Dos cartas he recibido tuyas, querido Silva, la una en letra de molde por el conducto de esta estafeta pública, y secreta la otra en que nos haces á los liberales de acá estupendos cargos. No tiene la primera contestación, ó al menos á mí no me ocurre, lo cual es lo mismo, puesto que he de ser yo quien la ha de dar. Tiénela sí la segunda, y larga; tanto que pudiera ocupar con ella más pliegos que ocupó la memoria de marina presentada en las Cortes, más tiempo que dura una facción, y más terreno que el que reconoce cuándo y cómo quiere Zumalacárregui, sin darte por eso más fruto ni más sustancia que el que pueden dar de sí todas esas cosas juntas.
¿Me preguntas si es gobierno representativo lo que tenemos? No entiendo yo muchas veces tus preguntas. Todo es aquí representativo. Cada liberal es una pura y viva representación de los trabajos y pasión de Cristo, porque el que no anda azotado, anda crucificado. Luego, no hay oficina en que no se encuentren representaciones de algún quejoso: hay por otra parte muchos que están representando á cada paso sobre lo mucho que no se hace y lo poco que se deshace; verdad es que no se cuida más de estas representaciones que de las teatrales; pero, ¿son ó no son representaciones? Cada español por otra parte representa un triste papel en el drama general, y toda nuestra patria misma está á dos dedos de representar el cuadro del hambre... Todo es, pues, pura representación; venirnos, pues, con la pregunta truhanesca de si estamos ó no en un sistema representativo, es burlarse de uno en sus barbas y preguntarle á un borracho si bebe vino. Desengáñate de una vez, y acaba de creer á pies juntillas, no sólo que vivimos bajo un régimen representativo, aunque te engañen las apariencias, sino que todo esto no es más que una pura representación, á la cual, para ser de todo punto igual á una del teatro, no le faltan más que los silbidos, los cuales, si se ha de creer en corazonadas y en síntomas y señales anteriores, no deben andar muy lejos, ni de hacerse esperar mucho, según la mareta sorda que se empieza ya á sentir.
Añades que no somos libres. Menos entiendo yo esto que lo otro. Gozamos de la más amplia libertad posible; y en esto te juro que hemos llegado á tal altura de tolerancia y despreocupación, que ninguna nación culta ni inculta rayó jamás tan alto. Y voy á darte la prueba. Suponte por un momento, aunque te pese hasta el figurártelo, que eres español. No te aflijas, que esto no es más que una suposición. Que eres español, y que dices para tu capote, por ejemplo: «Yo quiero ser carlista». En hora buena: coges tu fusil y tu canana, y ancha Castilla; nadie te lo estorba; que te cansas de la facción y que te vas á tu casa, nadie te dice una palabra, con tal que tantas cuantas veces lo hagas, uses de la fórmula de decir que te acoges á algún indulto de los últimos que hayan salido, ó de los primeros que vayan á salir. Ya ves tú que esto no cuesta trabajo. Que te levantas un día de mal humor, y que conspiras como carlista, ó que te defiendes en tu cuartel á balazos ó con cualquiera otro medio inocente: vas á Filipinas y ves tierras, y siempre aprendes geografía.
Verdad es, que si como te había de dar por conspirar en favor de los diez años, te da por conspirar en favor de los tres, hay una diferencia, y que entonces no necesitas salir al campo ni tirar un tiro para que te prendan, sino que te vienen á prender á tu misma casa, que es gran comodidad; pero, amigo, no se cogen truchas á bragas enjutas, y algo le ha de costar á uno ser liberal. Y luego que eso te sucederá si eres tonto, porque nadie te manda ser liberal; tú puedes ser lo que te dé la gana. Añade á eso que libertad completa no la hay en el mundo, que eso es un disparate. Así es, que cuando yo digo que somos libres, no quiero yo decir por eso que podemos ser libres á banderas desplegadas y salir diciendo por las calles: «¡Viva la libertad!» ú otros despropósitos de esta especie; ni que podemos dar en tierra con los empleados de Calomarde que quedan en su destino, lo cual tampoco sería justo, porque yo no creo que porque los haya empleado éste ú aquél dejen por eso de necesitar un sueldo. ¡Pobrecillos! Nada de eso: quiero decir que podemos gritar en días solemnes: «¡Viva el Estatuto!», y podemos estarnos cada uno en su casa, y callar á todo siempre y cuando nos dé la gana. Si esto no es libertad, venga Dios y véalo. Lo mismo es esto que lo que acerca de la libertad de imprenta me añades. ¿Y quién duda que tenemos libertad de imprenta? Que quieres imprimir una esquela de convite; más, una esquela de muerte; más todavía, una tarjeta con todo tu nombre y tu apellido, bien especificado: nadie te lo estorba. Ahí verás cuán equivocados vivís, y cuán peligroso es creerse de los informes que da cualquiera. Que eres poeta, y que llega un día de su Majestad y haces una oda: allí puedes alabar todo lo que pasa, y puedes decir que todo va bien en buenos ó malos versos, que toda esa libertad te dejan. Y también puedes decirlo en prosa, y puedes no decirlo de ninguna manera, si eres hombre de sentido común, y nadie se mete contigo. Que quieres publicar un periódico, nada más fácil. Vas, y ¿qué haces? Lo primero reúnes seis mil reales de renta, que esto en España todos nacen con ellos, y si no los encuentras á la vuelta de una esquina. Lo segundo, entregas veinte mil reales en depósito: que no los tienes; también los encuentras al momento. Aquí todo el mundo te convida con una talega á primera vista. Y estos veinte mil reales son sagrados, como todos los depósitos, como los de Gremios, etc., etc. El día de mañana, ó al otro, por ejemplo, te los vuelven. Pides luego tu licencia; que te la niegan, ó que no tienes las cualidades necesarias... no publicas tu periódico. Y está muy bien, porque si no eres empleado de nombramiento real, ó no eres mayorazgo de seis mil reales de renta, ó no eres abogado del colegio, que es lo que hay que ser en España, ¿qué has de publicar en tu periódico, sino tonterías y oscurantismo? Pero que eres apto, no por tus luces ó tu patriotismo, sino por tus reales ó tus pedimentos del colegio (de otra parte no), y que te dan tu licencia, te ponen tu censor correspondiente, que te deja decir todo, por supuesto, y lluévete suscripción encima, porque eso sí, el país es amigo de leer, y es una viña para especulaciones, sobre todo literarias.
Rectifica, pues, amigo Silva, tus ideas con respecto á España, y cree no sólo que vivimos bajo un régimen representativo, sino que somos libres más que ninguna nación del mundo, y que tenemos amplia libertad de imprenta.
Una vez convencido de estas tres bases fundamentales, tratará de convencerte de esas otras menudísimas dudas que abrigas acerca de la prosperidad de la España, que no le va en zaga en nada á Portugal,—El liberal de acá.
P. D. La cuádrupla alianza sigue produciendo saludables efectos.
LO QUE NO SE PUEDE DECIR
NO SE DEBE DECIR
Hay verdades de verdades, y á imitación del diplomático de Scribe podríamos clasificarlas con mucha razón en dos: la verdad que no es verdad, y... Dejando á un lado las muchas de esa especie que en todos los ángulos del mundo pasan convencionalmente por lo que no son, vamos á la verdad verdadera, que es indudablemente la contenida en el epígrafe de este capítulo.
Una cosa aborrezco, pero de ganas, á saber, esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, á quienes ningún gobierno les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se ha convencido con ellos en que Calomarde era el peor de todos; esos hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos urbanos... Vaya usted á saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?