Triste es por cierto considerar que donde son tan pocas las obras que pueden llamar fundadamente la atención de los literatos, se atreviesen aun los acontecimientos y las circunstancias á estorbar ó retardar la publicación de tal cual libro científico, luminoso ó bien escrito. La obra que anunciamos fué comenzada ha muchos años por el señor don Manuel José Quintana, poeta y literato bien conocido y apreciado entre nosotros, bajo un plan perfectamente concebido, y que llevado á cabo con la diligencia que el señor Quintana se prometía emplear en ella, hubiera dado gloria á su autor y lustre á su patria.
Desgraciadamente, los tristes acontecimientos y las revueltas políticas que vinieron poco después de la publicación de las cinco primeras vidas á conmover violentamente nuestra patria, y que envolvieron en su torbellino al autor, fueron causa de que se suspendiese este importante trabajo. Restituido á sus hogares, como él mismo dice en el prólogo de este su tercer tomo, lo primero á que atendió fué á revisar los estudios que en esta parte tenía hechos, y poner en orden los más adelantados para su publicación. Fruto de estas tareas continuas fueron las dos vidas de Vasco Núñez de Balboa y de Francisco Pizarro, que se dieron á luz en el año de 30, y las dos que ahora publica de don Álvaro de Luna y fray Bartolomé de las Casas.
No es esta ocasión de hablar ni del primer tomo, ni del segundo de esta obra, que ya en distintas ocasiones han sido juzgados y apreciados justamente por los periódicos y por el público. La diversidad de épocas, empero, en que se han publicado los tomos de las Vidas célebres, han debido dar un carácter particular á cada uno, ora por la influencia que ejercen siempre en el escritor las circunstancias que le rodean, ora por el sello que las diversas edades del autor no han podido menos de imprimir á trabajos interrumpidos por muchos lustros. Nótese consiguientemente en las primeras vidas, para servirnos de una expresión del mismo poeta que analizamos, el hervir vividor de la juventud, el entusiasmo, el encanto, el color de heroísmo con que suele complacerse la primera edad del hombre en revestir todos los objetos que se presentan á su vista. La materia de ellas contribuía también en verdad á prestar una tinta más poética á aquellos hombres cuya historia, perdiéndose en la oscuridad de los tiempos remotos, se clasifica naturalmente entre las tradiciones fabulosas que presiden á la formación de las sociedades. Por el contrario, conforme se acerca la historia á los tiempos modernos, la multiplicidad de datos que se acumulan en comprobación ó contradicción de los hechos, y la mayor importancia que naturalmente damos á los que por más recientes se enlazan con los nuestros, ó han podido tener influencia en ellos, atan al historiador y tórnanle más circunspecto, dejando á la par menos libertad á su imaginación para campear libre y osadamente. Así que, en el primer tomo leemos continuamente al poeta. En el segundo, y aun más en el tercero, leemos al historiador, si menos galano, más filósofo. Vemos al hombre que ha pasado por el tamiz de las revoluciones, que ha sufrido, que ha aprendido á conocer á los hombres. El primer tomo descubre en todas sus páginas la expresión noble y generosa de una alma joven y poética, que no ve más allá de la exterioridad aparente en las acciones. El tercero respira la amargura del desengaño, la triste verdad de la experiencia. Las dos vidas que encierra este tomo ofrecían á su cronista más que medianas dificultades, que ni ha desconocido, ni le han arredrado. Don Álvaro de Luna, juguete de los caprichos de la fortuna, víctima de su propia elevación, y escarmiento de favoritos, es uno de los hombres que más celebridad han obtenido en nuestra patria; de esa celebridad empero estéril, hija de una existencia tan improductiva como ruidosa. Triste es reflexionar que entre los muchos hombres que han inmortalizado su nombre en las páginas de nuestra historia, es contado el número de los que han influido en su prosperidad. De aquí ha nacido sin duda que la nación ha permanecido estancada, cuando sus hijos adelantaban su fama particularmente. Harto débiles para sobreponerse á su siglo y á su país, en vez de prestarles su influencia, la han recibido de ellos: han sucumbido á las circunstancias que los han rodeado, casi siempre, en vez de dominarlas. Considerados políticamente nuestros grandes hombres, han sido bien pequeños. En este número no puede menos de colocarse el condestable; su paso, semejante al de la tempestad, fué ruidoso, sí, pero nada fecundo. La reflexión política que parece deducirse de la narración de la vida del condestable, es aquélla que cita el mismo autor del cronista Pero de Guzmán, y en que nos asegura abundar gustosísimo: «La mi gruesa é material opinión es esta: que ni buenos temporales ni salud son tan provechosos é necesarios al reino como justo é discreto rey».
