El cura Morelos fué pasado por las armas, previa la degradación, el 22 de diciembre de 1815. Pero vive en la historia y en todos los corazones mejicanos.


ITURBIDE

En 1783 nació en Valladolid, hoy Morelia, un niño que fué bautizado con el nombre de Agustín. Los padres de la tierna criatura se hubieran horrorizado si hubiesen leído su horóscopo. Nació con mala estrella; presidió su destino la negra fatalidad. El que pudo ser libertador de un pueblo, fundador de una República, hijo predilecto de su patria, sólo tiene en la historia dos páginas tristes y apenas vive en la memoria del pueblo. Sus actos más notorios, los hechos culminantes de su vida, no responden en manera alguna á la conciencia nacional, no se ajustan al noble ideal americano, están fuera de la realidad histórica de Méjico.

Agustín Iturbide nació predestinado á las dos más afrentosas desdichas: á ser emperador y á morir á manos de los suyos; á convertirse en tirano de sus compatriotas y á que éstos le arrancaran violentamente la vida. Cuando él se decidió, demasiado tarde para su prestigio, por la causa de la Independencia, ésta se convirtió rápidamente en hecho consumado. Su concurso no pudo ser más eficaz y sus partidarios le llamaron «el Libertador». Pero el pueblo, que penetra con sagaz instinto en las intenciones de los hombres públicos, descifró el pensamiento de Iturbide y no creyó nunca en su sinceridad.

Las desconfianzas del pueblo se vieron confirmadas. Iturbide se movía por impulsos de interés, no por móviles patrióticos ni liberales.

Haremos, sin embargo, una breve reseña de su vida y un conciso relato de su muerte, para que sirvan de enseñanza al mundo y de escarmiento á caudillos ambiciosos.

Ingresó Iturbide en el ejército de la colonia ó del virreinato mejicano, como subteniente, cuando sólo contaba quince años. Fué favorecido en su carrera por la protección de sus deudos y de sus amigos, y ya era teniente del ejército español cuando el cura Hidalgo dió el grito de Independencia.