En esto no hacemos sino imitar el ejemplo de un cura catalán, cuyo caso contaremos. Debíale un eclesiástico de un pueblo de Andalucía una peseta; cantidad que, si bien no era para perdida, debía considerarse como tal, por la dificultad de hacer la remesa á tanta distancia ó de girar una letra de tan módico importe. Escribíale, pues, en vista de esto el aprovechado clérigo catalán: «Muy señor mío: con respecto á la cuenta que de la citada peseta tenemos pendiente, he discurrido que por el presente aviso puede echarla en el cepillo de ánimas de la iglesia de ese pueblo, pues yo ya la he sacado del de esta á buena cuenta; y en paz. Con lo cual queda de usted su afectísimo capellán el cura de...».

Ahora bien, he aquí nuestra contestación al incógnito corresponsal. Mucho me huelgo, señor bachiller de este pueblo, de cuyo nombre mal pudiera acordarme, de haber recibido su carta benévola y preguntona.

Hónrame sobremanera la falta que nota de escritos míos en la Revista; pero ha de hacerse cargo de muchas cosas. Mis artículos en primer lugar no han de ser artículos de decreto que se fragüen á un dos por tres y á salga lo que saliere, sin perjuicio de enmendarlos luego ó de que nadie se cure de obedecerlos. Al fin tengo mi poca ó mucha reputación que perder. Por otra parte, acaso no sabrá vuesa merced que desde que tenemos una racional libertad de imprenta, apenas hay cosa racional que podamos racionalmente escribir. Si á esto se agrega, como vuesa merced no tendrá dificultad en agregarlo, que estamos ahora los periodistas tratando de tomar color, para lo cual tenemos que esperar á que lo tome primero el gobierno con el objeto de tomar otro distinto, puesto que él se ha quedado con la iniciativa, no se admirará de que callemos nosotros, bien así como él calla en puntos de más prisa y trascendencia.

Además, aunque los partes oficiales y los relatos de las sesiones en sustancia no dicen nada, no dejan por eso de ser largos; nos ocupan por consiguiente las tres cuartas partes de nuestras columnas, y no nos dejan espacio para nada. Añada vuesa merced á esas causas que yo escribo tan despacio, que cuando estoy sobre mi bufete con la pluma en la mano, no parece sino que estoy organizando la milicia urbana, ó tomando providencias contra algún motín.

Por lo demás, aquí, según usanza antigua, todo va como Dios quiere, y no puede haber cosa mejor, porque al fin Dios no puede querer nada malo. Nuestra patria camina á pasos agigantados hacia el fin para que aquel Señor la crió: que es su felicidad. Por el pronto ya tenemos el uniforme de los señores Próceres, que es manto azul rastrero, según las venerandas leyes del siglo XIV, exceptuado el terciopelo, que no alcanzaron aquellos estamentos, si bien aquí entra el modificar aquellos venerandos usos según las necesidades del día: verdad igualmente aplicable al calzón de casimir, media de seda, hebilla y tahalí, de que nada dicen Pero López de Ayala, ni Zurita, ni el Centón, pero que constituyen con la gola altibaja y demás este nuevo antico-moderno. Tiene su correspondiente espada, su gorro y su enagüilla de glacé. Dicen que cuesta mucho; pero más ha costado llegar á este punto. Si vuesa merced tiene baraja, como es de suponer, mirando al rey de espadas podrá formar una idea aproximada, y por ende verá que es bonito; y que si bastan, como es de creer, para costearle los sesenta mil reales de procerazgo, ha de ser curioso el ver á esos señores vestidos y hablando, todo á un tiempo.

Igualmente sabrá vuesa merced como todas las vísperas de alboroto, que según parece va á ser el pan nuestro de cada día, se deberán afeitar como la palma de la mano todos los que tengan bigote, por ser incompatibles estos cuatro pelos con el orden y la libertad racional. Efectivamente que muchas de sus calamidades le vienen al hombre de no saber echar pelillos á la mar. Por esas medidas conocerá vuesa merced que aquí no nos dormimos en las pajas.

Tal vez habrán dicho en ese villorrio que está el cólera en Madrid. Lo que es aquí nadie lo sabe de oficio; lo que hay no es el cólera, sino una enfermedad reinante y sospechosa; tanto que esas malditas sospechas han llevado á muchos al cementerio, en fuerza sin duda de los cavilosos. Pero si dicen á vuesa merced que mueren tantas y cuantas gentes al día, no lo crea; al día no muere nadie, porque si así fuese habría parte sanitario, si es que no le dan por no haber sanidad maldita de que darle. En consecuencia, si el mal está en Madrid, la autoridad lo tiene callado, y así que nadie lo sabe.

Tres cosas sin embargo van mejor todos los días sin que se eche de ver: la libertad, la salud y la guerra de Vizcaya. ¡Tal es la reserva con que se hacen estas cosas!

¿Se sabe algo por ahí, señor bachiller, de don Carlos? por acá todos convenimos en que está en Londres, en Francia y en Elizondo á un mismo tiempo, así como están de acuerdo los médicos en que el cólera no puede venir á Madrid por estar muy alto, y en que es contagioso y no epidémico, y epidémico y no contagioso. En cuanto al modo de curarlo, ya averiguado, llenos están los cementerios de preservativos seguros, de remedios infalibles y de métodos curativos. Volviendo á don Carlos, dicen que el gobierno sabe de fijo dónde para; pero vaya usted á preguntárselo.

Por acá no se encuentra un procurador, ni un cajista de imprenta, ni un médico, ni un limón, ni una sanguijuela por un ojo de la cara; pero para eso se encuentran mendigos á pedir de boca, basura en las calles á todas horas, y una camilla al volver de cada esquina.