Sin salir del territorio de los Estados Unidos ni de los límites comparativamente reducidos de su historia, el señor Moore, en The American Congress, nos enseña que las primeras manifestaciones de este cuerpo aparecen algunos años después de la llegada de los separatistas o independientes, mal llamados puritanos, que en 1620 desembarcaron en la roca de Plymouth. Desde 1643, en efecto, las colonias de la bahía de Massachussetts, de Plymouth, de Connecticut y New-Haven, nombraron representantes que, reunidos en Boston, firmaron los artículos de la confederación de las colonias unidas de Nueva Inglaterra, en que se halla el gérmen de la unión federal posterior; y en 1690 se hizo la primera convocación de un congreso general de dichas colonias, para adoptar medidas de salvación común contra las depredaciones de las tribus indias llamadas de las Seis Naciones, ayudadas por los pobladores franceses del Canadá. Desde aquella época en adelante, el congreso se reunió cada vez que las colonias necesitaron efectuar arreglos para la protección de su frontera interior.
La más notable de estas asambleas es la que se constituyó en Albany, en la colonia de Nueva York, en 1754. Concurrieron 25 delegados y entre ellos se encontraba Benjamín Franklin, que presentó la propuesta de unión, conocida con el nombre de «plan de Albany», según la cual las colonias debían formar un solo cuerpo, con un gobierno general nombrado por la corona y un gran consejo de delegados elegidos por las legislaturas coloniales, proyecto que más tarde fué rechazado por éstas, así como por el parlamento británico.
La imposición del impuesto del timbre en las colonias británicas y en las plantaciones de América, indujo a James Otis a presentar a la legislatura de Massachussetts, el 6 de junio de 1765, un proyecto de convocación de un congreso de representantes de todas las colonias, que debía reunirse en la ciudad de Nueva York, con el objeto de concertar su actitud enfrente de aquel acto del parlamento. De las trece colonias, ocho respondieron al llamamiento, y el 7 de octubre del mismo año aquella asamblea inauguró sus sesiones en la casa municipal de Nueva York. Ese congreso denominado «de la ley del timbre»—dice Mr. Moore—fué el primero convocado en América por el pueblo, pues los otros se reunieron por autoridad real. Se componía de hombres hábiles, patriotas e instruídos. Ellos eran enteramente leales a la corona, pero creyentes firmes y abogados de los derechos coloniales, estaban resueltos a hacer una enérgica protesta contra lo que consideraban una audaz violación de aquellos derechos.
La primera chispa del espíritu de emancipación había sido encendida, y sus efectos iban a propagarse desde entonces con la rapidez del incendio. Los acontecimientos se precipitaban, ahondando cada vez más las diferencias y antagonismos que existían entre las colonias y la metrópoli. El «partido del te», en 1773 estaba llamado a romper violentamente el frágil vínculo que ligaba a la madre patria y sus hijos. El muelle de Griffin, en la bahía de Boston, fué el escenario del primer acto de la tragedia. El partido británico, para castigar a la colonia rebelde y vengar la afrenta recibida, cerró al comercio el puerto en cuyas aguas había flotado el té de las cajas despedazadas por la furia popular, trasladando a Salem la sede de gobierno.
Las colonias hermanas sintieron inmediatamente la ofensa: Virginia, Nueva York y Rhode Island propusieron la reunión de un congreso continental y su idea fué aceptada por las demás, que encargaron a Massachussetts designar la fecha de la instalación de la asamblea. El 17 de junio de 1774, Samuel Adams introdujo secretamente una resolución en la legislatura de Massachussetts, reunida todavía en Salem, y ella fué votada antes que los empleados del rey pudieran disolver aquel cuerpo. Esa resolución convocaba al congreso continental que debía reunirse en Filadelfia el 10. de septiembre de 1774.
En aquella fecha, la mayor parte de los delegados al congreso había llegado a Filadelfia, y se había alojado en la taberna de la City, una posada famosa «por su trato de los hombres y los animales». La ciudad elegida, fundada en 1682 por William Penn, ocupaba un puesto de gran importancia en el territorio poblado americano y mantenía un extenso comercio con Inglaterra. Su población llegaba a 20 mil habitantes, cuáqueros en su mayoría.
Cuando se piensa en la soberbia metrópoli actual, la descripción que de ella nos hace Mr. Moore, despierta un interés mayor: «La ciudad tenía algunas casas buenas de ladrillo y piedra y numerosas de madera. Había en ella 12 iglesias, cerca de 300 tiendas y almacenes, unas pocas fábricas, un teatro donde la representación empezaba a las 6 de la tarde y un diario, el Pennsylvania Packet, fundado por John Dunlap en 1771. En su recinto vivían muchas familias de fortuna, y las que no eran cuáqueros, daban bailes y comidas elaboradas y socialmente eran muy alegres. Los cuáqueros se vestían con gran sencillez, pero algunos daban fiestas generosas. La sociedad de Filadelfia era tal vez más conservadora que la de Boston o la del Sur, pero tenía mucho patriotismo y sostenía empeñosamente la causa de las colonias.»
