»En atención á estos datos, suplico á usted que se sirva no dejar dormir su pluma en ese camino de la oposición, en que ha marchado con tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al ministerio.
»Esto no marcha, y sólo una oposición sostenida puede salvarnos. Á ellos, pues, señor Fígaro, y dóblelos usted á sátiras si quiere conservar el aprecio de su seguro servidor.—El liberal progresivo, y sin destino.»
Ésas son las dos cartas: las dos son liberales; las dos de hombres de buena fe, que sólo desean el bien de la patria.—Si escribo en liberal, dirán unos que estoy vendido á don Carlos. Si escribo en ministerial, dirán otros que estoy vendido al ministerio. ¡Si al menos se supiese quién paga mejor!
¡¡¡Gracias á Dios, por fin, que ya estamos de acuerdo; gracias á Dios que nos entendemos!!!
LA VIDA DE MADRID
Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe pertenecer á la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo á las muy superiores, ó á las muy estúpidas les es dado no admirarse de nada. Para aquéllas no hay cosa que valga algo, para éstas no hay cosa que valga nada. Colocada la mía á igual distancia de las unas y de las otras, confieso que vivo todo de admiración, y estoy tanto más distante de ellas cuanto menos concibo que se pueda vivir sin admirar. Cuando en un día de ésos, en que un insomnio prolongado, ó un contratiempo de la víspera preparan al hombre á la meditación, me paro á considerar el destino del mundo: cuando me veo rodando dentro de él con mis semejantes por los espacios imaginarios, sin que sepa nadie para qué, ni adónde; cuando veo nacer á todos para morir, y morir sólo por haber nacido; cuando veo la verdad igualmente distante de todos los puntos del orbe, donde se la anda buscando, y la felicidad siempre en casa del vecino á juicio de cada uno; cuando reflexiono que no se le ve el fin á este cuadro halagüeño, que según todas las probabilidades tampoco tuvo principio; cuando pregunto á todos y me responde cada cual quejándose de su suerte; cuando contemplo que la vida es un amasijo de contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimientos, me admiro de varias cosas. Primera, del gran poder del Ser supremo, que haciendo marchar el mundo de un modo dado, ha podido hacer que todos tengan deseos diferentes y encontrados, que no suceda más que una sola cosa á la vez, y que todos queden descontentos. Segunda, de su gran sabiduría en hacer corta la vida. Y tercera, en fin, y de ésta me asombro más que de las otras todavía, de ese apego que todos tienen sin embargo á esta vida tan mala. Esto último bastaría á confundir á un ateo, si un ateo, al serlo, no diese ya claras muestras de no tener su cerebro organizado para el convencimiento; porque sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa como la vida.
Esto, considerada la vida en general, donde quiera que la tomemos por tipo; en las naciones civilizadas, en los países incultos, en todas partes, en fin. Porque en este punto, me inclino á creer que el hombre variará de necesidades, y se colocará en una escala más alta ó más baja; pero en cuanto á su felicidad nada habrá adelantado. Toda la diferencia entre el hombre ilustrado y el salvaje estará en los términos de su conversación. Lord Wellington hablará de los whigs, el Indio nómade hablará de las panteras; pero iguales penas le acarreará á aquél el concluir con los primeros, que á éste el dar caza á las segundas. La civilización le hará variar al hombre de ocupaciones y de palabras; de suerte, es imposible. Nació víctima, y su verdugo le persigue enseñándole el dogal, así debajo del dorado artesón, como debajo de la rústica techumbre de ramas. Pero si se considera luego la vida de Madrid, es preciso cerrar el entendimiento á toda reflexión para desearla.
El joven que voy á tomar por tipo general es un muchacho de regular entendimiento, pero que posee sin embargo más doblones que ideas, lo cual no parecerá inverosímil si se atiende al modo que tiene la sabia naturaleza de distribuir sus dones. En una palabra, es rico sin ser enteramente tonto. Paseábame días pasados con él, no precisamente porque nos estreche una grande amistad, sino porque no hay más que dos modos de pasear, ó solo ó acompañado. La conversación de los jóvenes más suele pecar de indiscreta que de reservada: así fué, que á pocas preguntas y respuestas nos hallamos á la altura de lo que se llama en el mundo franqueza, sinónimo casi siempre de imprudencia. Preguntóme qué especie de vida hacía yo, y si estaba contento con ella. Por mi parte pronto hube despachado: á lo primero le contesté: «Soy periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público, en escribir lo que no pienso y en hacer creer á los demás lo que no creo. ¡Cómo sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está reducida á querer decir lo que otros no quieren oir». Á lo segundo, de si estaba contento con esta vida, le contesté, que estaba por lo menos tan resignado como lo está con irse á la gloria el que se muere.
¿Y usted?, le dije. ¿Cuál es su vida en Madrid?—Yo, me repuso, soy muchacho de muy regular fortuna; por consiguiente no escribo. Es decir... escribo... ayer escribí una esquela á Borrel para que me enviase cuanto antes un pantalón de patincour que me tiene hace meses por allá. Siempre escribe uno algo. Por lo demás, le contaré á usted.
Yo no soy amigo de levantarme tarde; á veces hasta madrugo; días hay que á las diez ya estoy en pie. Tomo té, y alguna vez chocolate; es preciso vivir con el país. Si á esas horas ha parecido ya algún periódico me lo entra mi criado, después de haberle ojeado él: tiendo la vista por encima; leo los partes, que se me figura siempre haberlos leído ya; todos me suenan á lo mismo: entra otro, lo cojo, y es la segunda edición del primero. Los periódicos son como los jóvenes de Madrid, no se diferencian sino en el nombre. Cansado estoy ya de que me digan todas las mañanas en artículos muy graves todo lo felices que seríamos si fuésemos libres, y lo que es preciso hacer para serlo. Tanto valdría decirle á un ciego que no hay cosa como ver.