Muchas y grandes han sido las calamidades con que la Providencia en sus secretos fines quiso afligir en distintas épocas al hombre. Ya desde un principio pudo conocer el más lego la desgracia que presidía á la creación de este mísero globo. El que vió en los primeros tiempos que fué preciso arrancar al hombre de su propia costilla la mujer, ó había de tener poco olfato, ó debía ya decir para su capote (permítaseme el anacronismo) que había de venir presto abajo nuestra felicidad. Así fué; habló una serpiente; la mujer dió oídos al primer advenedizo, fragilidad que desgraciadamente se ha transmitido de siglo en siglo; cortóse la manzana del árbol del bien y del mal, que por lo visto sólo tenía el mal para nosotros, hincóle el diente el crédulo esposo, y vínose abajo á renglón seguido todo el edificio del primaveral paraíso. Primera calamidad, y no la más floja. Henos aquí ya habitando la tierra, merced á la picia del primer hombre: nace el segundo mortal, y segunda picia: lo primero que hace es matar al tercero: he aquí una raza maldita, y la segunda calamidad. Con tan galanos principios no debió de ser difícil augurar los fines. El primer homicidio no debía de ser el último. Endurécese el hombre en el mal, sucédele un vicio á otro, un crimen abona el anterior, y pónese la cosa tan de mala data, que cansado y arrepentido el Hacedor, lluévele encima al hombre, y pónelo perdido. ¡Día de agua! Ni sirven ramas, ni valen altos montes. Se abren las cataratas del cielo, derrámase el líquido abundante, ahógase todo bicho, y he aquí la tercera calamidad.

Vuelve el hombre á poblar, y ya de aquí en adelante imposible fuera poner orden en las calamidades. No bien sale del reciente escarmiento, lánzase de nuevo al crimen: olvida su Dios y su religión; de nada ha servido el diluvio; el Criador lo conoce, y vista la ineficacia del agua, aquí prueba con Sodoma y Gomorra la virtud del fuego: igual resultado. Allá convierte en sal al curioso. Acá confunde en Babel las lenguas insolentes, y vuélvese la torre una cazuela de un teatro de Madrid. Tiempo perdido. Desde entonces todos hablan y ninguno se entiende; pero no por eso se ha mejorado nuestra condición. Caiga agua, baje fuego, venga sal, lluevan lenguas sobre nosotros; el hombre insolente todo lo aprovecha. Inventa barcos, y anda sobre el agua; recoge la lumbre, y caliéntase á ella; toma la sal, y échala en el puchero; aprende las lenguas, y corre á enseñarlas por el equitativo estipendio de treinta reales al mes...

¿Quién tendría desde entonces el vano proyecto de seguir en su curso las calamidades del hombre? Poco antes de llegar á la tierra de promisión, adora el becerro de oro, figura simbólica del siglo XIX, que había de adorar el oro, aunque fuese en un becerro; en Jericó hace añicos todos los cántaros de la provincia; en Egipto adora la cebolla, ídolo por cierto de muy mal tono; en el Indostán tributa honores al sol y al fuego; en la India occidental, que tenía más de occidental que de India, adora la luna entera; más económico en Asia, adora media luna no más; en África reverencia á los bichos ponzoñosos; en Europa rinde culto á sus grandes ladrones y asesinos, y erige altares á sus tiranos; aquí se hunde la Atlántida, preparando á navegantes con su hundimiento descubrimientos fatales; ábrense volcanes por todas partes, vomitando lumbre sobre él; las tempestades aquí, la peste allí, la guerra de nación en nación, las preocupaciones doquiera, la mujer en todas partes; todo es error y desgracia, todo crimen y confusión el mundo; todo es, en fin, calamidades.

Dejemos, pues, á un lado las del mundo para ocuparnos sólo de las de Europa.

Nace apenas la sociedad europea, y surgiendo de ella Elena, lánzase aquélla contra el Asia en mil frágiles barquillos á llevar á las playas troyanas el hierro y la destrucción. Nótese que la primera calamidad europea emanó de la importancia dada á la fidelidad de una mujer.

El adulterio, el asesinato y el incesto reciben á su vuelta á los vencedores argivos. Cien repúblicas en seguida, ansiosas de libertad, se aherrojan mutuamente, y un ejército de Persas viene hasta Maratón á sembrar el luto en la sociedad europea. Nótese que la segunda calamidad es una intervención extranjera.

Dos bandoleros famosos, Remo y Rómulo, echan los cimientos de la ciudad universal, que con las armas en la mano avasalla después y esclaviza á la Europa entera. Nótese que el principio de la tercera calamidad fueron dos ladrones públicos.

El Norte vomita sobre el Mediodía hordas innumerables de Vándalos y Godos, que mudan á sangre y fuego la faz de la malhadada Europa. Nótese que la cuarta calamidad vínole á Europa del Norte.

El hijo de Dios había descendido ya á morir en la tierra por los hombres; una religión nueva alzaba sus bienhechoras cruces por todas partes; más de cien hijos espúreos, saliendo del río principal, como sangrías de licor ponzoñoso, inundan el mundo de sectas parciales: los hijos de un innovador atrevido se arrojan de Asia á Europa con el alfanje en la una mano y el Korán en la otra: numerosas cruzadas se levantan por la religión, y encienden la guerra general: nuevas sectas derraman luego la sangre alemana, y poco después la inglesa y la francesa. La reacción, sangrienta, como la acción, establece tribunales horribles, y cada pueblo, durante siglos enteros, aquí por la guerra civil, allí por la conquista de otro hemisferio, es una ara inmensa cubierta de mártires; los hombres son mitad víctimas, mitad sacrificadores. Obsérvese que la quinta calamidad le vino al hombre de la preocupación religiosa, de la superstición, del fanatismo.

Sobre la sangre humeante de los autos de fe nace la política, y con ella el soñado equilibrio de los reinos; guerras de sucesión, guerras de familia suceden á las guerras religiosas; pueblos enteros perecen víctimas de guerras personales de sus reyes, y de etiquetas palaciegas. Adviértase que la sexta calamidad le vino á la Europa de la importancia dada al apellido de sus pretendidos dueños absolutos.