Sin embargo, una representación nacional ha venido á sentarse en los escaños públicos de dos estamentos, que he venerado, y en cuya naturaleza antico-moderna no he hecho alto. Lo he tomado como me lo han dado. La posteridad no dirá que no he sido filósofo: todo lo contrario: he tomado las cosas conforme han venido: he visto abolido el voto de Santiago, pequeño paso, y como éste otros tan menudos que ni los recuerdo. Grande, nada he visto sino la paciencia. He visto celebrarse un gran tratado diplomático: no he visto sus resultados.
Encontré á mi advenimiento algunos facciosos: al morir me hallo en el apuro del que muere muy rico, en este particular; no sé los que dejo.
He mirado estrellarse en las provincias reputaciones antiguas, como la espuma del mar en las rocas.
Una calamidad tan espantosa como ésa ha hecho y hará por mucho tiempo memorable mi existencia; un azote del cielo ha devastado el suelo. El cólera-morbo se ha llevado lo que ha perdonado la guerra civil.
En punto á ciencias no he visto nada: en literatura, he visto una ó dos producciones nuevas; he visto dos dramas históricos, de que no sé si hablarán tanto como yo mis sucesores.
En artes tampoco he visto gran cosa. El año 34 será célebre por sus calamidades; nadie empero le verá jamás en el libro de los adelantos humanos para España; es de temer que no sea yo el último á quien se haga ese reproche.
Al dejar mi corto reinado, déjolo peor que lo encontré, y ojalá que el remedio estuviera tan cerca como mi fin. Debo advertir que he vivido amordazado, y que muero todavía sin voz. Por eso me fuera imposible decir cuanto he visto; pero sólo declararé que me hubiera estado mejor haber nacido ciego.
Mi fin se acerca por momentos. ¡Ojalá que mis sucesores puedan dar mejor cuenta de sus días, ojalá que no vean tantos como yo perdidos, ó manchados!»
Al decir estas últimas palabras, abriéronse de repente entrambas puertas con nunca oído estrépito. El Tiempo extendió su hoz destructora sobre las trece cabezas, y se hundieron rápidamente en el interior del pasado, que volvió á cerrarse en el mismo instante. La puerta de lo futuro se abrió entonces... un velo denso me impidió ver su interior distintamente... en aquel punto doce terribles campanadas me indicaron las doce de la noche, desperté y aún vi dos cosas entre sueños: un enorme letrero en la puerta de lo futuro, que empezaba á desaparecer á mis ojos despiertos, el cual decía: «año 1835». La cosa segunda que vi fué que al hacer este sueño no había hecho más que un plagio imprudente á un escritor de más mérito que yo. Di las gracias á Jouy, me acabé de despertar, y me preparé á ver en el próximo y naciente 1835 un segunda edición de los errores de 1834. Ojalá que la experiencia desmienta mi funesto pronóstico.