Mientras la guerra progresó, la importación europea disminuía y aumentaba la producción doméstica monopolizando el mercado americano... Las condiciones cambiaron con la terminación de la lucha, y el influjo del comercio exterior obligó a los manufactureros a clamar por protección. Los armadores de Nueva Inglaterra, cuyos navíos transportaban una buena porción de importaciones, se opusieron al pedido. Temían perder el comercio exterior de transporte y denunciaban la protección «como una simple prolongación de ese plan de restricción comercial y de intervención oficial que ha envuelto al país en tantas calamidades». El antagonismo de tendencias económicas a que se refiere Mr. Moore subsiste hasta hoy y acaba de manifestarse nuevamente con motivo de las negociaciones con Canadá. De todos modos, la tarifa de 1816 estableció derechos específicos moderados y derechos ad valorem que fluctuaban entre 7 ¹⁄₂ y 30, y fueron los votos del Sur y del Oeste los que la hicieron triunfar en las cámaras legislativas.

El congreso décimosexto se hizo memorable por la resolución del problema político conocido en la historia parlamentaria de los Estados Unidos por «Missouri Compromise», la transacción de Missouri. «Los estados libres y los estados esclavócratas—dice el distinguido profesor Goldwin Smith sintetizando este episodio—habían sido hasta entonces admitidos por parejas en la Unión, un estado esclavócrata y uno libre, de manera que se conservaba el balance político entre los dos intereses, no en la cámara de diputados en que la representación era por número de habitantes, sino en el senado, en que cada estado grande o pequeño, tenía dos miembros. El pedido de Missouri, que forma parte de la compra de la Louisiana y en el cual prevalecía la esclavitud, para ser admitido como estado, amenazó desequilibrar la balanza y despertó el latente pero mortal antagonismo reinante entre la libertad y la esclavitud. La conciencia nacional, aunque entorpecida por la política, nunca había estado enteramente dormida. Entre los cuáqueros de Pennsylvania, ella permanecía despierta. Los enemigos de la esclavitud pidieron su exclusión de Missouri como una condición previa de su entrada en la Unión. Su lucha con los partidarios de la esclavitud fué larga y enconada. Ella produjo una colisión entre la cámara nacional y el senado federal. Cuando la cuestión estaba aparentemente arreglada, la disidencia rompió en una nueva forma. Pero al fin prevaleció el temor por la estabilidad de la Unión, que en aquel tiempo había llegado a ser objeto de veneración general, y se llegó a una transacción por la cual todo el territorio al norte del paralelo 36 grados 40 minutos, con excepción del incluído en Missouri, quedaba asegurado en favor de la libertad y todo el territorio al sur de esta línea era abandonado a la esclavitud. La balanza política al mismo tiempo fué equilibrada por la admisión simultánea de Maine, y la tregua obtenida de este modo duró por 20 años, probando por su duración la importancia suprema que daba a su Unión el pueblo americano.»

En el primer cuarto de siglo, el congreso americano contó con leaders que no han sido reemplazados hasta hoy. Las figuras de Henry Clay, de Daniel Webster, de John C. Calhoun y de Thomas Hart Benton,—se destacan de las páginas de Mr. Moore con un relieve extraordinario. Nada más tentador que detenerse en la pintura de estos caracteres eminentes, recordando algunos de los rasgos de su personalidad, como lo ha hecho el autor de The American Congress y como acaba de hacerlo Mr. Oliver Dyer en su interesante estudio sobre el «Gran triunvirato» publicado bajo el título de Giants of the Past and fiery issues. Es necesario limitarse para no alargar demasiado este boceto, a dejar constancia de algunas costumbres peculiares que menciona Mr. Moore y que prevalecían en la cámara. Así, «los diputados se sentaban siempre en la cámara con sus sombreros puestos, costumbre que venía desde el congreso continental. Se consideraba una muestra de gran honor por parte de la cámara el «descubrirse» por algo o por alguien. El speaker cuando se levantaba para llamar la atención de la asamblea, se quitaba el sombrero. Hacia 1830 se establecieron cuartos de perchas y gradualmente fué extinguiéndose el hábito de conservar el sombrero durante la sesión. En ambas casas del congreso había grandes urnas de plata llenas del más escogido y fragante rapé «Maccaboy» y «Old Scotch», colocadas de manera que los miembros pudieran usarlo libremente. El uso del rapé era entonces muy común y no era raro ver a un orador desbordando de elocuencia en el recinto de la casa o del senado, interrumpirse repentinamente, caminar hasta la urna del rapé, llenarse la nariz, estornudar dos o tres veces, hacer flamear un pañuelo a cuadros y después regresar a su puesto y reasumir su arenga... Los representantes durante un número considerable de años fueron muy aficionados a una bebida conocida por «switchel» y era una parte del deber diario de cierto empleado fabricar una generosa provisión de dicho refresco. El «switchel» se componía de melaza, gengibre y agua pura de la celebrada fuente del Capitolio, todo «perfumado» con el más fino ron de Jamaica. Se consumía muchos galones diarios de la bebida y cuando el debate era apasionado, la provisión era renovada varias veces. En cada casa había cortadores de plumas especiales, que enmendaban las plumas de ganso usadas por los miembros, así como selladores oficiales que se ocupaban solamente en sellar con lacre rojo todas las cartas y paquetes. Era costumbre hacerlo todo de una manera muy formal y los métodos simples estaban proscriptos del recinto.»

