En hora buena; voy á escribir ya; pero llego á este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el gobierno: que encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema. He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables que somos!
Los escritos licenciosos, por ejemplo. ¿Y qué son escritos licenciosos? ¿Y qué son costumbres? Discurro, y á mi primera resolución, nada escribo; más fácil es no escribir nada, que ir á averiguarlo.
Buenas ganas se me pasan de injuriar á algunos soberanos y gobiernos extranjeros. ¿Pero no lo prohíbe la ley? Pues chitón.
Hecho mi examen de la ley, voy á ver mi artículo; con el reglamento de censura á la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Éste será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo:
«Lo que no se puede decir, no se debe decir».
REVISTA DEL AÑO 1834
No sé por qué capricho extraordinario, y en oposición con mis hábitos antiguos, el 31 de este diciembre que espira hubo de asaltarme el sueño mucho más pronto de lo que acostumbra; no diré si fué porque leí ese día más artículos de periódico de los que puede resistir mí débil naturaleza, ó si fuí á alguna representación nueva, de ésas en que el autor y los actores hacen todo lo que pueden, y en que suele uno no poder con lo que hacen. Lo único que puedo asegurar, juzgando por los resultados, es que reclinado en una poltrona moderna me entregué á Morfeo con la misma seguridad y descuido que un juez en la audiencia, ó que una autoridad no responsable en días de calamidad. No sé el tiempo que habría transcurrido desde el momento que hice tan completa abnegación de mí mismo, cuando se me antojó ver un anciano venerable, que por su reloj de arena y su luz hube de reconocer por el Tiempo; envuelto en una nube, como pudiera un majo en su capa, porque es sabido que esta clase de visiones siempre aparecen entre nubes, aparecía indicarme con el dedo dos puertas, una enfrente de otra, en la una de las cuales se leía pasado, y en la otra futuro. Parecióme entonces que salía de su seno un ser más joven que él en verdad, pero semejante á aquellos hombres, que todos conocemos, en quienes la decrepitud y la muerte ha seguido muy de cerca á su nacimiento. En su frente se leía en letras gruesas 1834. Seguíanle, y fueron pasando ante mis ojos deslumbrados, doce mancebos, en cada uno de los cuales se veían sobre sus diversos atributos el nombre de un mes. Al pasar cada uno de ellos ante el primer venerable personaje, que iba á acabar con su existencia, hacíanle profundo acatamiento, lo cual me recordó á los hombres que siempre están más comedidos con quien peor los trata. Figuróseme que le daban cuenta exacta de su corta y efímera vida, y el anciano iba resumiendo los datos en un gran libro lleno de borrones y de enmiendas. «Según las mentiras que en ese libro se aciertan de lejos á divisar, dije para mí, debe de ser el libro de la historia». Así era efectivamente.
Pasados en revista los doce mancebos, y oídas sus revelaciones, á tiempo que iba á poner el último el pie en el dintel de una de las dos puertas, fué preciso escuchar la relación que, en descargo sin duda de su conciencia, hizo al Tiempo el segundo personaje, y de la cual, si mal no me acuerdo, hube de recoger los siguientes fragmentos.
«Al nacer, comenzó el buen viejo, que se veía morir, después de tan corta vida, encontré al mundo poco más ó menos como mis predecesores: reyes por todas partes mandando pueblos, pueblos por todas partes dejándose mandar por reyes. Engaños y falsedades, donde quiera, charlatanismo en todas partes, crédulos é ignorantes siempre erigiendo el edificio de su poder...
Encontré á España empezando á despertar de un sueño como el de Endimión, aparte la diferencia del número de los años. En política un manifiesto; barrera entre el despotismo y la libertad, existía oponiendo diques á todas las corrientes; yo le desbaraté, y la corriente de la libertad, sin verse expedita aún, halló rendijas y aberturas por donde penetrar é ir poco á poco fertilizando los campos. En mis primeros momentos de vida, en tiempo de máscaras por más señas, llamé al poder á un hombre todo esperanzas, de éstos de quienes se dice simplemente que prometen; pero no me estaba reservado ver en mi corta vida realizadas las promesas, y dudo que las vean mis sucesores cumplidas. Durante mi tiempo ha nacido un monstruo, el miedo á la anarquía; monstruo como el terror, pánico; él ha perseguido á mis hijos predilectos; él ha alargado la vida á los hijos de mis diez antepasados...