Fray Bartolomé de las Casas, este hombre tan extraordinario, por las opiniones que osó, casi temerariamente, adoptar en unos tiempos en que creían sus compatriotas que el Hacedor supremo había hecho á la raza india para uso particular de la Europa, y que no dudó en ver hombres donde sólo veían siervos los demás; tan locamente encomiado por los extraños, como injustamente vilipendiado por los propios, es el objeto de la segunda parte del tercer tomo. La vida de Fray Bartolomé pertenece más bien á la humanidad entera que á la España sola. Las Casas no fué un hombre de un talento superior: fué sí un hombre extraordinario por su fanatismo filantrópico, digámoslo así. Éste es el juicio que de la lectura de su vida resulta. Arrebatado en sus opiniones exclusivas, si bien justas, su exaltación inutilizó y malogró casi siempre la pureza de sus intenciones. No bastan éstas empero para constituir grande al hombre: es preciso saberlas llevar á cabo y hacerlas triunfar. Dirásenos que la fortuna pudo influir en el mal éxito de los afanes de las Casas: ésta es una vulgaridad que nunca entenderemos: el hombre superior hace la fortuna: conocedor de las circunstancias que se oponen al logro de sus planes, las esquiva ó las dirige, y las domina. El que sucumbe á ellas es el hombre vulgar; por más que haya vencimientos más gloriosos que la misma victoria, nunca será grande el guerrero constantemente vencido. Todo el mérito, pues, que á las Casas podemos conceder es el de haberse adelantado á su siglo en la manera de considerar á los Indios, el de un tesón á prueba de todo desaire, el de un zelo ejemplar, y el de haber tenido alguna influencia, si bien indirectísima é imperceptible casi, en mejorar la existencia de algunas tribus americanas.—El señor Quintana ha respondido victoriosamente en su prólogo á la acusación que se le podía hacer de poco afecto al honor de su país, cuando adopta tan francamente los sentimientos y principios del protector de los Indios. «¿Se negará uno, dice en su prólogo, á las impresiones que recibe, y repelerá el fallo que dictan la humanidad y la justicia por no comprometer lo que se llama el honor de su país? Pero el honor de un país consiste en las acciones verdaderamente grandes, nobles y virtuosas de sus habitantes: no en dorar con justificaciones ó disculpas insuficientes las que ya por desgracia llevan en sí mismas el sello de inicuas é inhumanas». Si la noble Independencia del señor Quintana, con la cual nosotros simpatizamos, hubiera menester defensa, ¿qué podríamos añadir á tan enérgicos renglones? El escritor no es el hombre de una nación: el filósofo pertenece á todos los países: á sus ojos no hay límites, no hay términos divisorios: la humanidad es y debe ser para él una gran familia.
El señor Quintana, al continuar la vida de los españoles célebres, hace un servicio señalado á su patria, á la literatura. Su narración clara y elegante, su estilo conciso y fluido, su lenguaje castizo y correcto pueden presentarse en este género como modelos: y el criterio y la imparcialidad del historiador dan á su obra un lenguaje distinguido entre esta clase de libros. Es de desear que este Plutarco español continúe una obra que redunda tanto en honor de su pluma como en gloria de nuestra patria.
