cuya opinión se pueda comprometer, en cuyos casos varía mucho la cuestión y nunca falta que hacer.—¿Qué se hace por la tarde en Madrid?—Dormir la siesta.—¿Y el que no duerme, qué hace?—Estar despierto; nada más. Por la noche, es verdad, hay un poco de teatro, y tiene un elegante el desahogo inocente de venir á silbar un rato la mala voz del bufo caricato, ó á aplaudir la linda cara de la altra prima donna; pero ni se proporciona tampoco todos los días, ni se divierte en esto sino un muy reducido número de personas, las cuales, entre paréntesis, son siempre las mismas, y forman un pueblo chico de costumbres extranjeras, embutido dentro de otro grande de costumbres patrias, como un cucurucho menor metido en un cucurucho mayor.

En cuanto á la pobre clase media, cuyos límites van perdiéndose y desvaneciéndose cada vez más, por arriba en la alta sociedad, en que hay de ella no pocos intrusos, y por abajo en la capa inferior del pueblo, que va conquistando sus usos, ésa sólo de una manera se divierte. ¿Llegó un día de días? ¿Hubo boda? ¿Nació un niño? ¿Diéronle un empleo al amo de la casa?, que en España ése es el grande alegrón que hay que recibir. Sólo de un modo se solemniza. Gran coche de alquiler, decentemente regateado; pero más gran familia: seis personas coge el coche á lo más. Pues entra papá, entra mamá, las dos hijas, dos amigos íntimos convidados, una prima que se apareció allí casualmente, el cuñado, la doncella, un niño de dos años y el abuelo: la abuela no entra porque murió el mes anterior. Ciérrase la portezuela entonces con la misma dificultad que la tapa de un cofre apretado para un largo viaje, y á la fonda. La esperanza de la gran comida, á que se va aproximando el coche mal que bien, aquello de andar en alto, el rubor de las jóvenes que van sentadas sobre los convidados, y la ausencia sobre todo del diurno puchero alborotan á nuestra gente en tal disposición, que desde media legua se conoce el coche que lleva á la fonda á una familia de enhorabuena.

Tres años seguidos he tenido la desgracia de comer de fonda en Madrid, y en el día sólo el deseo de observar las variaciones que en nuestras costumbres se verifican con más rapidez de lo que algunos piensan, ó el deseo de pasar un rato con amigos, pueden obligarme á semejante despropósito. No hace mucho sin embargo que un conocido mío me quiso arrastrar fuera de mi casa á la hora de comer.—Vamos á comer á la fonda.—Gracias; mejor quiero no comer.—Comeremos bien; iremos á Genyeis: es la mejor fonda.—Linda fonda: es preciso comer de seis ó siete duros para no comer mal. ¿Qué aliciente hay allí para ese precio? Las salas son bien feas: el adorno ninguno: ni una alfombra, ni un mueble elegante, ni un criado decente, ni un servicio de lujo, ni un espejo, ni una chimenea, ni una estufa en invierno, ni agua de nieve en verano, ni... ni burdeos, ni champagne... Porque no es burdeos el valdepeñas, por más raíz de lirio que se le eche.—Iremos á los Dos Amigos.—Tendremos que salirnos á la calle á comer, ó á la escalera, ó llevar una cerilla en el bolsillo para vernos las caras en la sala larga.—Á cualquiera otra parte. Crea usted que hoy nos van á dar bien de comer.—¿Quiere usted que le diga yo lo que nos darán en cualquier fonda adonde vayamos? Mire usted, nos darán en primer lugar mantel y servilletas puercas, vasos puercos, platos puercos y mozos puercos: sacarán las cucharas del bolsillo, donde están con las puntas de los cigarros; nos darán luego una sopa que llaman de yerbas, y que no podría acertar á tener nombre más alusivo; estofado de vaca á la italiana, que es cosa nueva; ternera mechada, que es cosa de todos los días; vino de la fuente; aceitunas magulladas; frito de sesos y manos de carnero, hechos aquéllos y éstas á fuerza de pan: una polla que se dejaron otros ayer, y unos postres que nos dejaremos nosotros para mañana.—Y también nos llevarán poco dinero, que aquí se come barato.—Pero mucha paciencia, amigo mío, que aquí se aguanta mucho.

No hubo sin embargo remedio: mi amigo no daba cuartel, y estaba visto que tenía capricho de comer mal un día. Fué preciso, pues, acompañarle, é íbamos á entrar en los Dos Amigos, cuando llamó nuestra atención un gran letrero nuevo que en la misma calle de Alcalá y sobre las ruinas del antiguo figón de Perona dice: Fonda del Comercio.—¿Fonda nueva?—Vamos á ver. En cuanto al local, no les da el naipe á los fondistas para escoger local; en cuanto al adorno, nos cogen acostumbrados á no pagarnos de apariencias; nosotros decimos: ¡como haya que comer, aunque sea en el suelo! Por consiguiente nada nuevo en este punto en la fonda nueva.

Choconos sin embargo la diferencia de las caras de ahora, y que hace medio año se veían en aquella casa. Vimos elegantes, y diónos esto excelente idea. Realmente hubimos de confesar que la fonda nueva es la mejor; pero es preciso acordarnos de que la Fontana era también la mejor cuando se instaló: ésta será, pues, otra Fontana dentro de un par de meses. La variedad que hoy en platos se encuentra cederá á la fuerza de las circunstancias; lo que nunca podrá perder será el servicio: la fonda nueva no reducirá nunca el número de sus mozos, porque es difícil reducir lo poco; se ha adoptado en ella el principio admitido en todas: un mozo para cada sala, y una sala para cada veinte mesas.

Por lo demás no deja de ofrecer un cuadro divertido para el observador oscuro el aspecto de una fonda. Si á su entrada hay ya una familia en los postres, ¿qué efecto le hace al que entra frío y sereno el ruido y la algazara de aquella gente toda alborotada porque ha comido? ¡Qué miserable es el hombre! ¿De qué se ríen tanto? ¿Han dicho alguna gracia? No, señor; se ríen de que han comido, y la parte física del hombro triunfa de la moral, de la sublime; que no debiera estar tan alegre sólo por haber comido.—Allí está la familia que trajo el coche... ¡¡¡Apartemos la vista y tapemos los oídos por no ver, por no oir!!!