—¡Pues! francés, dijo el padre. ¿Quién ha dado este pasaporte?

—Su majestad Luis Felipe, rey de los Franceses.

—¿Quién es ese rey? Nosotros no conocemos á la Francia, ni á ese don Luis. Por consiguiente, este papel no vale. ¡¡¡Mire usted, añadió entre dientes, si no habrá algún sacerdote en todo París que pueda dar un pasaporte, y no que nos vienen ahora con papeles mojados!!!

—¿Á qué viene usted?

—Á estudiar este hermoso país, contestó el francés con aquella afabilidad tan natural en el que está debajo.

—¿Á estudiar?, ¿eh? Apunte usted, secretario: estas gentes vienen á estudiar: me parece que los enviaremos al tribunal de Logroño...

—¿Qué trae usted en la maleta? Libros... pues... Recherches sur... al sur, ¿eh?, este Recherches será algún autor de marina: algún herejote. Vayan los libros á la lumbre. ¿Qué más? ¡Ahí una partida de relojes, á ver... London... ése será el nombre del autor. ¿Qué es esto?

—Relojes para un amigo relojero que tengo en Madrid.

De comiso, dijo el padre, y al decir de comiso, cada circunstante cogió un reloj, y metiósele en la faltriquera. Es fama que hubo alguno que adelantó la hora del suyo para que llegase más pronto la del refectorio.

—Pero, señor, dijo el francés, yo no los traía para usted...