REPRESENTACIÓN DE
LA NIÑA EN CASA Y LA MADRE EN LA MÁSCARA
COMEDIA ORIGINAL
DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA
Uno es el objeto del poeta cómico: la corrección del vicio que se propone por asunto de su obra. Los medios que pueden conducirle á su único fin son, en nuestro entender, diversos, porque no creemos en la exclusión de género alguno. Si la ironía ó la parodia de las situaciones de la vida y de las manías del hombre le presentan el cuadro de su error y le conducen, avergonzándole de sí mismo, al convencimiento y la corrección, también la pintura fiel de las desgracias á que pueden arrastrarle sus vicios le llevan, moviendo su corazón, al mismo resultado. Molière, jugando locamente con los extravíos y presentándonos el lado ridículo de nuestras preocupaciones, puede haber corregido á los más pundonorosos. Kotzebue, desarrollando á nuestra vista las circunstancias de las pasiones, y arrancando lágrimas al corazón, puede haber corregido á los más sensibles. Si Regnard puede haber hecho sonrojarse á un jugador, Ducange puede haberle hecho arrepentirse. Para esto basta con que el poeta (adopte el camino que quiera) presente siempre la verdad y no transija en punto con la inverosimilitud. Este principio general, que dicta la misma naturaleza, y que, sancionado por el simple sentido común, mal puede ser recusado ni aun por el clásico más rígido, parece haber sido reconocido hace ya tiempo por los poetas modernos; muchos de ellos le han llevado hasta un punto tal, que no han vacilado en adoptar á un tiempo ambos caminos: refundiendo en uno los dos géneros encontrados, dirigieron contra el vicio moral que se proponían corregir todos los recursos del arte. El primero que entre nosotros ha dado el ejemplo de esta novedad dramática ha sido el mismo Moratín, en quien encontramos esta diferencia esencial si le comparamos con Molière, como creemos haber dicho ya en otra ocasión. En la Comedia nueva aquel poeta no se contenta con hacer ver á los espectadores cuán ridículo es un don Eleuterio, sino que escarmienta crudamente á su protagonista, como desconfiando de que bastase el ridículo á corregirlo. En el Viejo y la Niña no se satisface con escarnecer la manía de un viejo que se cree capaz de hacer por fuerza la felicidad de una joven: esle necesario cebarse además en la desdicha de esta víctima inocente. En el Sí de las Niñas, al paso que libra á la pública diversión el error de una madre que profesa á su hija un amor mal entendido, mueve el corazón con los lamentos de doña Paquita, y se complace en ponerla á dos dedos del principio, por si, no bastando á las madres imprudentes la representación de su ridiculez, han menester además que se les descorra el velo del funesto porvenir que preparan á sus hijas, violentadas por su indiscreto cariño. Entre los dramáticos que han sucedido á Moratín, con más ó menos fortuna, unos han seguido la escuela de Molière, otros la de Moratín. En la comedia que da motivo á este artículo ha probado el señor Martínez de la Rosa, como ya se traslucía en otras obras suyas, que no es la vis cómica del primero su mérito principal. Los escritos de este autor descubren en él, por lo general, un fondo de sensibilidad que debía hacerle adoptar este género, que de buena gana llamaríamos misto, si nos creyésemos con derecho y autoridad para poner nombres á las cosas. Admitida esta observación, ¿cuál era el vicio ó el extravío que se proponía combatir el poeta cómico en la Niña en casa y la Madre en la máscara? No era una pasión en general, uno de esos vicios que tienen un nombre y un carácter circunscrito, y que suelen ser el mejor asunto de la comedia. El objeto es convencer á las madres locas, á las viejas verdes, del riesgo á que exponen á sus hijas cuando descuidan su educación por el torbellino del mundo, de que no bastan á hacerlas prescindir ni su edad, ni su responsabilidad doméstica y social. Objeto era éste profundamente moral. El refinamiento de la