Creemos que el señor Saavedra tenía fuerzas más que suficientes para crear en el teatro un argumento original: estamos muy seguros de que ni ha imitado, ni tratado de imitar; y así juzgamos que el no haber desentrañado bastante la idea feliz que concibió, ha sido causa de que su obra tenga puntos de contacto con otras de otros ingenios. Verdad es que ha cumplido con la máxima latina non nova, sed nove; si, habiéndose apartado desde un principio de la senda trillada, se ha visto enredado en un argumento también trillado, halo presentado á lo menos con novedad. Para los que creen que en el siglo XIX todo está dicho en literatura, no le quedaba otra corona que alcanzar al señor Saavedra. Falta ahora considerar si aquel principio es absolutamente cierto. Las pasiones son las mismas en todos tiempos, es verdad, y los vicios y los extravíos; buscar, pues, caracteres nuevos fuera ardua empresa. Un avaro siempre apagará de dos luces una: un usurero siempre será cruel: un enamorado siempre será sublime en la tragedia, ridículo en la comedia; pero las preocupaciones sociales varían, porque siguen la marcha de los siglos, y cada siglo tiene sus preocupaciones, como cada hombre su cara, según ya creemos haber dicho en otra ocasión. Un supersticioso, un fanático por religión podía ser un carácter cómico hace un siglo: en el día apenas hay público que encierre modelos suficientes para encontrar el efecto: Tanto vales cuanto tienes no debía ser una comedia de carácter: lo era de costumbres. Ahora bien, en el siglo XIX; siglo harto matemático y positivo; siglo del vapor; siglo en que los caminos de hierro pesan sobre la imaginación como un apagador sobre una luz, en que Anacreonte, con su barba bañada de perfumes, Petrarca con sus eternos suspiros, y aun Meléndez con todas sus palomas, harían un triste papel, al lado, no de un Rothschild ó un Aguado, pero aun de un mediano mecánico, que supiese añadir un resorte á cien resortes anteriores; en un siglo en que se avergüenza uno de no haber inventado algún utensilio de hierro, en que no se puede hacer alarde de una pasión caballeresca, ó de una vida poética y contemplativa, sin ser señalado como un ser de otra especie por cien dedos especuladores; en un siglo para el cual el amor es un negocio, como otro cualquiera, de conveniencia y acomodo; en un siglo en que no se puede amar sin hacer reir; en que la ciencia está reducida á periódicos, la guerra á protocolos, el valor á disciplina, el talento á manufacturas, la literatura á declamaciones políticas, el teatro á decoraciones y fioriture, no se nos diga que no hay argumentos nuevos para comedias. Molière no podía haber agotado estos asuntos. Un filarmónico ocupado todo el día en casar armonías y en combinar puntos, un diplomático redactando notas ambiguas, un periodista haciendo párrafos y colocando frases, un mecánico moviendo ruedas, son seres tan ridículos por lo menos como un poeta apareando consonantes que tiren de una idea cual un juego de caballos de un carruaje. En este siglo, pues, Tanto vales cuanto tienes prometía una inmensa originalidad. Que el hombre es interesado, ciertamente ya estaba dicho: añadir que cuando tiene dinero todos le hacen buena cara, y cuando es pobre todos le llaman pícaro, era verdad sabida en tiempo de Homero, porque está grabada en el corazón del hombre, animal perfecto por otra parte; es verdad en una palabra que tiene olvidada todo rico, y que todo pobre tiene presente. Pero manifestar lo ridículo de un ser racional y poético, como el hombre; de un ser espiritual, que se empeña en despojarse á sí mismo de su imaginación para limitar el círculo de sus goces; que se vuelve máquina él mismo á fuerza de hacer máquinas, y que no sabe dejar de creer en una divinidad, en un cielo, en una vida de gloria y de idealismo, sino para creer en lo que toca; de un ser siempre extremado que no puede abarcar en uno la imaginación y la habilidad; que ha de ser todo fanático en el siglo XIV, ó todo despreocupado, árido y desnudo en el siglo XIX; de unos hombres que, como los Israelitas, no saben dejar de creer en un Dios, de que son hechura, sino para creer en un becerro de oro, hechura suya; eso es lo que no está dicho, ni está hecho; eso es lo que nos atrevimos á esperar de Tanto vales cuanto tienes; y eso, en fin, lo que queda por hacer, si es que hay un ingenio que se salve de la irrupción de las artes y del martilleo de las fábricas.

