—¡Dios me libre de un hombre amable! No iré á su casa, porque me convidará. No le encontraré en la calle, porque vendrá á mí con los brazos abiertos aunque me haya visto ayer; se enganchará de mí, me preguntará de mi salud, de mis hijos, de mis comedias, de mis artículos, de mis... Pero líbreme, aunque sea el diablo, de una mujer amable; nunca sabré si me quiere ó si me estima, si es bien criada ó tierna, si... ¡Válgame Dios! y líbreme, aunque sea el diablo, de una mujer amable: ésa me volvería loco.
—Oigan ustedes á don Lucas Mentirola. Ése viene siempre de donde sucede algo. ¿Ha habido fuego? «Vengo de allí: hace estragos horrorosos».—¿Ha llegado el tenor nuevo? «Sí, responde, le acabo de dar un abrazo: viene gordo, y su voz es un portento; le hice entrar en un portal y cantar un rato... por mí lo hizo. Es gran muchachón, rubio, alto, ¡extranjero!» Al otro día se sabe que el tenor no ha llegado, y si ha llegado es chiquito, negro, bizco...—¿Está malo algún sujeto marcado? «Hoy está mejor, dice; se ha reído mucho conmigo; una hora he estado con él». Luego se averigua que el que tanto se ha reído estaba ya enterrado.—¿Quién es aquel botarate?—¿Aquél?: un monstruo; aquél se prevale de la bondad, del candor de la casa donde le reciben; hay una mujer hermosa; nada la dice; sin embargo afecta ir á la casa á horas de franqueza; la acompaña al Prado; en baile ó sarao donde está ella está él; siempre al lado de la hermosa, siempre baila con ella; cuando ella no le ve, finge mirarla con zelos de algún otro; afecta disimulo, que en realidad no puede existir, pues nada hay que disimular. ¿Se retiran? Siempre da el brazo á la hermosa. Ella en tanto, á quien nada dice, que nada nota en él de galanteo, está bien lejos de creer que el público malicioso no habla de otra cosa sino de sus amores con fulanito. Fulanito tiene amor propio, no amor. Se contenta con que las gentes crean que es feliz; para él no hay otro modo de serlo. ¡Qué horrible carácter! ¡Qué triste buena fe la de su víctima que no lo conoce!
NADIE PASE SIN HABLAR AL PORTERO
ó
LOS VIAJEROS EN VITORIA
¿Por qué no ha de tener España su portero, cuando no hay casa medianamente grande que no tenga el suyo? En Francia eran antiguamente los suizos los que se encargaban de esta comisión; en España parece que la toman sobre sí algunos vizcaínos. Y efectivamente, si nadie ha de pasar hasta hablar con el portero, ¿cuándo pasarán los de allende si se han de entender con un vizcaíno? El hecho es, que desde París á Madrid no había antes más inconveniente que vencer que 365 leguas, las landas de Burdeos y el registro de la puerta de Fuencarral. Pero hete aquí que una mañana se levantan unos cuantos alaveses (Dios los perdone) con humor de discurrir, caen en la cuenta de que están en la mitad del camino de París á Madrid, como si dijéramos estorbando, y hete que exclaman:—Pues qué, ¿no hay más que venir y pasar? Nadie pase sin hablar al portero. De entonces acá cada alavés de aquéllos es un portero, y Vitoria es un cucurucho tumbado en medio del camino de Francia: todo el que viene entra; pero hacia la parte de acá está el fondo del cucurucho, y fuerza es romperle para pasar.
