DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
Nada más temible en las conmociones políticas que las reacciones: ellas hacen desandar á los partidos por lo común mucho más camino del que durante su progresivo movimiento anterior lograron avanzar. La literatura no es la que menos se ha resentido en nuestro país y en varias épocas recientes de esta lastimosa verdad. Un nombre solo de un hombre, envuelto en la ruina de su partido, suele bastar á proscribir una obra inocente; al paso que la suspicacia del vencedor, rezelándose de su misma sombra, suele hallar en las frases más indiferentes alusiones peligrosas capaces de comprometer su seguridad. He aquí la razón por que se ha escrito con más libertad é independencia en épocas ciertamente mucho más atrasadas que las que nosotros hemos alcanzado.
La mayor parte de las obras de nuestros autores que han corrido y corren en manos de todos constantemente, no hubieran visto jamás la luz pública si hubieran debido sujetarse por primera vez á la censura parcial y opresora con que un partido caviloso y débil ha tenido en nuestros tiempos cerradas las puertas del saber. Y decimos débil, porque sabido es que tanto más tiránico es un partido, cuanto menos fuerza moral, cuantos menos recursos físicos tiene de que disponer. Desprovisto de fuerzas propias, va á buscarlas en las ajenas conciencias, y teme la palabra. Sólo un gobierno fuerte y apoyado en la pública opinión puede arrostrar la verdad, y aun buscarla: inseparable compañero de ella, no teme la expresión de las ideas, porque indaga las mejores y las más sanas para cimentar sobre ellas su poder indestructible.
El teatro es acaso el ramo que más se ha resentido de estas funestas verdades: por ellas hemos visto interceptadas malamente comedias que respiran la más pura moral, entre ellas la Mojigata. Al verla representar de nuevo en el día, no sabemos si sea más de alabar la ilustrada providencia de un gobierno reparador que la ofrece de nuevo á la pública expectación, que de admirar la crasa ignorancia que la envolvió por tantos años en la ruina de una causa momentáneamente caída. ¿Tan hipócrita es el partido que tiene por enseña el fanatismo, que se creyó atacado en la Mojigata? ¡Tanto le ofende la fiel representación de los extravíos humanos!, ¡tan ligada se halla con ellos su existencia!
La Mojigata era conocida y sabida ya de memoria de todo el mundo: por lo tanto, si bien es indudable que tiene mérito suficiente para llamar al teatro numerosa concurrencia, eslo también para nosotros que ha debido á su larga prohibición la mayor parte de la importancia que en esta ocasión se le ha dado: esto es tanto más cierto, cuanto que estamos acostumbrados á ver sin entrada otras composiciones del mismo Moratín escapadas de la común prohibición. Para hablar literalmente de la Mojigata, necesitaríamos estar más seguros de nuestras propias fuerzas: seríanos indispensable además dedicar á su examen un artículo más extenso de lo que las actuales circunstancias nos permiten; porque en el caso de que nos atreviésemos, como pudiéramos atrevernos tal vez á hallar en ella lunares, de que no hay obra humana exenta, ¿qué de razones no necesitaríamos acumular para contrarrestar la opinión pública tan exclusiva cuando llega á cobijar bajo su protección un nombre, una vez proclamado célebre? El mérito de Moratín, por otra parte, es tan generalmente reconocido, que creemos inútil insistir en esta ocasión en la ampliación de sus bellezas; y con respecto á sus defectos, sólo diremos que la diferencia que existe entre los hombres de gran talento y la medianía, es que de aquéllos se puede decir que suelen alguna vez incurrir en faltas, y de ésta por el contrario, que suelen alguna vez tener bellezas. Esto es todo lo que nos parece que se puede decir con respecto á Moratín en parangón con los que después de él han escrito comedias del mismo género en nuestro país. Agréguese á esto una consideración: en todos los países el primero que se ha elevado, el primer reformador ha llevado y ha debido llevar la mejor parte de reputación, porque es preciso proceder siempre por comparación; apenas hay en el mundo otra manera de raciocinar.
Por lo que hace á comparar á Moratín con Molière, como han pretendido algunos hacerlo, bueno y justo es que se diga que Moratín es el Molière español: esto sin embargo, creemos, según nuestras cortas luces, que la Mojigata no podrá sostener nunca la comparación al lado del Hipócrita de Molière, que es la comedia de éste con quien tiene más relación; si exceptuamos el desenlace, que es infinitamente superior en la Mojigata, porque pocas veces anduvo feliz Molière en desenlaces. El mérito principal de Moratín parécenos estribar más en la pintura local de las costumbres de su época, y en el manejo de los modismos de la lengua, que en la pintura del corazón humano; sin que por esto queramos decir que fuese ignorante de él Moratín: la gracia de Molière es más candorosamente cómica, y se trasluce menos al poeta; presenta las situaciones solas, y esto basta en él para hacer reir. Moratín ayuda á la situación con una sátira más decidida: no se contenta con exponer el cuadro ridículo sencillamente á la vista del espectador: echa además en la balanza para inclinarla á su favor el peso de su propia opinión; sus gracias toman muchas veces gran parte de realce de su mordacidad. Sea hecho este paralelo de paso con el respeto debido á ambos ingenios peregrinos, y para decir que, por las expuestas razones, Molière es más universal que Moratín; éste es más local; su fama por consiguiente más perecedera é insegura.