Si el señor Saavedra había asido una idea tan feliz, si quería hacer una comedia enteramente original que á nada anterior se pareciese, ¿por qué no lo ha hecho, teniendo sobre todo un talento distinguido para llevarlo á cabo?

Dirásenos ahora que hay cierta injusticia en juzgar á un autor, no por lo que ha hecho, sino por lo que uno cree que debía haber hecho. Esto es verdad hasta cierto punto.

El célebre ideólogo Destutt-Tracy remitió en una ocasión á un príncipe alemán una obra suya consultándole sobre su desempeño. Respondióle el príncipe con un largo cartapacio en que, á fuer de decirle lo que él hubiera dicho en tales y tales casos, y lo que en tales y tales otros hubiera dejado de decir, desbaratábale la obra, no perdonando en ella cosa que Destutt-Tracy hubiese imaginado.—Decid al príncipe, respondió Destutt-Tracy al que traía el mensaje, que en ese caso no hubiera hecho yo mi obra, sino la suya.

Esto podría respondernos el señor Saavedra: juzguemos, pues, su obra tal cual es suya, y no tal cual nosotros la hemos imaginado, quién sabe si equivocadamente.

Doña Rufina, viuda de un marqués, que sólo le dejó al morir una hija de ella de nupcias anteriores y su vanidad, vive en Sevilla míseramente. Tiene un hermano, cuya cualidad principal es un uniforme de comisario ordenador, y un primo militar, jugador y petardista. En Indias existe un hermano suyo, riquísimo, merced á cuyos envíos pecuniarios suele reponer de cuando en cuando el mal estado de sus intereses. La hija es obsequiada por el hijo de un mercader rico. Al principiar la comedia se recibe una carta en que el Indiano avisa cómo debe llegar en breve, y que piensa repartir con sus hermanos sus cuantiosos caudales. Con este motivo doña Rufina despide afrentosamente al novio de la niña, cuyo origen plebeyo no conviene ya á su futura posición social, y la familia toda sobre la promesa de la carta se arroja en brazos del usurero don Simón, que al ciento por ciento les presta un poco de dinero. De allí á poco llega el Indiano don Blas, y encuentra á la familia ocupada en preparar su recibimiento. Prodígansele las finezas y los más escrupulosos obsequios, pero don Blas parece haberse arruinado, gracias á ciertos piratas berberiscos: esta peripecia fatal atrae sobre la casa los insultos del usurero, y sobre el adulado Indiano la execración y los ultrajes, rota ya la máscara del interés. Sólo la niña procede generosa con el desgraciado. Sin embargo, don Blas tenía asegurados sus caudales, y precisamente uno de los comerciantes de Cádiz, á quien arruina el reintegro de los bienes robados por los piratas, es el padre del amante de la hija de doña Rufina. Éste viene á zanjar cuentas; al conocerse en la casa la fortuna renaciente, quieren comenzar de nuevo las adulaciones, pero ya es tarde. Don Blas, indignado, rompe con su hermana, con el comisario y con el primo militar, dota á la niña virtuosa, casándola con su amante, y da fin la comedia.