Pero no ocupemos á nuestros lectores con inútiles digresiones. Amaneció en Vitoria y en Álava uno de los primeros días del corriente, y amanecía poco más ó menos como en los demás países del mundo; es decir, que se empezaba á ver claro, digámoslo así, por aquellas provincias, cuando una nubecilla de ligero polvo anunció en la carrera de Francia la precipitada carrera de algún carruaje procedente de la vecina nación. Dos importantes viajeros, francés el uno, español el otro, envuelto éste en su capa, y aquél en su capote, venían dentro. El primero hacía castillos en España, y el segundo los hacía en el aire, porque venían echando cuentas acerca del día y hora en que llegar debían á la villa de Madrid, leal y coronada (sea dicho con permiso del padre Vaca). Llegó el veloz carruaje á las puertas de Vitoria, y una voz estentórea, de éstas que salen de un cuerpo bien nutrido, intimó la orden de detener á los ilusos viajeros.—¡Hola!, ¡eh!, dijo la voz, nadie pase.—¡Nadie pase!, repitió el español.—¿Son ladrones?, dijo el francés.—No, señor, repuso el español asomándose, son de la aduana. Pero ¿cuál fué su admiración cuando sacando la cabeza del empolvado carruaje, echó la vista sobre un corpulento religioso, que era el que toda aquella bulla metía? Dudoso todavía el viajero, extendía la vista por el horizonte por ver si descubría alguno del resguardo; pero sólo vió otro padre al lado y otro más allá, y ciento más, repartidos aquí y allí como los árboles en un paseo.—¡Santo Dios!, exclamó: ¡cochero! este hombre ha equivocado el camino; ¿nos ha traído usted al yermo ó á España?—Señor, dijo el cochero, si Álava está en España, en España debemos estar.—Vaya, poca conversación, dijo el padre, cansado ya de admiraciones y asombros: conmigo es con quien se las ha de haber usted, señor viajero.—¡Con usted, padre! ¿Y qué puede tener que mandarme su reverencia? Mire que yo vengo confesado desde Bayona, y de allá aquí maldito si tuvimos ocasión de pecar, ni aun venialmente, mi compañero y yo, como no sea pecado viajar por estas tierras.—Calle, dijo el padre, y mejor para su alma. En nombre del Padre, y del Hijo...—¡Ay Dios mío! exclamó el viajero, erizados los cabellos, que han creído en este pueblo que traemos los malos y nos conjuran.—Y del Espíritu Santo, prosiguió el padre; apéense, y hablaremos.—Aquí empezaron á aparecerse algunos facciosos y alborotados, con un Carlos V cada uno en el sombrero por escarapela.
Nada entendía á todo esto el francés del diálogo; pero bien presumía que podía ser negocio de puertas. Apeáronse, pues, y no bien hubo visto el francés á los padres interrogadores,—¡Cáspita!, dijo en su lengua, que no sé cómo lo dijo, y ¡qué uniforme tan incómodo traen en España las gentes del resguardo, y qué sanos están, y qué bien portados! Nunca hubiera hablado en su lengua el pobre francés.—¡Contrabando!, clamó el uno; contrabando, clamó otro; y contrabando fué repitiéndose de fila en fila. Bien como cuando cae una gota de agua en el aceite hirviendo de una sartén puesta á la lumbre, álzase el líquido hervidor, y bulle, y salta, y levanta llama, y chilla, y chisporrotea, y cae en el hogar, y alborota la lumbre, y subleva la ceniza, espelúznase el gato inmediato que descansando junto al rescoldo dormía, quémanse los chicos, y la casa es un infierno; así se alborotó, y quemó, y se espeluznó y chilló la retahíla de aquel resguardo de nueva especie, compuesto de facciosos y de padres, al caer entre ellos la primera palabra francesa del extranjero desdichado.
—Mejor es ahorcarle, decía uno, y servía el español al francés de truchimán.—¡Cómo ha de ser mejor!, exclamaba el infeliz.—Conforme, reponía uno, veremos.—¿Qué hemos de ver, clamaba otra voz, sino que es francés?
Calmóse, en fin, la zalagarda; metiéronlos con los equipajes en una casa, y el español creía que soñaba y que luchaba con una de aquellas pesadillas en que uno se figura haber caído en poder de osos, ó en el país de los caballos, ó Houinboins, como Gulliver.
Figúrese el lector una sala llena de cofres y maletas, provisiones de comer, barriles de escabeche y botellas, repartidas aquí y allí, como suelen verse en las muestras de las lonjas de ultramarinos. ¡Ya se ve!, era la intendencia. Dos monacillos hacían en la antesala con dos voluntarios facciosos el servicio que suelen hacer los porteros de estrado en ciertas casas, y un robusto sacristán, que debía ser el portero de golpe, los introdujo. Varios carlistas y padres registraban allí las maletas, que no parecía sino que buscaban pecados por entre los pliegues de las camisas, y otros varios viajeros, tan asombrados como los nuestros, se hacían cruces como si vieran al diablo. Allá en un bufete, un padre más reverendo que los demás, comenzó á interrogar á los recién llegados.
—¿Quién es usted?, le dijo al francés, y el francés, callado, que no entendía. Pidiósele entonces el pasaporte.