REPRESENTACIÓN DE
EL SÍ DE LAS NIÑAS
COMEDIA
DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
En el día podemos decir que han desaparecido muchos de los vicios radicales de la educación que no podían menos de indignar á los hombres sensatos de fines del siglo pasado, y aun de principios de éste. Rancias costumbres, preocupaciones antiguas hijas de una religión mal entendida y del espíritu represor que ahogó en España, durante siglos enteros, el vuelo de las ideas, habían llegado á establecer una rutina tal en todas las cosas, que la vida entera de los individuos, así como la marcha del gobierno, era una pauta, de la cual no era lícito siquiera pensar en separarse. Acostumbrados á no discurrir, á no sentir nuestros abuelos por sí mismos, no permitían discurrir ni sentir á sus hijos. La educación escolástica de la universidad era la única que recibían los hombres: y que si una niña salía del convento á los veinte años para dar su mano á aquél que le designaba el interés paternal, se decía que estaba bien criada; era bien criada si sacrificaba su porvenir al capricho ó á la razón de estado; si abrigaba un corazón franco y sensible, si por desgracia había osado ver más allá que su padre en el mundo, cerrábanse las puertas del convento para ella y había de elegir por fuerza el esposo divino que la repudiaba ó que no la llamaba á sí por lo menos. Moratín quiso censurar este abuso, y asunto tan digno de él no podía menos de inspirarle una gran composición. De estas breves reflexiones se puede inferir que el Sí de las Niñas no es una de aquellas comedias de carácter, destinada como el Avaro ó el Hipócrita, á presentar eternamente al hombre de todos los tiempos y países un espejo en que vea y reconozca su extravío ó su ridícula pasión; es una verdadera comedia de época, en una palabra, de circunstancias enteramente locales, destinada á servir de documento histórico ó de modelo literario. En nuestro entender es la obra maestra de Moratín y la que más títulos le granjea á la inmortalidad. El plan está perfectamente concebido. Nada más ingenioso y acertado que valerse para convencer al tío de la contraposición de su mismo sobrino. Así no fuera este teniente coronel, porque por mucha que fuese en aquel tiempo la sumisión de los inferiores en las familias, no parece natural que un teniente coronel fuese tratado como un chico de la escuela, ni recibiese las dos, ó las tres onzas para ser bueno. Acaso la diferencia de las costumbres haga más chocante esta observación en nuestros días, y nos inclinamos á creer esto, porque confesamos que sólo con mucho miedo y desconfianza osamos encontrar defectos á un talento tan superior. El contraste entre el carácter maliciosamente ignorante de la vieja y el desprendido y juicioso don Diego es perfecto. Las situaciones sobre todo del tercer acto, tan bien preparado por los dos anteriores, que pudieran llamarse de exposición, porque toda la comedia está encerrada en el tercer acto, son asombrosas, y desaniman al escritor que empieza. Ésta es la ocasión de hacer una observación esencial. Moratín ha sido el primer poeta cómico que ha dado un carácter lacrimoso y sentimental á un género en que sus antecesores sólo habían querido presentar la ridiculez. No sabemos si es efecto del carácter de la época en que ha vivido Moratín, en que el sentimiento empezaba á apoderarse del teatro, ó si es un resultado de profundas y sabias meditaciones. Ésta es una diferencia esencial que existe entre él y Molière. Éste habla siempre al entendimiento, y le convence presentándole el lado risible de las cosas. Moratín escoge ciertos personajes para cebar con ellos el ansia de reir del vulgo; pero parece dar otra importancia para sus espectadores más delicados á las situaciones de sus héroes. Convence por una parte con el cuadro ridículo al entendimiento; mueve por otra el corazón, presentándole al mismo tiempo los resultados del extravío; parece que se complace con amargura en poner á la boca del precipicio á su protagonista, como en el Sí de las Niñas y en el Barón; ó en hundirle en él cruelmente, como en el Viejo y la Niña, y en el Café. Un escritor romántico creería encontrar en esta manera de escribir alguna relación con Víctor Hugo y su escuela, si nos permiten los clásicos esta que ellos llamarán blasfemia. En nuestro entender éste es el punto más alto á que puede llegar el maestro; en el mundo está el llanto siempre al lado de la risa; parece que estas afecciones no pueden existir una sin otra en el hombre; y nada es por consiguiente más desgarrador ni de más efecto que hacernos regar con llanto la misma impresión del placer. Esto es jugar con el corazón del espectador; es hacerse dueño de él completamente, es no dejarle defensa ni escape alguno. El Sí de las Niñas ha sido oído con aplauso, con indecible entusiasmo, y no sólo el bello sexo ha llorado, como dice un periódico, que se avergüenza de sentir; nosotros los hombres hemos llorado también, y hemos reverdecido con nuestras lágrimas los laureles de Moratín, que habían querido secar y marchitar la ignorancia y la opresión. ¿Es posible que se haya creído necesario conservar en esta comedia algunas mutilaciones meticulosas? ¡Oprobio á los mutiladores de las comedias del hombre de talento! La indignación del público ha recaído sobre ellos, y tanto en la Mojigata como en el Sí de las Niñas, los espectadores han restablecido el texto por lo bajo: felizmente la memoria no se puede prohibir.