Si bien es cierto el principio sobre que gira esta composición dramática, también es evidente que la educación hace disimular en la sociedad generalmente el interés, que á todos domina más ó menos, y que esas transiciones que por cambios de fortuna se advierten en el teatro, pocas veces son tan bruscas, que puedan, sin faltar á la verosimilitud, encerrarse en una comedia arreglada á las unidades. Por esto era necesario que el autor escogiese una familia de mala educación: doña Rufina, mujer sumamente ordinaria, no puede ocultar sus sentimientos: esta ordinariez, mirada de esta manera, no sólo es muy disculpable, sino que viene á ser un mérito. El nudo es ingenioso: no necesita don Blas fingir su ruina, supuesto que es verdadera la noticia de su robo, y que es muy verosímil que ignorase la familia que estaban sus bienes asegurados. Éste es el mérito principal de la comedia, pues produce un desenlace natural; igualmente ingenioso es haber hecho al amante de la hija víctima del reintegro del Indiano. El carácter del usurero está bien pintado; pero, siendo episódico, ni merece tanta importancia como se le da, ni habría inconveniente para la comedia en reducir la escena larguísima en que hace el principal papel. Alguna languidez hemos creído notar en toda la comedia que pudiera descargarse ventajosísimamente. No es natural que la niña, que tan generosamente se portó con su tío, sea menos generosa con su madre, y la vea salir de la casa del modo que la arroja su hermano, sin interceder por ella eficazmente. El argumento tiene el inconveniente de preverse su fin desde el principio; pero esto es más culpa del asunto que del autor. Para dar fin á nuestras observaciones, quisiéramos que el poeta eliminase algunas frases demasiado mal sonantes en el teatro, aun suponiéndolas naturales en boca de doña Rufina; y hubiéramos deseado que, aun dominados por el interés, sus interlocutores fuesen menos despreciables. Las debilidades humanas interesan; pero seres fríamente malos, corrompidos y sin ninguna especie de sentimiento ni moralidad, sólo pueden producir tedio ú horror.

El lenguaje es castizo y puro: la versificación generalmente buena, y aun tiene trozos de mucho mérito: hay gracias en el diálogo, que es bastante animado; y pinceladas verdaderamente cómicas en diversas ocasiones: citaremos en este género con placer el contraste que presenta la llegada del Indiano, solo, y mal vestido, con los halagos de su hambrienta familia.

CARTA DE FÍGARO
Á UN BACHILLER SU CORRESPONSAL

Yo no sé si se acordarán todos los suscritores de nuestro decano periódico de aquel Fígaro condenado á provocar su sonrisa eternamente, tenga él ó no humor de divertirse á sí ó á los demás. Pero sí puede muy bien haber sucedido que la mayor parte de nuestros lectores no se hayan acordado más de nosotros que nuestra ilustrada junta sanitaria de surtir de medicinas á Madrid: al menos tenemos la positiva y halagüeña seguridad de que uno siquiera ha notado la falta de nuestros cándidos párrafos, durante tan largo silencio. Éste ha sido un aficionado á nuestro papel, encerrado, según nos dice, en uno de los más recónditos rincones de esta monarquía, á trozos regenerada, á trozos oprimida todavía por el oscurantismo, alimaña tan de moda de algún tiempo á esta parte en periódicos y alocuciones. Fírmase el bachiller, y dirige al señor Fígaro exclusivamente su carta, reducida á un sinfín de preguntas acerca de las circunstancias; á las cuales contestaríamos privadamente á no dar la funesta casualidad de que olvida nuestro bachiller lo principal, como se usa en el país, y no nos dice el pueblo de su residencia, ni la fecha á que escribe, ni el modo de ponerle el sobre, contando sin duda demasiado con la sagacidad de las redacciones de periódicos. Careciendo, pues, de un medio seguro de hacer llegar á sus manos la respuesta, y siendo por otra parte demasiado atentos para dejar á nadie sin ella, porque al fin ni somos santos ni autoridades, que son los únicos que á todo el mundo oyen y á ninguno contestan, nos decidimos á insertar en nuestro gacetín estas letras, ciertos de que allá en la librería del pueblo donde estuviere nuestro corresponsal, se las encontrará, quedando de este modo solventada con él la deuda de urbanidad que nos obliga á contraer.