Otra causa puede contribuir, si ésa no fuese bastante, á la dificultad que encuentran en prosperar entre nosotros semejantes establecimientos. La manía del buen tono ha invadido todas las clases de la sociedad: apenas tenemos una clase media, numerosa y resignada con su verdadera posición; si hay en España clase media, industrial, fabril y comercial, no se busque en Madrid, sino en Barcelona, en Cádiz, etc.; aquí no hay más que clase alta y clase baja: aquélla, aristocrática hasta en sus diversiones, parece huir de toda ocasión de rozarse con cierta gente: una señora tiene su jardín público, su sociedad, su todo, en su cajón de madera, tirado de dos brutos normandos, y no hay miedo que si se toma la molestia de hollar el suelo con sus delicados pies algunos minutos, vaya á confundirse en el Prado con la multitud que costea la fuente de Apolo: al pie de su carruaje tiene una calle suya, estrecha, peculiar, aristocrática. La clase media, compuesta de empleados ó proletarios decentes, sacada de su quicio y lanzada en medio de la aristocrática por la confusión de clases, á la merced de un frac, nivelador universal de los hombres del siglo XIX, se cree en la clase alta, precisamente como aquél que se creyese en una habitación, sólo porque metiese en ella la cabeza por una alta ventana á fuerza de elevarse en puntillas. Pero ésta, más afectada todavía, no hará cosa que deje de hacer la aristocracia que se propone por modelo. En la clase baja, nuestras costumbres, por mucho que hayan variado, están todavía muy distantes de los jardines públicos. Para ésta es todavía monadas exóticas extranjeriles, lo que es ya para aquélla común y demasiado poco extranjero. He aquí la razón por qué hay público para la ópera y para los toros, y no para los jardines públicos.

Por otra parte, demasiado poco despreocupados aún, en realidad, nos da cierta vergüenza inexplicable de comer, de reir, de vivir en público: parece que se descompone y pierde su prestigio el que baila en un jardín al aire libre, á la vista de todos. No nos persuadimos de que basta indagar y conocer las causas de esta verdad para desvanecer sus efectos. Solamente el tiempo, las instituciones, el olvido completo de nuestras costumbres antiguas, pueden variar nuestro oscuro carácter. ¡Qué tiene éste de particular en un país en que le ha formado tal una larga sucesión de siglos en que se creía que el hombre vivía para hacer penitencia! ¡Qué después de tantos años de gobierno inquisitorial! Después de tan larga esclavitud es difícil saber ser libre. Deseamos serlo, lo repetimos á cada momento; sin embargo lo seremos de derecho mucho tiempo antes de que reine en nuestras costumbres, en nuestras ideas, en nuestro modo de ver y de vivir la verdadera libertad. Y las costumbres no se varían en un día, desgraciadamente en un día, ni con un decreto, y más desgraciadamente aún, un pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no está arraigada en sus costumbres, é identificada con ellas.

No era nuestro propósito ahondar tanto en materia tan delicada: volvamos, pues, al objeto de nuestro artículo. El establecimiento de los dos jardines públicos, que acaban de abrirse en Madrid, indica de todos modos la tendencia enteramente nueva que comenzamos á tomar. El jardín de las Delicias, abierto hace más de un mes en el paseo de Recoletos, presenta por su situación topográfica un punto de recreo lleno de amenidad; es pequeño, pero bonito: un segundo jardín más elevado, con un estanque y dos grutas á propósito para comer, y una huerta en el piso tercero, si nos es permitido decirlo así, forman un establecimiento muy digno del público de Madrid. Para nada consideramos más útil este jardín que para almorzar en las mañanas deliciosas de la estación en que estamos, respirando el suave ambiente embalsamado de las flores, y distrayendo la vista por la bonita perspectiva que presenta, sobre todo, desde la gruta más alta; y para pasear en él las noches de verano.

El jardín de Apolo, sito en el extremo de la calle de Fuencarral, no goza de una posición tan ventajosa, pero una vez allí el curioso reconoce en él un verdadero establecimiento de recreo y diversión. Domina á todo Madrid, y su espaciosidad, el esmero con que se ven ordenados sus árboles nacientes, los muchos bosquetes enramados, llenos por todas partes de mesas rústicas para beber, y que parecen nichos de verdura ó verdaderos gabinetes de Flora; sus estrechas calles y el misterio que promete el laberinto de su espesura, hacen deplorar la larga distancia del centro de Madrid á la que se halla colocado el jardín, que será verdaderamente delicioso en creciendo sus árboles y dando mayor espesura y frondosidad.

En nuestro entender, cada uno de estos jardines merece una concurrencia sostenida; las reflexiones con que hemos encabezado este artículo deben probar á sus respectivos empresarios, que si hay algún medio para hacer prosperar sus establecimientos en Madrid es recurrir á todos los alicientes imaginables, á todas las mejoras posibles. De esta manera nos lisonjeamos de que el público tomará afición á los jardines públicos, que tanta influencia pueden tener en la mayor civilización y sociabilidad del país, y cuya conservación y multiplicidad exige incontestablemente una capital culta como la nuestra.

REPRESENTACIÓN DE
TANTO VALES CUANTO TIENES

Comedia original en tres actos y en verso

DE DON ÁNGEL SAAVEDRA

Humilde y cabizbajo presentaba un ingenio novel á un gran poeta, más desvergonzado aún que poeta, un manuscrito suyo, y pedíale su parecer. Llegó el maestro á un trozo más oscuro que otros.—¿Qué ha querido usted decir aquí?, le preguntó con sorna de hombre satisfecho de sí mismo.—Señor, respondió el novel, ahí quise decir tal cosa. Á lo cual respondió el desvergonzado:—Pues si tal cosa quiso usted decir, ¿por qué no la dijo usted?

Si el señor Saavedra, autor conocido, que apreciamos, y en quien reconocemos dotes muy aventajadas, quiso hacer una comedia suya, ¿por qué no huyó al emprender su obra de toda coincidencia con comedias anteriores? Tanto más sensible es esto, cuanto que había encontrado un argumento enteramente nuevo; y procuraremos probar esta que parece paradoja.