Pocos pasos habrían andado, cuando se esparció la noticia por todo Castel-o-Branco de cómo había llegado un vasallo de su majestad imperial. Es de advertir que como todos los días no tiene su majestad imperial proporción de ver un vasallo suyo, porque andan para él los vasallos por las nubes, decidióse lo que era natural y estaba en el orden de las cosas; y fué que así como un pueblo de vasallos suele solemnizar la entrada de un rey, así pareció justo que un pueblo de reyes solemnizase la entrada de un vasallo. Echáronse, pues, á vuelo las campanas: con este motivo hubo quien dijo: principio quieren las cosas, y quien añadió: que el reinar no quiere más que empezar. Digo, pues, que se echaron á vuelo las campanas, y el labriego se aturdía; verdad es que el ruido no era para menos.

—¿Qué fiesta es mañana?, preguntaba el buen hombre.

—Festéjase la llegada de vuestra merced, señor Casteçao.

—¿Mi llegada? ¡Vea usted qué diferencia! Allá en España nunca festejó nadie mis idas y mis venidas, y eso que siempre anduve de ceca en meca; ya veo que en este país se ocupan más en cada uno.

En estos y otros propósitos entretenidos llegaron á una casa que tenía una gran muestra, donde en letras gordas decía:

JUNTA SUPREMA DE GOBIERNO

De todas las Españas, con sus Indias.

No quisiera entrar el labrador; pero hízole fuerza el portugués. Agachó, pues, la cabeza, y hallóse de escalón en escalón en una sala grande como un reino, si se tiene presente que allí los reinos son como salas.

Hallábase la tal sala alhajada á la espartana, porque estaba desnuda: en torno yacían los señores de la junta sentados, pero mal sentados, sea dicho en honor de la verdad. Luces había pocas y mortecinas. Un mal espejo les servía para dos fines; para verse muchos siendo pocos, y consolar de esta manera el ánimo afligido, y para decirse de cuando en cuando unos á otros: «Mírese su excelencia en ese espejo». Porque es de advertir que se daban todos unos á otros dos cosas, á saber: las buenas noches y la excelencia.

Portero no había; verdad es que tampoco había puertas, por ser la casa de estas malas de lugar que, ó no las tienen, ó las tienen que no cierran. Una mala mesa en medio, y un mal secretario, eran los muebles que componían todo el ajuar.