Para la reunión del congreso se ofreció la State-House, en que se congregaba la asamblea de Pennsylvania, pero para no interrumpir las sesiones de ésta, se declinó la oferta y se aceptó el salón de la Honorable Sociedad de los Carpinteros, una construcción anticuada, edificada en 1770, que se conserva aún en Filadelfia como una reliquia del tiempo colonial. «El 5 de septiembre de 1774, a las 10 de la mañana, los delegados,—refiere Mr. Moore,—formaron en línea enfrente de la City Tavern y en procesión solemne marcharon hasta el Carpenters Hall, inaugurando las sesiones del congreso continental».
La historia de la famosa asamblea ha sido escrita tan frecuentemente, que no parece oportuno repetirla en esta ocasión.—Ella ha sido sintetizada por Mr. Moore de una manera clara y comprensiva, pero lo que hace principalmente el interés de su narración no es la crónica de los procedimientos de aquel augusto cuerpo, aquella «constelación de dignidades» como se llamó en su tiempo, sino los retratos de sus principales miembros. En aquella galería figuran el presidente Peyton Randolph, de Virginia, de 53 años de edad, presencia fina y cortesana, hombre prominente en asuntos coloniales, antiguo procurador general del rey, y a quien se aplicó antes que a Washington el epíteto de «Padre de su Patria», en un artículo del Gentlemen’s Magazine, publicado en julio de 1775; luego, el secretario Charles Thompson, un pobre muchacho irlandés, que, con once años de edad, llegó a América en 1730, adquirió en ella una alta educación, tradujo el Testamento griego, mereció ser llamado por los indios de Delaware, a causa de su integridad de carácter y rectitud de principios, «Wehwola ent», o «el hombre que dice la verdad», y de quien se cuenta, que «mientras fué secretario del congreso, era costumbre de los miembros llamarlo para verificar puntos debatidos, diciendo, «que venga la verdad o Thompson», pues su palabra se consideraba equivalente al juramento de cualquier otro. Y así desfilan sucesivamente Patrick Henry, el gran orador colonial; John Adams y su primo Samuel Adams, prominentes como oradores, pensadores y patriotas; Roger Sherman «the learned shoemaker» de origen humilde, pero llegado a las funciones de juez en la corte superior de Connecticut; John Dickinson, el autor de las celebradas Cartas de un chacarero (Letters from a Farmer); Richard Henry Lee, una de las lumbreras del debate; Benjamín Harrison, tatarabuelo del ex presidente Harrison, otro virginiano de nota, rico, elegante y distinguido; y last but not least, George Washington, que acababa de cumplir 42 años, y era el más notable soldado de América, famoso por sus galantes servicios en las guerras contra los franceses y los indios. «Poseía—dice Mr. Moore—en no pequeño grado, las cualidades del estadista afortunado. No era ni muy instruído ni elocuente, pero como Patrick Henry dijo de él: Si os referís a la sólida información y al juicio sano, el coronel Washington es indudablemente el hombre más grande de este recinto». Como mandaba las tropas de Virginia, apareció en su uniforme militar. Tenia seis pies y dos pulgadas de alto y un cuerpo amplio, muscular, que en su vistoso traje le daba una apariencia conspícua. El y Harrison eran los miembros más altos del congreso. La historia no consigna sino de una manera imperfecta, la parte que tomaron cada uno de estos ilustres próceres en las deliberaciones, pues el congreso continental sesionó a puertas cerradas, todos sus procedimientos fueron secretos, no se publicaron actas oficiales de sus debates y todo lo que conocemos sobre ellas, es lo que se dice en forma fragmentaria en las cartas y diarios de dos o tres de los principales delegados.
El segundo congreso continental se reunió el 10 de mayo de 1775, en la State-House, cuyo nombre, después de la declaración de la independencia, fué cambiado por el de Independence Hall, que conserva hasta el día. El 19 del mes anterior había tenido lugar la batalla de Lexington, que empezó la larga serie de combates de la revolución norteamericana. En aquellos momentos solemnes la asamblea asumió en sí todas las funciones de un gobierno que se denominó «Gobierno revolucionario» y que continuó hasta 1781, en que se adoptaron los artículos de la confederación. John Hancock, miembro de la delegación de Massachussetts, hijo de un clérigo prominente e ilustrado, fué elegido presidente en reemplazo de Peyton Randolph y en contraposición con Benjamín Harrison, elegido por la delegación de Virginia y que declinó este cargo, votando por su rival. Desde entonces John Hancock fué considerado el jefe ejecutivo de las colonias y respetado como tal. «Se cuenta—dice Mr. Moore—que Mr. Harrison, que era un hombre de gran fuerza y tamaño, viendo que el presidente Hancock vacilaba modestamente en ocupar el sillón, lo levantó en sus brazos musculosos y lo condujo al sitio de honor como si fuera un niño, con gran diversión del congreso. Depositando en salvo su preciosa carga, Mr. Harrison, dijo: Señores: mostremos a la madre Bretaña, cuán poco nos preocupamos de ella, haciendo nuestro presidente a un hombre de Massachussetts, que ella ha excluído de perdón por proclama pública». Desde el primer momento aquella asamblea estuvo principalmente ocupada de medidas de guerra. En las primeras sesiones se leyeron los partes de la batalla de Lexington, de la captura del fuerte Ticonderoga y de Crown Point. John Adams propuso que se adoptara el ejército reunido en las cercanías de Boston, y Thomas Jefferson indicó la conveniencia de nombrar comandante en jefe de dicho ejército al coronel Jorge Washington. La respuesta del noble soldado, es una de las más sencillas y elocuentes que registran los anales humanos.