—Pero, señor, haremos reir al público...

—No tenga usted cuidado: el público se morirá de risa, y la palestra queda por el que hace reir. ¿Qué más tiene el adversario? ¿Tiene alguna verruga en las narices, tiene moza, debe á alguien, ha estado en la cárcel alguna vez, gasta peluca, ha tenido opinión nula?...

—Algo, algo hay de eso.

—Pues bien: á él: la opinión, la verruga: duro en sus defectos. ¿Qué entenderá él de achaque de tabacos, si escribió en los periódicos de entonces, y si el año 8 jugaba á la pipirijaina ó á la pata coja?

—¿Pero adónde vamos á parar?...

—Á la tetilla izquierda, señor: usted no se desanime: ¿le coge usted en un plagio? El testo en los hocicos, el original, y ande. ¿Sabe usted algún cuento? á contársele.

—¿Y si no vienen á pelo los cuentos que yo sé.

—No importa; usted hará reir, y ése es el caso. ¿Dice él que usted se equivoca una vez? Dígale usted qué él se equivoca ciento, y pata. Usted es una tal; y usted es más: éste el modo.

—Pero, señor Fígaro, ¿y dónde dejamos ya la cuestión de tabacos?

—¿Y á usted qué le importa ni á nadie tampoco? Déjela usted que viaje. Por fin luego que usted haya agotado todos los recursos de la personalidad, concluya usted apelando al público y diciendo que él sabrá apreciar la moderación de usted en la cuestión presente: que se retira usted de la polémica; en primer lugar, porque ha probado suficientemente su opinión acerca de tabacos con las poderosas razones antedichas de la estatura, de la verruga, de la comedia del año 97, de las deudas y de la opinión del adversario: y en segundo lugar porque habiendo usado el contrario de mala fe y de indecorosas personalidades (y eso dígalo usted aunque sea mentira), de que usted no se siente capaz en atención á que usted respeta mucho al público respetable, la polémica se ha hecho asquerosa é interminable. Aquí dice usted una gracia ó dos si puede acerca del mayor número de suscriciones que reúne el periódico en que usted escribe, que es razón concluyente, y que le piquen á usted moscas.