La tarifa de 1828 produjo aquel gran debate que se recuerda todavía como el más elocuente que registran los anales parlamentarios de la gran república. El duelo oratorio entre Robert Y. Hayne, de South Carolina, «el Aquiles del Sur», y Daniel Webster, el eminente campeón de Nueva Inglaterra, es un episodio clásico de la leyenda legislativa americana y él figura en todos los tratados políticos como un modelo para las generaciones futuras. El triunfo obtenido por la soberbia arenga de Webster desconcertó por un tiempo a sus adversarios, pero las ideas de independencia absoluta o de separatismo permanecían latentes, manifestadas en la famosa «Ordinance of Nullification», que dió motivo a Calhoun para medir sus armas con el vencedor de Hayne. En aquel torneo tomó también una parte prominente Thomas Hart Benton y sus resultados, favorables a la integridad de la Unión, se sintetizaron en la ley de aduana de transacción de Clay, promulgada en 1833. «Cuando se preguntó al general Jackson, muchos años después,—dice Mr. Moore—qué medida hubiera tomado con Mr. Calhoun y los otros nulificadores si ellos hubieran persistido en su camino, él replicó con su antiguo ardor: «Colgarlos, señor, colgarlos. Habrían servido de escarmiento a los traidores de todos los tiempos y la posteridad lo hubiera considerado la mejor acción de mi vida».—Otro debate memorable tuvo lugar con motivo de la ley de concesión del Banco de los Estados Unidos, vetada por el presidente Jackson en abierta oposición con la mayoría de los legisladores. Los representantes de los whigs o republicanos nacionales, en aquel tiempo, contaban con miembros eminentes en el congreso, como sucedía también con los demócratas. En el elenco de aquel alto cuerpo figuraban los nombres de siete futuros presidentes de los Estados Unidos, Polk, Buchanan, Johnson, Pierce, Tyler, Fillmore y Lincoln.

