Estas cuestiones, pues, oscuras y tupidas, no valen nada. Las grandes cuestiones son las transparentes. La de los empleos, por ejemplo: he aquí una cuestión de pura gasa. Aquí es donde se ve claro; detrás de ella, no se necesita lente para echar de ver los empleos, y no tamaños como avellanas; el más pequeño aparece á guisa de prodigio microscópico, más grande que nuestra misma libertad; y en punto á tamaños no hay más que ponderar; pues aún se ve más, porque detrás del empelo se ve á lo lejos (un poco más en pequeño, es verdad) al hombre; pero se ve. ¡Qué no se divisa detrás de ciertos empleos! y no á ojos vistas precisamente, sino aun á cierra ojos. Se ven los empleados; verdad es que apenas se ven los de los tres; pero, en fin, se ve; en una palabra, se ve que se ve algo; se ve que se verá más; y se verá, digámoslo de una vez, lo que siempre se ha visto; los compromisos, los amigos, los parientes... es el gran punto de vista: todo se ve. ¡Fatalidad de las cosas humanas! En las otras cuestiones anhelaríamos la transparencia. Y en ésta en que se ve, nos hallamos precisados á exclamar: ¡Ojalá no se viera!
¿ENTRE QUÉ GENTES ESTAMOS?
Henos aquí refugiándonos en las costumbres: no todo ha de ser siempre política; no todos facciosos.—Por otra parte no son las costumbres el último ni el menos importante objeto de las reformas. Sirva, pues, sólo este pequeño preámbulo para evitar un chasco al que forme grandes esperanzas sobre el título que llevan al frente estos renglones, y vamos al caso.
No hace muchos días que la llegada inesperada á Madrid de un extranjero, antiguo amigo mío de colegio, me puso en la obligación de cumplir con los deberes de la hospitalidad. Acaso sin esta circunstancia nunca hubiese yo solo realizado la observación sobre que gira este artículo. La costumbre de ver y oir diariamente los dichos y modales que son la moneda de nuestro trato social, es culpa de que no salte su extrañeza tan fácilmente á nuestros sentidos; mi amigo no pudo menos de abrirme el camino, que el hábito tenía cerrado á mi observación.
Necesitábamos hacer varias visitas: «¡Un carruaje!» dijimos; pero un coche es pesado; un cabriolé será más ligero: no bien lo habíamos dicho, ya estaba mi criado en casa de uno de los mejores alquiladores de esta corte, sobre todo, de ésos que llevan dinero por los que llaman bombés décents, donde encontró efectivamente uno sobrante y desocupado, que, para calcular cómo sería el maldecido, no se necesitaba saber más. Dejó mi criado la señal que le pidieron, y dos horas después ya estaba en la puerta de mi casa un birlocho pardo con varias capas de polvo de todos los días y calidades, el cual no le quitaban nunca porque no se viese el estado en que estaba, y aun yo tuve para mí que lo debían de sacar en los días de aire á tomar polvo para que le encubriese las macas que tendría. Que las ruedas habían rodado hasta entonces, no se podía dudar; que rodarían siempre y que no harían rodar por el suelo al que dentro fuese de aquel inseguro mueble, eso era ya otra cuestión: que el caballo había vivido hasta aquel punto no era dudoso; que viviría dos minutos más, eso era precisamente lo que no se podía menos de dudar cada vez que tropezaba con su cuerpo, no perecedero, sino ya perecido, la curiosa visual del espectador. Cierto ruido desapacible de los muelles y del eje le hacía sonar á hierro como si dentro llevara medio rastro. Peor vestido que el birlocho estaba el criado que le servía, y entre la vida del caballo y la suya no se podía atravesar concienzudamente la apuesta de un solo real de vellón: por lo mal comidos, por lo estropeados, por la vida, en fin, del caballo y el lacayo, por la completa semejanza y armonía que en ambos entes irracionales se notaba, hubiera creído cualquiera que eran gemelos, y que no sólo habían nacido á un mismo tiempo, sino que á un mismo tiempo iban á morir. Si andaba el birlocho era un milagro; si estaba parado un capricho de Goya. Fué preciso conformarnos con este elegante mueble: subí, pues, á él y tomé las riendas, después de haberse sentado en él mi amigo el extranjero. Retiróse el lacayo cuando nos vió en tren de marchar, y fué á subir á la trasera; sacudí mi fusta sobre el animal, con mucho tiento por no acabarle de derrengar; ¿mas cuál fué mi admiración, cuando siento bajar el asiento y veo alzarse las varas levantando casi del suelo al infeliz animal, que parecía un espíritu desprendiéndose de la tierra? ¿Y qué dirán ustedes que era?, que el birlocho venía sin barriguera; y lo mismo fué poner el lacayo la planta sobre la zaga, que, á manera de balanza, vino á tierra el mayor peso, y subió al cielo la ligera resistencia del que tantum pellis et ossa fuit.
