Temblaba á todo esto el buen labriego, pues ya había caído él en la cuenta de que si todos aquellos señores habían de mandar, y no había otro sino él por allí que obedeciese, era la partida más que desigual. Calculando, pues, que en un pueblo donde no había más que la justicia y él, él había de ser forzosamente el ajusticiado, andaba buscando arbitrios para escaparse del poder de la Junta; la cual así pensaba en soltarle, como quien lo consideraba en aquellos momentos un cacho de la apetecida España, que la Providencia tiene guardada felizmente para más altos fines.
Pero Dios, que no se olvida nunca de los suyos, aunque ellos se olviden de él, lo había dispuesto de otro modo: no bien se había leído el último renglón del decreto del notario, cuando se oyó en la calle un espantable ruido.—Estos son tiros, exclamó Cuadrado, que era el único que alguna vez los había oído desde lejos.—¡Tiros! dijo el presidente, ¿á que estamos ganando una batalla sin saber una palabra?...
—No corremos ese riesgo, entró gritando el portugués: sálvense vuestras excelencias, sálvense: aquí quedo yo, que soy portugués y basto para cien casteçaos.—Os perdono, dijo entonces volviéndose á los que ya entraban, os perdono, casteçaos; daos, que no os quiero matar.
Pero ya en esto diez y nueve robustos contrabandistas habían entrado á dar sus diez y nueve votos en la Junta, y echándose cada uno un argumento á la cara: ¡Viva Isabel II!, dijeron. Hacíase cruces el presidente, escondíase debajo de la banqueta el excelentísimo señor ministro de hacienda, tapaba el notario de reinos el acta, no salía el tartamudo de la p... inicial de perdón, y hacían los demás un acto de traición con más miedo del infierno que amor de Dios. El labriego sólo era el que bendecía su estrella, y quien echando mano de un cordel que para otros usos traía, dispuso á la Junta en forma de traílla; la cual en la misma y más custodiada que tabaco en rama, por los diez y nueve votos de contrabando que habían levantado la sesión, se entró por los términos de España, á las voces del portugués, que casi desde Castel-o Branco les gritaba todavía en mal castellano: «No tenhan miedo vuestras excelencias, aunque los aforquen los casteçaos; que yo en acabando de pelear aquí por su majestad don Miguel I, que es cosa pronta, he de pasar la raya; y ó me llevo allá al emperador Carlos V, ó me traigo acá á Castilla».
LAS CIRCUNSTANCIAS
Las circunstancias, he pensado muchas veces, suelen ser la excusa de los errores y la disculpa de las opiniones. La torpeza ó mala conducta hallan en boca del desgraciado un tápalo-todo en las circunstancias que, dice, le han traído á menos. En estas reflexiones estaba ocupada mi fantasía no hace muchos días, cuando recibí una carta, que por confirmar mis ideas sobre el particular y venir tan oportuna á este objeto, de que pensaba hacer un artículo de costumbres, quiero trasladar ad pedem litteræ á mis lectores. Decía así la carta:
«Señor Fígaro.—Muy señor mío: Á usted, señor Fígaro, observador de costumbres, me dirijo con dos objetos. Primero, quejarme de mi mala estrella. Segundo, inquirir de su experiencia, pues le imagino á usted por sus escritos hombre de ésos que han vivido más de lo que les queda que vivir, si hay efectivamente de tejas abajo una fatalidad que persigue á los humanos, y una desgracia en el mundo que se asemeje á la desgracia mía. Soy un verdadero juguete de las circunstancias, cuyo torrente no pude nunca resistir, y que así me envolvieron como envuelven los violentos remolinos de una olla al inexperto nadador que se arrojó incauto en la pérfida corriente del caudaloso río.
»Mi padre era inglés y rico, señor Fígaro, pero hallábase aislado en el mundo; era naturalmente metido en sí, y sólo un amigo tenía: antojósele á este amigo entrometerse en una conspiración; confió á mi padre varios papeles importantes; descubrióse la conspiración, y ambos tuvieron que huir. Vínose mi padre á España, reducido á oro lo que pudo realizar de sus cuantiosos bienes; vió una linda gaditana, prendóse de ella, casóse, y antes de los nueve meses murió inconsolable, dando y tomando siempre en lo de la conspiración, que hubo de volverle el juicio. Vea usted aquí, señor Fígaro, á Eduardo Priestley, humilde servidor de usted, cuyo destino debía haber sido sin duda ser inglés, protestante y rico, español, católico y pobre, sin que pudiese encontrar más causa de este trastrueque que las circunstancias. Ya usted ve que la tomaron conmigo desde pequeñito. Mi madre era mujer de rara penetración y de ilustradas ideas. Crióme lo mejor que supo, y en darme toda la educación que se podía dar entonces en España, consumió el poco caudal que la dejara mi padre. Lleno yo de entusiasmo por la magistratura, y aborreciendo la carrera militar á que querían destinarme, estudié leyes en la universidad; pero puedo asegurar á usted que á pesar de eso hubiera salido buen abogado, pues era raro mi talento, sobre todo para ese estudio. Probablemente, señor Fígaro, después de haber sido gran abogado, hubiera vestido una toga, hubiera calentado acaso una silla ministerial, y el consejo de Castilla me hubiera recogido al fin de mis días en su seno, donde hubiera muerto descansadamente, dejando fama imperecedera. Las circunstancias sin embargo me lo impidieron. Había un Napoleón en el mundo, y fué preciso que éste quisiera ser emperador, y emplear á sus hermanos en los mejores tronos de Europa, para que yo no fuese ni buen abogado ni mal ministro.
»Yo tenía sentimientos generosos; mis compañeros tomaron las armas y dejaron el estudiar nuestras leyes para defenderlas, que urgía más. ¿Qué remedio? Dejé como fray Gerundio los estudios y me metí á predicador; es decir, me hice militar en obsequio de la patria. En la campaña perdí mi carrera, la paciencia y un ojo; y las circunstancias me dejaron tuerto y capitán: sabe el cielo que para ninguna de estas dos cosas servía. Yo, señor Fígaro, era impetuoso y naturalmente inconstante; menos servía, pues, para casado, ni nunca pensara en serlo; pero de resultas del bombardeo de Cádiz murió mi madre, que gozando por sus relaciones de familia de algún favor hubiera adelantado mi carrera. Otro favor que me hicieron las circunstancias. Víme solo en el mundo, y en ocasión en que una linda Aragonesa, hija de un diputado á cortes de Cádiz, recogiéndome y ocultándome en su casa, cubierto de heridas, me salvó la vida por una rara combinación de circunstancias; caséme de honrado y agradecido, que no de enamorado, es decir, que me casaron las circunstancias. En mi segunda carrera debiera haber llegado á general según mis servicios, que á otros fajaron haciéndolos muy flacos á la patria; pero era yerno de un diputado: quitáronme las charreteras, envolviéronme en la común desgracia, y las circunstancias me llevaron á Ceuta, adonde bien sabe Dios que yo no quería ir; allí hice la vida de presidario y de mal casado, que cualquiera de estos dos dogales por sí solo bastara para acabar con un hombre. Ya ve usted que yo no tenía la culpa. ¿Quién diablos me casó? ¿Quién me hizo militar? ¿Quién me dió opiniones? En presidio no se hace carrera, pero se hace mucho rencor. Sin embargo, salimos de presidio, y como yo era hombre de bien contúveme; pretendí, pero como no anduve por los cafés, ni peroré, medios que exigían entonces las circunstancias para prosperar, no sólo no me emplearon, sino que me cantaron el trágala. Irritéme: el cielo es testigo que yo no había nacido para periodista; pero las circunstancias me pusieron la pluma en la mano: hice artículos contra aquel gobierno; y como entonces era uno libre para pensar como el que estaba encima, recogí varias estocadas de unos cuantos aficionados, que se andaban haciendo motines por las calles. Ésta fué la corona de laurel que dieron las circunstancias á mi carrera literaria. Escapéme, y fuí á reunirme con los de la fe; dijéronme allí que las circunstancias no permitían admitir en las filas á un hombre que había sido marido de la hija de un diputado de las cortes de Cádiz, y no me ahorcaron por mucho favor.
»No pudiendo vivir como realista, fuíme á Francia, donde en calidad de liberal me colocaron en un depósito, con seis cuartos al día. Vino por fin la amnistía, señor Fígaro. ¡Eh! Gracias á una reina clemente, ya no hay colores, ya no hay partidos. Ahora me emplearán, digo yo para mí; tengo talento, mis luces son conocidas, soy útil... Pero, ¡ay!, señor Fígaro, ya no tengo madre, ya no tengo mujer, ya no tengo dinero, ya no tengo amigos; las circunstancias de mi vida me han impedido adquirir relaciones. Si llegara á hacerme visible para el poder, acaso lograría: sus intenciones son las mejores del mundo; mas ¿cómo abrirme paso por entre la nube de porteros y ujieres que parapetan y defienden la llegada á los destinos? Las solicitudes que se presentan solas son papeles mojados. ¡Hay tantos que piden por pedir! ¡Hay tantos que niegan por negar!—Cien memoriales he dado, otras tantas espaldas he visto.—Deje usted; veremos si estas circunstancias se fijan, me dicen los unos.—Espere usted, me responden los otros: hay tantos pretendientes en estas circunstancias.—Pero, señor, replico yo, también es preciso vivir en estas circunstancias. ¿Y no hay circunstancias para los que logran?