Hasta entonces, Georgia no había enviado delegados. Al fin de septiembre de 1775, se reparó aquella omisión, y como entonces todas las colonias estaban representadas en el congreso, éste se llamó de las «Trece Colonias Unidas». Mr. Moore se ocupa detenidamente de las principales medidas adoptadas por la histórica asamblea, entre ellas la organización de la escuadra y del ejército revolucionario. La lógica de los acontecimientos conduce a la separación de la madre patria, y el cuadro de las vacilaciones, del choque de las ideas adversas de los representantes de las colonias, da tema al autor de The American Congress para trazar algunas páginas palpitantes. La crónica de las memorables sesiones del 2, del 3 y del 4 de julio de 1776, en que se adoptó y proclamó la declaración de la independencia redactada por Jefferson, es especialmente interesante. La declaración se publicó en el Evening Post de Filadelfia el 8 de julio y el mismo día a las 12 fué leída desde una alta plataforma en el patio de la State-House por John Nixon, después de cuya ceremonia la campana de la torre del edificio dejó oír sus notas vibrantes, obediente al lema grabado en el bronce sonoro: «Proclama la libertad a través de nuestra tierra y a todos los que habitan en ella». En diciembre de 1776, el congreso invistió a Washington de poderes extraordinarios en adición de los que le fueron conferidos como comandante en jefe de las tropas revolucionarias. En junio 14 de 1777, resolvió que «la bandera de los trece Estados Unidos deberá componerse de trece fajas alternativamente rojas y blancas; y la unión deberá estar indicada por trece estrellas blancas, en campo azul, representando una nueva constelación». Después, el congreso se trasladó sucesivamente a Baltimore, Lancaster y York, regresando nuevamente a Filadelfia, para evitar ser capturado por las tropas británicas. La obra patriótica de la asamblea fué coronada con la proclamación ante el mundo de los artículos de la confederación, que tuvo lugar en Filadelfia el 10. de marzo de 1781, y desde entonces ella cambió su antiguo nombre por el de «Congreso de la Confederación».
La lucha revolucionaria termina virtualmente en el mismo año, con la rendición de Cornwallis, en Yorktown. El tratado de paz entre las colonias emancipadas y la madre patria se firmó en septiembre de 1783. «El general Washington,—dice Mr. Moore, se despidió de sus oficiales en Nueva York, el 4 de diciembre de 1783 e inmediatamente partió para Annapolis, donde el congreso celebraba sus sesiones en la antigua casa del estado de Maryland, para dar cuenta de su misión de comandante en jefe. Llegó a aquel punto el sábado 20, habiendo, durante el camino, recibido ovaciones del pueblo que lo aclamaba como salvador de la patria. El lunes siguiente se le ofreció un banquete dado en su honor por el congreso; y el martes 23 de diciembre se le acordó una audiencia en la cámara legislativa, que rebosaba con los delegados y espectadores, entre los cuales se encontraba su esposa Marta Washington, acompañada de sus dos nietos Nelly y Parke Custis. Afuera el pueblo llenaba el aire con aclamaciones entusiastas al héroe de la nación.»
Después de permanecer durante un año en Annapolis, el congreso se trasladó a Trenton y luego a Nueva York, donde permaneció durante cuatro años, hasta ser disuelto por el cambio de gobierno consiguiente a la jura de la constitución en 1789.
El primer congreso reunido bajo el imperio de la nueva constitución celebró sus sesiones en la misma ciudad, en Wall Street, hoy centro del mundo financiero, y en el edificio que todavía se conserva y que hoy está ocupado por la subtesorería de los Estados Unidos. «El edificio,—nos informa Mr. Moore,—fué edificado con ladrillo y piedra en 1700, costó 20.000 pesos y era considerado «una construcción muy imponente». En él tenían sus oficinas el presidente de la municipalidad, el concejo comunal, las cortes; y además servía de local a la biblioteca pública y hasta a la cárcel del condado. El congreso del timbre de 1765 se congregó en él, y allí tuvieron lugar muchas de las sesiones del congreso continental. Cuando se determinó transformar el viejo edificio en un «salón federal» para el nuevo congreso, los comerciantes de Nueva York suscribieron pesos 32.500 con ese propósito y la obra fué puesta en manos del mayor Pierre Charles L’Enfant, un ingeniero y arquitecto parisiense que llegó a América en 1777 y sirvió con honor en el contingente francés mandado por el conde d’Estaing. Después de la guerra, L’Enfant se estableció en Nueva York, donde hizo los planos de la iglesia de San Pablo y otros edificios, y finalmente, ganó la inmortalidad trazando el de la hermosa ciudad de Washington.»
