No sé dónde he leído yo que en cierta tierra de Indios el congreso supremo de la tribu se reúne para deliberar en grandes cántaros de agua fresca, donde se sumergen desnudos sus individuos, dejando sólo fuera del cántaro la cabeza para deliberar. No se puede negar que existe gran semejanza entre la junta de Castel-o-Branco y el congreso de los cántaros, y que los carlistas que componen la una y los salvajes que forman el otro están igualmente frescos.
Dominaba en el testero de la sala de Juntas el tesorero general del pretendiente, don Matías Jarana, porque en tiempos de apuro el que tiene el dinero es el empleado principal; el cual, si no era gran tesorero, era gran canónigo. Dicho esto, me parece excusado detenernos mucho en describirle; estamos seguros de que el inteligente lector se lo habrá figurado ya tal como era. Oprimía á su lado el ministro de hacienda una mala banqueta, que gemía no tanto por el noble peso que sostenía, como por el mal estado en que se encontraba. Tambaleábase por consiguiente su excelencia á cada momento: figurósele al labriego temblor el movimiento oscilante de su excelencia; pero está averiguado que era el mal asiento. Flaco, seco, y con cara de contradicción, hacía de notario de reinos don Jorge Ganzúa, que lo había sido de Coria.
Veíase á otra parte de pie, y en actitud de huir á la primera orden, á un cabo del resguardo, partidario que fué del año 23. Representaba éste al ministro de la guerra, y llamábase Cuadrado, además de serlo.
Un dependiente del cabildo de Coria y dos personajes más, en calidad de consejeros supremos de la Junta, hacían como que meditaban, por el buen parecer, en un rincón de la sala.
Indecible fué la alegría de la Junta suprema cuando el portugués hubo presentado á nuestro pobre labriego en calidad de vasallo de su majestad imperial.
—Excelentísimos señores, exclamó el señor tesorero en altas voces, reconozcamos en ese vasallo el dedo del Señor: ya ha llegado el día del triunfo de su majestad imperial, y ha llegado ya al mismo tiempo un vasallo: todo ha llegado. Opino que en vista de esta novedad deliberemos.
—En cuanto á lo de deliberar, dijo entonces el señor notario, recuerdo al señor presidente que esto es una junta.
—No me acordaba, dijo entonces el presidente; nótese que ésta es la primera junta de que tengo el honor de ser individuo.
—Se conoce, dijo el notario; y lo apuntó en el acta.—Hable, pues, si sabe y si tiene de qué el excelentísimo señor ministro de hacienda.
—Dispiértele usted, dijo entonces el presidente al portugués que hacía de ujier, dispiértele usted, pues parece que su excelencia duerme.