Que se ha aumentado la facción; que tenía dos mil hombres el año pasado, y que éste tiene veinte mil, como me dices en tu segunda carta. Pero ¿qué es eso, amigo mío? Bien contado, nada: diez y ocho mil facciosos más.
Que os dió gran dolor lo de Carondelet: ¡oh almas apocadas! ¿Y qué es eso bien mirado? Nada: una sorpresa más.
¡Ay, amigo, las cosas son como se quieren ver! Filosofemos un momento. Quiero suponer que volviéramos al año 23, que es todo lo peor que os podría suceder. ¿Y bien?, á los ojos de la poesía, ¿qué sería esto? Nada: diez años más de despotismo; y que te ahorcasen á ti por ejemplo. ¿Y qué sería esto comparado con la inmensidad del universo? Nada: un ahorcado más en el mundo.
Que no tenéis dinero... ¿y qué es eso? Nada: una miseria más. Que no teniendo un cuarto, habéis reconocido todo lo anterior. ¿Y qué es eso? Nada: una deuda más. Que tenéis que recurrir á un empréstito. ¿Y qué es eso? ¡oh ánimas mezquinas! Nada: un empréstito más. Que hay cólera, en fin, en varias provincias... ¿Y qué es eso últimamente? Una calamidad más.
Ya ves que tomadas las cosas de esa manera, maldito si hay por qué afligirse. Á propósito de afligirse, ¿qué hay del ministerio del interior? Después de haber mudado los nombres á las cosas, supongo que habrá hecho mil otras reformas de primera importancia. Escríbeme largo en ese punto, si hay de qué.
¿Cómo va de milicia urbana? Ya inspirará confianza á todo el mundo; ya estará toda organizada y armada; doylo por supuesto.
Háceme reir por último en tu carta lo que del miedo que á los liberales se tiene por ahí, me dices. En cuanto á eso y en cuanto á los muchos que han andado de cárcel en cárcel, y de destierro en destierro por conspiradores, así como á los que andan sin colocación todavía por anarquistas, concluiré esta misiva con recordarte el lema que un escribano ladino encontró en un pesado mamotreto, revolviendo el archivo de la chancillería de Valladolid. Decía así: «Causa formada á las monjas del convento de Santa Clara de esta ciudad, por volar, y otros excesos».
Así me parece á mí que son los excesos de esos pobres liberales de Castilla como los vuelos de las madres: con lo cual quedo á tus órdenes, esperando noticias de esa nación privilegiada, la cual se me figura que andando siglos podrá llegar algún día á remontarse á la altura de Portugal.—O senhor don Sebastian Carvalhao d'Alburquerque.
LA CUESTIÓN TRANSPARENTE
No ha dos días que un señor orador apellidó en el Estamento de Procuradores á la cuestión de los empleos, cuestión transparente, porque detrás de ella, por más que se quiera evitar, siempre se ven las personas. Nosotros pensamos lo mismo. Hay expresiones felices que nunca quedarán, en nuestro entender, bastante grabadas en la memoria. Cuánto sea el valor de estas expresiones dichas en tiempo y lugar, no necesitamos inculcárselo al lector. Felices son por lo bien ocurridas; felices por el apropósito; y felices, en fin, porque hacen fortuna. Estas expresiones, de tal suerte dispuestas y colocadas, suelen ser el cachetero de las discusiones, la última mano, la razón, en fin, sin réplica ni respuesta. Después que un orador ha dicho en clara y distinta voz que el pretendiente es un faccioso más, ya quisiera yo saber qué se le contesta. Cuando un orador suelta el mal aconsejado, el inoportuno, el cimiento y la rama podrida, ya quisiera yo que me dijeran hasta qué punto puede llevarse la cuestión en cuestión; y si hay oradores, si hay epítetos y adjetivos, si hay expresiones felices, hay cuestiones que no lo son menos. Una cuestión, cuando es una simple cuestión, es una cuestión y nada más. Pero hay cuestiones de cuestiones. Las hay espesas y de suyo oscuras y enmarañadas, al trasluz de las cuales nada se ve: puédese escribir encima de ellas non plus ultra; nada hay más allá; entre éstas pudiera muy bien clasificarse la de los derechos sociales. ¿Qué se ve al través de esta cuestión? Nada ciertamente; algún visto, algún veremos, ó por mejor decir algún no veremos. La de la libertad de imprenta. He aquí otra cuestión, oscura, negra como boca de lobo. Encima de ella ya se distinguen algunas prohibiciones, tal cual destierro; pero al trasluz, ¿qué se ve detrás? Absolutamente nada: como dice Guzmán en la Pata de cabra, sólo se ve que no se ve nada. Lo de la milicia urbana: he aquí una señora cuestión; ésta es más tupida que una manta. ¿Qué se ve detrás? Es todo lo más, si confusamente se divisa por encima un reglamento que se las puede apostar en enmiendas y fe de erratas al mismo diccionario geográfico. Es todo lo más, si en la superficie se distinguen algunos miles de hombres sin fusiles, y multitud de fusiles sin hombres. Pero al trasluz nada. Semejante al retablo de maese Pedro, las pocas figuras que hay, todas están delante. Detrás ni aun Ginesillo de Parapilla y Pasamonte, que las mueve, se distingue.