Nada más curioso y característico que la narración que hace Mr. Moore del viaje de la comisión del congreso encargada de comunicar a Washington su elección de presidente de los Estados Unidos y el regreso de ella en compañía del héroe aclamado por las poblaciones del tránsito. Al leer esas páginas se respira un perfume de pureza y de sencillez republicana que conforta el espíritu y lo reanima. La altura moral de aquel hombre admirable y su dignidad tranquila, resaltan en cada una de las acciones de su vida; pero nada es más propio de su carácter ni lo retrata mejor que las cortas líneas que escribió en su diario, al despedirse de su mansión campestre para acudir al puesto de honor que se le confiaba:—«A eso de las diez de la mañana, dí mi adiós a Mount Vernon, a la vida privada y a la felicidad doméstica; y con una mente oprimida con sensaciones más penosas que las que puedo expresar por medio de palabras, salí para Nueva York con la mejor disposición para servir a mi patria en obediencia a su llamado, pero con menos seguridad de responder a sus esperanzas.»
La figura del estadista que trazó las líneas anteriores aparece hoy a los ojos de la posteridad como una de esas organizaciones elevadas que honran a nuestra especie y dignifican la humilde arcilla humana. Las pasiones políticas de su tiempo, sin embargo, se ensañaron más tarde en ella con ferocidad que en el día parece incomprensible. El pretexto de la denigración, o, por mejor decir, uno de los pretextos, pues ya había sido víctima de los tiros venenosos de Freneau en la National Gazette, en que también colaboró Jefferson, no obstante pertenecer al gabinete de Washington,—fué el tratado negociado por Jay con la Gran Bretaña. «El padre de su patria—escribe Mr. Moore—fué asaltado con una tormenta de vituperio, que en cuanto a malignidad, a indecencia y a carácter ofensivo, no ha tenido igual en la historia política americana. Los periódicos llenaban sus columnas con escandalosos artículos sobre la conducta de Washington en los asuntos públicos, y en las calles, en las reuniones públicas, donde quiera que se juntaban los indignados opositores al tratado, se propalaban viles calumnias sobre su carácter y su vida privada... Se le acusaba de violar la constitución y hasta se le amenazó con el juicio político... Thomas Paine tuvo la audacia de escribir a su respecto «que era traidor a la amistad privada e hipócrita en público», y que «el mundo encontrará difícil decidir si usted es un apóstata o un impostor; si usted ha abandonado los buenos principios o si jamás ha tenido ninguno». Tan malévolas y crueles fueron las acusaciones, que Washington exclamó amargado: «Preferiría estar en la tumba a estar en la presidencia». En una carta a Jefferson, añadió: «Soy acusado de enemigo de América, de someterme a la influencia de un país extranjero, y para probarlo, cada acto de mi administración es torturado... en términos tan exagerados e indecentes, que podrían apenas aplicarse a un Nerón, a un notorio desfalcador, o a un ratero vulgar (a common pickpocket)».
Continuar paso a paso, como lo hace Mr. Moore, esta crónica legislativa, equivaldría a trazar la historia de la Unión americana misma. Detengámonos solamente en algunos detalles interesantes recordados en su libro y que se relacionan con el congreso.—Tales son los que se refieren al Capitolio.—El 18 de septiembre de 1793, se colocó en Washington la piedra fundamental del soberbio edificio, después de una amarga controversia entre el arquitecto francés Hallate y el inglés Thornton, que presentaron planos para su construcción, y el primero de los cuales pretendía que el segundo le había sustraído la idea de dichos planos. Al fin los comisionados del gobierno fallaron la causa en favor de Thornton, a quien se concedió el primer premio, mientras a Hallate se le dió el segundo premio de 250 pesos y fué nombrado uno de los arquitectos del Capitolio con sueldo anual de 2.000 pesos. La ciudad de Washington, en aquel año, no era sino un vasto desierto pantanoso, donde se alzaban unas cuantas casas dispersas en la inmensa soledad poblada de arboledas. Hasta 1800 no fué posible habilitar el edificio del congreso, y el 17 de noviembre de aquel año las sesiones del de la sexta legislatura se celebraron en el ala norte del Capitolio, que aún no estaba completa. Los que visitan hoy el admirable monumento y sus alrededores, no pueden menos de admirar la anticipación, genial que tuvieron de la grandeza futura de su patria, sus promotores y constructores. Bajo la presidencia de Jefferson, que acostumbraba pasear a caballo por las calles de Washington, visitando a sus amigos e inspeccionando los trabajos urbanos, la obra recibió un nuevo impulso con el nombramiento de Benjamín Henry Latrobe, que completó sus dos alas ligándolas entre sí por un puente de madera.