«Esto no es conmigo», exclamé; bajamos del birlocho, y á pie nos fuimos á quejar, y reclamar nuestra señal á casa del alquilador. Preguntamos y volvimos á preguntar, y nadie respondía, que aquí es costumbre muy recibida: pareció por fin un hombre, digámoslo así, y un hombre tan mal encarado como el birlocho: expúsele el caso, y pedíle mi señal en vista de que yo no alquilaba el birlocho para tirar de él, sino para que tirase él de mí.—¿Qué tiene usted que pedirle á ese birlocho y á esa jaca sobre todo?, me dijo echándome á la cara una interjeción expresiva y una bocanada de humo de un maldito cigarro de dos cuartos. Después de semejante entrada nada quedaba que hablar.—Véale usted despacio, le contesté sin embargo.—Pues no hay otro, siguió diciendo; y volviéndome la espalda: ¡Á París por gangas!, añadió.—Diga usted, señor grosero, le repuse, ya en el colmo de la cólera, ¿no se contentan ustedes con servir de esta manera, sino que también se han de aguantar sus malos modos? ¿Usted se pone aquí para servir, ó para mandar al público? Pudiera usted tener más respeto y crianza para los que son más que él.—Aquí me echó el hombre una ojeada de arriba abajo, de éstas que arrebañan á la persona mirada, de éstas que van acompañadas de un gesto particular de los labios, de éstas que no se ven sino entre los majos del país.—Nadie es más que yo, don caballero ó don lechuga; si no acomoda, dejarlo. ¡Mire usted con lo que se viene el seor levosa! Á ver, chico, saca un bombé nuevo; ¡ahí en el bolsillo de mi chaqueta debo tener uno!—Y al decir esto, salió una mujer y dos ó tres mozos de cuadra; y llegáronse á oir cuatro ó seis vecinos y catorce ó quince curiosos transeúntes; y como el calesero hablaba en majo y respondía en desvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, é insultaba á la gente decente, el auditorio daba la razón al calesero, y le aplaudía y soltaba la carcajada, y le animaba á seguir: en fin, sólo una retirada á tiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor, por la cual se preparaba á hacernos pasar el concurso que allí se había reunido.
¿Entre qué gentes estamos?, me dijo el extranjero asombrado. ¡Qué modos tan raros se usan en este país!—Oh, es casual, le respondí algo avergonzado de la inculpación, y seguimos nuestro camino. El día había empezado mal, y yo soy supersticioso con estos días que empiezan mal: acaban peor.
Tenía mi amigo que arreglar sus papeles, y fué preciso acompañarle á una oficina de policía: ¡aquí verá usted, le dije, otra amabilidad y otra finura! La puerta estaba abierta y naturalmente nos entrábamos; pero no habíamos andado cuatro pasos, cuando una especie de portero vino á nosotros gritándonos:—¡Eh! ¡hombre!, ¿adónde va usted?, fuera.—Éste es pariente del calesero, dije yo para mí; salimos fuera, y sin embargo esperamos el turno.—Vamos, adentro: ¿qué hacen ustedes ahí parados?, dijo de allí á un rato para darnos á entender que ya podíamos entrar: entramos, saludamos, nos miraron dos oficinistas de arriba abajo, no creyeron que debían contestar al saludo, se pidieron mutuamente papel y tabaco, echaron un cigarro de papel, nos volvieron la espalda, y á una indicación mía para que nos despachasen en atención á que el Estado no les pagaba para fumar, sino para despachar los negocios:—Tenga usted paciencia, respondió uno, que aquí no estamos para servir á usted.—Á ver, añadió dentro de un rato, venga eso; y cogió el pasaporte y lo miró.—¿Y usted quién es?—Un amigo del señor.—¿Y el señor?, algún francés de estos que vienen á sacarnos los cuartos.—Tenga usted la bondad de prescindir de insultos, y ver si está ese papel en regla.—Ya le he dicho á usted que no sea insolente si no quiere usted ir á la cárcel.
Brincaba mi extranjero, y yo le veía dispuesto á hacer un disparate.—Amigo, aquí no hay más remedio que tener paciencia.—¿Y qué nos han de hacer?—Mucho y malo.—Será injusto.—¡Buena cuenta!—Logré por fin contenerle.—Pues ahora no se le despacha á usted; vuelva usted mañana.—¿Volver?—Vuelva usted, y calle usted.—Vaya usted con Dios.
Yo no me atrevía á mirar á la cara á mi amigo.—¿Quién es ese señor tan altanero?, me dijo al bajar la escalera, y tan fino y tan... ¿Es algún príncipe?—Es un escribiente que se cree la justicia y el primer personaje de la nación: como está empleado, se cree dispensado de tener crianza.