—Pues nosotros los tomamos para nosotros.
—¿Está prohibido en España el saber la hora que es?, preguntó el francés al español.
—Calle, dijo el padre, si no quiere que se le exorcice; y aquí le echó la bendición por si acaso. Aturdido estaba el francés, y más aturdido el español.
Habíanle entre tanto desvalijado á éste dos de los facciosos, que con los padres estaban, hasta del bolsillo, con más de tres mil reales que en él traía.
—¿Y usted, señor de acá?, le preguntaron de allí á poco, ¿qué es?, ¿quién es?
—Soy español y me llamo don Juan Fernández.
—Para servir á Dios, dijo el padre.
—Y á su majestad la reina nuestra señora, añadió muy complacido y satisfecho el español.
—Á la cárcel, gritó una voz; á la cárcel, gritaron mil.
—¿Pero, señor, ¿por qué?