En 1812 estalló la guerra con la Gran Bretaña, «la segunda guerra de la independencia», como ha sido popularmente llamada. Después de varios encuentros en que la fortuna de las armas traicionó en tierra a los americanos, en agosto de 1814, una escuadra británica, mandada por el almirante Cockburn, bajó de la bahía de Chesapeake al río Patuxent y desembarcó un cuerpo de ejército, a las órdenes del general Ross, que se dirigió a la capital por territorio de Maryland. La resistencia opuesta por el general Winder, que mandaba las tropas americanas, fué inefectiva. «El ejército invasor,—dice Mr. Moore,—entró en Washington en la tarde del 24 de agosto y acampó en los jardines del Capitolio. Los soldados hicieron algunas descargas a las ventanas del «abrigo de la democracia yankee», como el almirante Cockburn llamó al edificio, y luego penetraron al ala usada por la cámara de representantes. Cockburn fué escoltado hasta la silla del presidente por el general Ross y con un fino despliegue de dignidad legislativa, llamó a la asamblea al orden en medio de aclamaciones y risas. Preguntó si el edificio debía ser quemado. «Todos los que estén por la afirmativa, digan sí»—vociferó. Hubo una respuesta unánime y se dió entonces la orden de aplicar la antorcha. Los soldados despojaron a la biblioteca de sus libros y sus cuadros y los amontonaron en el centro del recinto de la cámara. El fuego se propagó rápidamente por el Capitolio, que en menos de una hora quedó convertido en ruinas. La casa del presidente y otros edificios públicos fueron incendiados. Después de destruir una buena parte de la ciudad, los ingleses se retiraron silenciosamente la noche siguiente, se embarcaron y se dieron a la vela».
Con el incendio del Capitolio, el congreso se vió obligado a celebrar un período de sesiones en el Union Pacific Hotel, edificio erigido en 1793, y llamado comúnmente el Gran Hotel por la amplitud de sus proporciones. En ese tiempo se habló mucho de trasladar la sede del gobierno a Nueva York o Filadelfia, pues las condiciones de Washington como lugar de residencia eran muy deficientes y el partido que sostenía la traslación fué llamado de los «capital movers». Sin embargo, los partidarios de Washington prevalecieron y en 1815 se autorizó, por ley, al secretario del tesoro para hacer un empréstito de medio millón de dólares con el objeto de aplicar esa suma a la reconstrucción de los edificios del gobierno. Una casa grande adyacente a la parte oriental del Capitolio fué alquilada por el congreso, mientras se edificaba el nuevo Capitolio, bajo los planos de Latrobe, a quien pertenecen todos los honores de la nueva forma grandiosa que revistió más tarde el soberbio palacio.
El congreso decimocuarto se distinguió principalmente por su sanción de la tarifa promulgada en 1816. Ella fué la primera que intentó proteger eficazmente lo que Madison llamó «the infant industries» de los Estados Unidos. Hasta aquel tiempo—escribe Mr. Moore—las tarifas de aduana habían tendido principalmente al propósito de asegurar renta, quedando en segundo término el sistema de protección, poco favorecido por los grandes partidos políticos. En 1790, Alejandro Hamilton, en un informe sobre manufacturas, abogó en favor de la política proteccionista de las industrias domésticas, pero nada se hizo en este sentido hasta 1812. Las manufacturas del país habían adquirido cierta importancia, particularmente durante el período del embargo de 1808 a 1811 y las ventajas de desarrollarlas por medio de la protección fiscal se discutieron con empeño. Al empezar 1812 los derechos de importación fueron doblados, como una medida de circunstancias.