Llegóse el portugués á su excelencia, que efectivamente dormía, y díjole en su lengua:—No haga caso su excelencia de que está en junta, que es llegado el momento de hablar.—Soñaba á la sazón su excelencia que se le venían encima todos los ejércitos de la reina, y volviendo en sí de su pesadilla con dificultad:
—¿Hablo yo?, dijo; vamos á ver. Las mejoras, pues, aunque no nos toque el decirlo, las mejoras...
—Al orden, al orden, interrumpió el presidente: ¿qué es eso de mejoras?
—Soñaba que estábamos en España, contestó su excelencia turbado. Perdone la Junta. Por consiguiente hable otro, que yo no estoy para el paso. Mi intermisión por otra parte no urge. Mi ministerio...
—Excelentísimo señor, dijo el presidente, cierto; pero acaba de llegar...
—¿Ha llegado la hacienda, ha llegado mi ministerio?, preguntó azorado el señor Tallarín, buscando con los ojos por todas partes si llegaría á ver un peso duro...
—Todavía no, pero...
—¡Ah!, pues entonces, repuso el ministro, repito que no corro prisa; y volviéndose en la banqueta y hacia el portugués: Avíseme usted, señor don Ambrosio de Castro y Pajarez, Almendrudo, Oliveira y Caraballo de Alburquerque y Santaren, en cuanto llegue la hacienda. Dicho esto, volvió su excelencia á anudar el roto hilo de su feliz ensueño, donde es fama que soñó que era efectivamente ministro.
—Yo hab... b... blaré, dijo entonces uno de los consejeros supremos que era tartamudo, yo hablaré, que he s... s... s... ido por... pr... pr... pro... curador...
—Mejor será que no hable nadie, dijo entonces el notario al oído del presidente, si ha de hablar el señor...