Vencedores éstos contemplan como instrumentos á sus súbditos; pero cansados al fin los pueblos, caen en la cuenta de sus derechos, y un grito unánime de libertad resuena en el universo. La Europa le acoge, y responde á él; se abre una lucha sangrienta de principios; una revolución espantosa traspasa todos los límites posibles; un coloso nace de ella á detenerla; vencido empero el coloso, la libertad vuelve á desplegar sus alas. Desde entonces los hombres siguen vertiendo anchos ríos de sangre para reconquistar de la rutina el derecho más sencillo y claro de todos: su propia voluntad. Nótese que la sétima calamidad nos viene de haber conferido nuestros poderes sin restricción, sin prenda, sin garantía; de haber dejado prescribir un derecho.

Hemos llegado á la octava calamidad europea. ¿Pues cuál otra horrible calamidad nos amenaza? ¿Otro cólera? Si el hombre nació para morir, la peste es una muerte cualquiera. Mayor es la calamidad que nos amaga: más terrible la prueba á que nos sujeta la Providencia. ¿Algún reglamento? Eso sería una gota más en el mar. ¿Algún empréstito? El deber es calamidad sólo para quien ha de pagar, ó para quien presta. ¿Otra invasión de Rusos? Más todavía. ¿Qué sería una invasión de Rusos? Algunos años de despotismo. Para pueblos tan acostumbrados, para pueblos donde hay quien pelee por él, nada. Es volver la tortilla. No faltaría quien la comiera.

La gran calamidad europea, la calamidad de las calamidades, he aquí cómo la hallamos consignada en un comunicado que en un periódico leemos.

«Que conmigo se haga una injusticia (nos dice un personaje, un tanto cuanto atropellado en las formas), puede ser un triunfo para mis enemigos; pero en el caso presente la violencia usada hacia mí es un desastre para todos, es una brecha abierta en el corazón de nuestras instituciones, es una calamidad nacional; ¿y quién sabe si no podrá hacerse una calamidad europea? Los trastornos que podrían resultar de tan evidente violación de los principios conservadores de nuestro régimen, podrían ir más allá de los Pirineos».

He aquí bien clara la gran calamidad, que entre tanto que lo es para la Europa, lo es indudablemente para el que escribe. La cosa en verdad no es insignificante como muchos creen; bien pudiera ser trascendental; pero lo que ni nosotros habíamos presumido, ni nuestros lectores tampoco, es que esto podría trastornar el mundo. Curiosos por demás de lo que nos podría acontecer, hemos recorrido, como ha visto el lector, la historia del mundo y de sus calamidades. Hemos temblado por nosotros y por la Europa. ¿Obrará este accidente como el robo de Elena? ¿Será Troya nuestra patria? ¿Tendrá los resultados del levantamiento de Remo y Rómulo? ¿Será la voz del destituido el grito de Lutero? ¿Imperará á los mares como el quos ego de Virgilio? ¿Será su desgracia, justa ó injusta, legal ó ilegalmente llevada á cabo, el Waterloo de nuestra pequeña libertad? ¿Qué parte del mundo se hundirá? ¿Obrará como un diluvio, como un castigo del cielo, ó como una calamidad puramente humana?

¡Ah!, ¡plegue al cielo apartar de nosotros tan terribles infortunios! ¡¡¡Lejos, pobre España, lejos de nosotros el profeta y la profecía!!![3]

NOTAS:

[2] Todo el mundo recuerda la expulsión del señor Burgos del Estamento de ilustres Próceres. Aquel acto, legal ó ilegal, y el párrafo del artículo citado más abajo, y publicado en los periódicos de la época por el destituido, son datos más que suficientes para la inteligencia de este escrito, que entonces no vió la luz por circunstancias independientes de la voluntad del autor.

[3] Poco después despareció efectivamente el profeta, y la profecía todavía no ha parecido.

TERCERA CARTA
DE UN LIBERAL DE ACÁ
Á UN LIBERAL DE ALLÁ