La anexión de Tejas y la guerra de México, que fué su consecuencia, dió motivo a largas discusiones, relatadas por Mr. Moore de una manera clara y comprensible. No está de más extractar la narración sucinta que nos hace de este episodio histórico. La inmensa región de más de 200.000 millas cuadradas que los Estados Unidos reclamaron como una parte de la compra de la Louisiana, pero que fué entregada a España en cambio de la cesión de Florida, llegó a ser una provincia o departamento de México conocido por Tejas. En 1820, un residente de Missouri, llamado Moses Austin, que conocía la fertilidad de la región, obtuvo una concesión de las autoridades españolas para establecer en Tejas una colonia americana... La colonia de Austin fué seguida por otras y pocos años después hubo varios miles de americanos establecidos en Tejas. Declarada la independencia de México, en 1834 el general Santana, a la cabeza de un ejército de mercenarios, se alzó contra la constitución mejicana, abolió la soberanía de los estados y con el título de presidente, se hizo jefe de un despotismo militar. Todos los estados, excepto Tejas, le rindieron sus armas, y en octubre de 1835 el general Cos fué enviado a Tejas para forzarlo a la obediencia... Los tejanos se organizaron en compañías y lograron desalojar al general Cos de sus fortificaciones en San Antonio primero y luego del territorio del estado. Entretanto, el pueblo declaró la independencia y adoptó el nombre de República de Tejas... Tres meses después de la derrota del general Cos, la República de Tejas fué invadida por Santana con un ejército de 5.000 hombres, que fueron también derrotados en la batalla de San Jacinto por una fuerza bajo el mando del general americano Sam Houston. Santana reconoció la independencia de la república y aceptó al Río Grande como límites entre México y el nuevo estado. El congreso mejicano, sin embargo, desaprobó el acuerdo, pero como ninguna tentativa se hizo por parte de México para restablecer su soberanía, los Estados Unidos, a la par de Inglaterra, Francia y Bélgica, reconocieron la nueva república. Poco tiempo después Tejas pidió ser admitida en la Unión Americana. Rechazada dos veces su tentativa, la cuestión de la anexión llegó a apasionar la opinión pública y a convertirse en un asunto de primordial interés. El sur, que trataba de extender el territorio esclavócrata, favorecía la anexión, mientras el partido llamado del libre suelo se oponía fuertemente a ella. Al fin triunfaron los primeros y Tejas fué admitido como estado, produciendo la guerra con México, en que tan mala suerte cupo a la vecina república, desmembrada por el vencedor.

La acción del congreso americano durante la rebelión que puso en peligro la existencia de la Unión, llena un crecido número de páginas de la obra interesante de Mr. Moore. Las agitaciones de aquellos días tumultuosos, las diversas medidas financieras adoptadas para proveer recursos con que llevar a cabo la lucha gigantesca, todos los incidentes dramáticos de la época, desfilan a nuestros ojos en una sucesión brillante, hasta concluir con la enmienda décimatercia de la constitución que hizo al presidente Lincoln el emancipador de cuatro millones de esclavos. No menos interesante que la historia de aquellos acontecimientos, llenos de lecciones políticas y morales, es la narración del juicio político del presidente Johnson.

Los demás detalles contenidos en la obra que me ha dado ocasión para hacer esta rápida revista de una parte de la vida legislativa americana, tales como la ley de compra de plata de Sherman, la tarifa MacKinley, el arbitraje del mar Behring, y las terribles escenas que presenció el senado cuando Mr. Blaine exhibió las cartas de Mulligan, son demasiado conocidos y recientes para que sea necesario sino mencionarlos de paso. Baste decir que en el curso de los años, el prestigio del congreso americano ha crecido constantemente y, a pesar de algunos pasajeros eclipses, el nivel de sus deliberaciones ha sido siempre digno de la grandeza y altura moral de la gran república. Los problemas que está llamado a afrontar ahora van a poner como nunca a prueba las dotes de estadista de sus miembros y el sentimiento de justicia de que ellos están animados. Las miradas del mundo entero están fijas en la próxima asamblea y pronto veremos si ella amengua o enaltece la gloriosa tradición de los padres de la república.

X
MARAVILLAS DE LA PISCICULTURA

La Comisión de Pesquerías de los Estados Unidos se fundó por una ley del Congreso de 9 de febrero de 1871 que autorizó el nombramiento de un funcionario con el título de Commissioner of Fish and Fisheries. Sus deberes fueron definidos de la siguiente manera: «Emprender investigaciones a propósito de la diminución de peces valiosos, con el objeto de averiguar en qué partes de las costas y lagos de los Estados Unidos se había producido dicha diminución y en qué proporción: las causas de la misma; las medidas de precaución, de prohibición o protección de la pesca que debían adoptarse en dichas circunstancias». Para desempeñar ese cargo, fué nombrado el profesor Baird, eminente hombre de ciencia que se encontraba en la primera fila de los investigadores biológicos y autor de centenares de memorias que le habían conquistado una reputación universal. Bajo la dirección acertada de aquella eminente persona,—se ha dicho con razón,—la ciencia pura y aplicada empezaron a obrar juntas en la Comisión de Pesquerías con sus representantes respectivos trabajando en los mismos laboratorios, hasta el punto de que el éxito de la piscicultura en los Estados Unidos valió a su iniciador, en 1880, el gran premio de la Exposición Internacional de Berlín, por la cual fué designado «el primer piscicultor del mundo».

Los trabajos de la comisión se dividieron en tres secciones: