»Ésta es, señor Fígaro, mi posición: ó yo no entiendo las circunstancias, ó soy el hombre más desdichado del mundo. El hijo del Inglés, el que debía haber sido rico, magistrado, literato, general, hombre ajeno de opiniones, acabará probablemente sus tres carreras distintas en un solo hospital verdadero, merced á las circunstancias; al mismo tiempo que otros que no nacieron para nada, y que han tenido realmente todas las opiniones posibles, anduvieron, andan y andarán siempre levantados en zancos por esas mismas circunstancias.—De usted, señor Fígaro.—Eduardo de Priestley, ó el hombre de circunstancias.»

No puedo menos de contestar al señor de Priestley que el daño suyo estuvo, si hemos de hablar vulgarmente, en nacer desgraciado, mal que no tiene remedio: si hemos de raciocinar, en traer siempre trocadas las circunstancias, en no saber que mientras haya hombres la verdadera circunstancia es intrigar; estar bien emparentado; lucir más de lo que se tiene; mentir más de lo que sabe; calumniar al que no puede responder; abusar de la buena fe; escribir en favor, y no en contra del que manda; tener una opinión muy marcada, aunque por dentro se desprecien todas, procurando que esa opinión que se tenga sea siempre la que haya de vencer, y vociferarla en tiempo y lugar oportunos; conocer á los hombres; mirarlos de puertas adentro como instrumentos, y tratarlos como amigos; cultivar la amistad de las bellas, como terreno productivo; rasarse á tiempo, y no por honradez, gratitud ni otras ilusiones; no enamorarse sino de dientes afuera, y eso de las cosas que puedan servir...

Pero, santo Dios, gritará un rígido moralista, ¡qué cuadro! ¡¡¡Maquiavélicos principios!!!—Fígaro no dice que sean buenos, señor moralista; pero tampoco Fígaro hizo el mundo como es, ni lo ha de enmendar, ni á variar el corazón humano alcanzarán todas las sentencias posibles. Las circunstancias hacen á los hombres hábiles lo que ellos quieren ser, y pueden con los hombres débiles; los hombres fuertes las hacen á su placer, ó tomándolas como vienen sábenlas convertir en su provecho. ¿Qué son por consiguiente las circunstancias? Lo mismo que la fortuna: palabras vacías de sentido con que trata el hombre de descargar en seres ideales la responsabilidad de sus desatinos; las más veces, nada. Casi siempre el talento es todo.

REPRESENTACIÓN
DE LA COMEDIA ORIGINAL EN TRES ACTOS Y EN VERSO TITULADA
UN TERCERO EN DISCORDIA

DE

DON MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS

Una comedia nueva del aplaudido autor de Á Madrid me vuelvo y de la Marcela no podía menos de llamar la pública expectación, y aun de prevenirla favorablemente.

En esta composición dramática como en la Marcela, se ha propuesto el poeta, no censurar un defecto ridículo determinado, no ridiculizar un vicio feo ó una pasión denigrante, no un objeto moral circunscrito y de general aplicación. Un cuadro bien presentado, en que se reúnen á formar el conjunto varios caracteres sacados de la sociedad, hábilmente colocados en contraste, parece haber sido la idea del autor.

En la Marcela es una mujer amable, cuya peligrosa amabilidad da esperanzas á tres amantes igualmente indignos de su alto cariño. En Un tercero en discordia es una joven perseguida también por tres amadores; los caracteres nuevos que presenta esta composición dramática son los de los dos amantes más importunos de Luciana. El uno es un joven en demasía desconfiado del cariño y fidelidad de su amada; en una palabra, un hombre zeloso: el segundo es un necio por el contrario harto confiado en el amor de una mujer que no le ha dicho siquiera que le ama, pero de cuyo cariño cree poder estar seguro; en una palabra, un presuntuoso. Un tercero en discordia que ni es zeloso, ni presuntuoso, sino un tipo de la perfección social, un amante que ama sin prisa, sin mal humor nunca, que jamás confía en que es amado, que nunca exige nada, impasible, eterno, imagen del no movimiento y de la no acción, es el justo medio presentado en este carrusel amatorio. Á los ojos de una mujer sentimental, exaltada, romántica, de pasiones vivas, pudiera no parecer don Rodrigo el más perfecto ni el más amante; pero á los ojos de una muchacha bastante fría, como el autor nos la pinta, bien educada, y de suyo sosegada, no hay duda que don Rodrigo debe ser el amante preferido, el esposo. El padre de la niña es un buen hombre, que tiene más de tonto que de otra cosa, de estos que hablan con las manos, que escriben la conversación, conforme la van haciendo, en el pecho de su interlocutor, que le desabotonan el chaleco, y le quitan el lazo de la corbata, etc. Una ama de gobierno vieja, de éstas que hacen oficio de todo en las casas, regañona y entrometida en los intereses de la familia, es el quinto y último personaje de la comedia.

De esta construcción del plan se infiere que el contraste que presentan el zeloso y el confiado ha de dar lugar á escenas cómicas: así es; rasgos hay felicísimos que revelan el poeta dramático. El confiado, traduciendo todos los desaires y desprecios por disimulo ó enojo amoroso, es sumamente cómico y lindamente imaginado: el zeloso, por el contrario, tratando de luchar inútilmente á cada paso con su indómita pasión y exaltándose á la vista sola de un papel cualquiera, después de haber jurado la enmienda, excita la risa de la buena comedia. Aquí notaremos la habilidad del poeta. El confiado no necesitaba ser correspondido; de esta manera era más ridículo, y así lo ha hecho el autor; el zeloso, por el contrario, no podía desarrollar su carácter sin haber recibido pruebas muy grandes de amor: así que, el autor ha hecho que Luciana le correspondiese en un principio. Verdad es que de aquí nace un gravísimo inconveniente: á saber, que la misma Luciana que tutea al zeloso en el primer acto y le corresponde indudablemente, se halla ya en el tercero, es decir, en horas, tan convencida y fastidiada de la importunidad de su amante, que se echa, sin verter una lágrima siquiera, en brazos del justo medio don Rodrigo. Diríamos que éste pudiera ser el inconveniente de la rigorosa unidad de tiempo, y diríamos que una mujer que se dice enamorada de un hombre no lo deja por zeloso (porque éste es acaso el carácter que menos choca á la pasión), sino después por lo menos de haber sufrido mucho y de haber llorado más; diríamos que generalmente se observa que los amores más duraderos son aquéllos en que uno de los dos amantes es extraordinariamente zeloso, y añadiríamos que no es el destino de los amores arrebatados el acabarse pronto, sino el acabarse mal. Pero el talento del autor ha previsto todas estas objeciones, y nos ha presentado desde luego una de esas muchachas que no sienten ni padecen: que entran en el mundo con un temperamento indiferente, y por consiguiente que se guían en su elección por su propia conveniencia, y nunca á ciegas: de ésas que encuentra usted donde quiera, que empiezan á corresponder á un amante por hacer algo, por el gusto de tener amante, por cualquier cosa, y que al volver de una esquina le dejan plantado con todo su amor, y toman otro: mujeres, en fin, muy buenas, muy perfectas, muy impasibles. En este género, Luciana y Marcela son admirables, son dos modelos.