cultura y sociabilidad moderna no excluyen del mundo edad ni circunstancia alguna; pero si el mundo no arroja de sí á las madres, si no las encierra en sus casas, la moral y el interés de sus familias ponen ciertos cotos á su disipación. Para lograr su fin y presentarnos el cuadro del escarmiento, ya que no había adoptado de todo punto el arma del ridículo, debía pintar á una niña inocente y candorosa, porque ésta era la única á quien podía traer funestas consecuencias el abandono de su madre, y esas consecuencias del tal abandono debían ser tales que la misma madre se avergonzase de ellas y llorase lágrimas amargas de arrepentimiento. Esto es justamente lo que ha hecho el señor don Francisco Martínez de la Rosa: de suerte que fuera injusticia negarle que su plan está bien concebido. Teodoro, joven de perdidas costumbres, solicita á un tiempo á la madre y á la hija: esto tiene la doble ventaja de probar que cuando una niña sin experiencia se halla sola en el mundo, es más fácil que haga una elección poco acertada, y de hacer ver á la madre que una vieja loca nunca puede ser sinceramente querida. Hasta aquí sólo encontramos que admirar en la Niña en casa. No nos sucede lo mismo con respecto á los personajes accesorios del tío y de don Luis. El primero es uno de esos personajes que, sin estar precisamente de más en el argumento, están sin embargo poco enlazados con él: así es, que en el tío no hay acción, no hay movimiento. De estos viejos, echados como un libro en una comedia para presentar el contraste, no con su carácter, sino con sus máximas, tiene Moratín algunos. Nosotros entendemos que la moral de una comedia no la ha de poner el autor en boca de este ó de aquel personaje: ha de resultar entera de la misma acción, y la ha de deducir forzosa é insensiblemente el espectador del propio desenlace. El tío no sirve en la Niña en casa sino para hacer la exposición, que en este supuesto resulta no ser muy ingeniosa ni muy nueva, y para el desenlace, que también en rigor pudiera haberse llevado á cabo sin él. Si es episódico el tío por no tener gran parte en la acción de la comedia, ¿qué diremos de don Luis? De éste sentimos, no sólo que está poco enlazado con el argumento, sino que está completamente de más, y que perjudica para el desenlace sobre todo. Es inútil, porque nada hace sino precisamente lo que no debiera ni pudiera hacer nadie. Es inverosímil que este hombre, testigo de la pasión de Inés, esté siempre dispuesto á tomarla por esposa. Con respecto al argumento, sólo una observación nos queda que hacer.
Es lástima por cierto que el señor Martínez de la Rosa, que maneja el amor y el sentimiento en toda la comedia con tal tino, que sorprende á la naturaleza y hace suyos los secretos de ella, suponga á Inés, que nos pinta tan joven, tan inexperta, tan apasionada, desimpresionada sólo porque encuentra á su amante en su casa. Esto, á sus ojos, no teniendo otros antecedentes de su carácter, no puede ser nunca más que una falta suficientemente disculpada por el amor. Era preciso que para desengañarse Inés tuviese pruebas de la bajeza de Teodoro, que supiese de él lo que sabe el tío, y que se le hiciese conocer su doble y baja conducta. Y aun en este caso, si podía renunciar á él, no por eso podría tolerar siquiera en el momento del desengaño la perspectiva de otro hombre y otra boda. Ese mismo escarmiento del hombre en quien más había confiado debía llevarla á desconfiar doblemente de los otros que le hubiesen sido indiferentes. Ésta es la naturaleza; por otra parte no era el objeto de la comedia casar á la niña, sino corregir á la madre; de suerte que desde el momento en que ésta se desengaña queda concluida la comedia: qui ne sait se borner ne sut jamais écrire, ha dicho un famoso crítico. Sin que queramos hacer una aplicación exacta de este axioma al señor Martínez, confesamos que es sensible que se haya dejado llevar de la antigua tradición de que han de acabar con boda todas las comedias.