Dios le dé salud,
Dios le dé salud,
Á aquel montañés
Que apagó la luz.
Cantaba yo por lo bajo este refrán (porque por lo alto no me atrevo á cantar) esta mañana misma, contemplando con las lágrimas en los ojos y á oscuras el estrago que había hecho en mi bufete la última visita de mi montañés, cuando vuelve éste á entrar con el correo en la mano: es de advertir que yo llamo correo á toda carta que recibo, por la simple razón de que según está en el día el servicio de correos, resulta ser igual enviar una carta por la valija pública, ó llevarla uno mismo: entró pues con mi correo de Madrid, y entre algunas apuntaciones que me envían mis corresponsales, las cuales así me guardaré yo de publicarlas, como se guardará el censor de permitirlas, encuéntrome con dos cartas evidentemente de liberales, puesto que cada uno trae su hoja de servicios al margen: ambos de buena fe, amantes ambos del bien de su país. Y como se reduzcan ellas á darme cuatro consejos que tengo bien merecidos por los muchos desmanes que he cometido en punto á escribir, y por los que pienso seguir cometiendo en cuanto pueda, trasladarélas al curioso lector, si es que ha quedado lector curioso en España después de todo lo que se ha leído en la larga fecha que llevamos de completa libertad intelectual. (Sea dicho con licencia de Dios y de la conciencia.)
Dice el uno: «Señor Fígaro: gracias á Dios, impertérrito escritor, que ha dado usted algún descanso á su pluma: no le negaré á usted que sus artículos me han solido hacer reir alguna vez; pero siempre tuve en medio de eso deseos vehementes de dar á usted un consejo. Yo, señor Fígaro, soy liberal desde chiquito, así como hay otros chiquitos desde liberales; anduve en lo del año 12, asunto de grandes controversias; que salvé, pues, la patria de la dependencia francesa, no hay para qué decirlo; que vino el rey, todo el mundo lo sabe; ¡ojalá, nadie lo supiera! y que fuí luego á Melilla, eso lo sé yo, y basta. Vino el año 20 y vine yo; es decir, que vinimos todos. Cómo se manejó aquello, pues la cosa fué sonada, ya habrá llegado á oídos de usted, porque le tengo por liberal de esta nueva cría. Fué el caso no habernos entendido, que á entendernos otro gallo nos cantara; pero ¿qué quiere usted? la inteligencia no fué el don de que anduvo más pródigo el Ser supremo: en cambio nos dió memoria de firme, para nuestra desdicha, y voluntad, la cual podemos tener todo lo mala posible. ¡Tal es el hombre! Pero si nosotros no nos entendimos parece que nos entendió Angulema, y aun nos tradujo y nos refundió de tal suerte, que quedamos peor parados que comedia antigua en manos de poeta moderno. ¿Y quién tuvo la culpa? La libertad de imprenta. Claro está. Y si no lo probaré. Las naciones del norte vieron que la chispa eléctrica corría demasiado, suscitaron aquí el partido descontento, y alzáronse las guerrillas. Ya ve usted que esto es claro, ¡la libertad de imprenta!
»Dieron dinero y auxilios, y la facción creció. Verdad es que la facción no sabía leer. Pero si no hubiera sido por la libertad de imprenta la facción no hubiera crecido.
»Acaloráronse los ánimos, y de puro no saber leer ni escribir, no nos pusimos de acuerdo. ¡Ya ve usted! ¡La libertad de imprenta!
»Entró Angulema, y ¿quién le dió sus bayonetas? La libertad de imprenta.
»Hubo desgraciadamente defección, torpeza ó mala fe en nuestro ejército, y á Cádiz con la maleta. ¡La libertad de imprenta!
»Acabóse todo, publicóse el gran manifiesto impreso. ¡La libertad de imprenta! y buenas noches.
»Aquí entró la emigración, y de la emigración el escarmiento. Ya ve usted, pues, si unido de esta suerte á esta causa, puedo yo no ser liberal de veras.
»Hoy es, y ésta es la primera vez que hemos venido los emigrados, sin venir ningún año particular. Nacimos el año 12, nos fuimos con el 14, volvimos con el 20, y escapamos con el 23. Ahora nos hemos venido sin fecha: como ratones arrojados de la despensa por el gato, hemos ido asomando el hocico poco á poco, los más atrevidos antes, los más desconfiados después, hasta que hemos visto que el campo es nuestro.