»No comprendiendo nosotros mismos nuestra venida, á cada paso creemos ver de nuevo el gato.
»Ahora bien, nuestro gato es la anarquía, porque el otro que había en la casa se escaldó para siempre. ¿Y le parece á usted justo, señor Fígaro, que yo y otros como yo, que hemos tenido la gloria y la fortuna de escapar de dos fechas en contra y de dos emigraciones, que hemos vuelto, y que, á causa de nuestros antecedentes y de nuestros talentos (perdone usted el galicismo, que me lo traje de Francia), nos hemos encontrado al frente de las cosas con muy buenos destinos, vayamos á incurrir en los mismos tropiezos de antes? No, señor: hemos hecho amende honorable. El andar de prisa los jóvenes, sólo tendrá por resultado atropellarnos á los viejos: por consiguiente queremos orden. Bien comprendo que querrán andar de prisa aquellos emigrados que no han encontrado destinos, porque andando ellos los toparán. Lo mismo digo de los liberales que quedaron por aquí, y los de la nueva cría. Éstos al fin pueden decir: Hos ego versículos feci, tulit alter honores. Si no tienen otra cosa todavía, por fuerza han de tener prisa. Pero nosotros, señor Fígaro, los que hemos llegado á mesa puesta...
»Nosotros no tenemos más norte que lo pasado: nosotros vemos la anarquía, exista ó no: nosotros nos hemos enmendado: volvamos de nuestros errores y evitaremos á toda costa la libertad de imprenta y toda clase de libertad; la república nos acecha, el gorro nos amenaza, la guillotina nos amaga, y nuestro libro consultor es el año 23, y sobre todo el 92.
»He dicho todo esto porque, deseando el bien para mi patria, y que evitemos los escollos pasados, creo que debemos ir poco á poco y unirnos cordialmente los que tenemos los destinos y los que no los tienen. Entendámonos por fin de esta manera. Ya ve usted que soy hombre que me pongo en todo; me he puesto en mi destino, y ahora me pongo en la razón.
»Por lo tanto, los artículos de usted que tienden á una oposición directa, los artículos de usted, que quieren poner en ridículo nuestra lentitud, sólo pueden dar armas á nuestros enemigos. Aquí no hay más divisa que Isabel II. Y en cuanto á escribir, escribir nuestros mismos defectos para que los corrijamos, es disparate, porque no por eso los hemos de corregir: debe alabarse todo lo que hagamos, siquiera para no dar que reir á nuestra costa á los carlistas, y le advierto caritativamente que si persiste en el camino de esa oposición que ha manifestado, haremos correr la voz de que todos los que hacen esa oposición nos quieren precipitar de nuevo y quieren reproducir el año 23; hasta diremos que están vendidos á don Carlos, y no faltará quien lo crea, pues aquí para todo hay creyentes, y lo que aquí no se cree, ya es preciso que sea increíble.
»Con lo cual queda de usted su afectísimo liberal escarmentado, y con competente destino, etc».
DOS LIBERALES
ó
LO QUE ES ENTENDERSE
SEGUNDO ARTÍCULO
Al sentar la pluma en el papel para este segundo artículo, que en nuestro número 122 del jueves dejamos prometido, mal pudiera dejar de recordar cierto lance ocurrido no ha muchos años á un buen cómico francés. Había empezado su carrera dramática con no muy buenos auspicios; y esto en tales términos, que nunca le dejaba el público llegar al fin de la representación. Escarmentado el hombre de estudiar papeles en balde, y deseoso de mudar públicos, tomó la rara resolución de no dar en cada parte más de una representación, y de no estudiar nunca más que el primer acto del papel que á su cargo tomaba. Trascurrió así algún tiempo felizmente; pero hubo de llegar un día á un pueblo, donde fuese por casualidad, fuese por alguna causa en él sobrenatural, no sólo no le silbó el público desde los primeros versos, como le solía acontecer, sino que descendieron los aplausos sobre él, como el maná sobre los Israelitas. Pero bajó el telón acabado el primer acto, y nuestro cómico, no habiendo estudiado el segundo, se vió precisado á salir y decir: «Señores, no hallándome acostumbrado á la acogida benévola que este ilustrado público acaba de hacerme, me veo en la triste precisión de anunciar el segundo acto para mañana, á causa de no haberlo estudiado». Con lo cual recibió la acostumbrada silba, entonces por haberlo hecho bien.
Los que hayan leído el principio de mi anterior artículo habrán comprendido ya el cuentecillo; á los que no, les diré francamente que al ver por fin impreso un artículo mío en el Observador del jueves, cosa á que no estaba ya acostumbrado, me hallé en el mismo, mismísimo caso que el cómico silbado. No presumiendo que había de imprimirse nunca ni aun la primera parte de mi artículo, quedéme in pectore con la segunda.