En la acción de las Cruces recibió el bautismo militar, el bautismo de sangre, pues allí se batió por la primera vez entrando en fuego con las tropas de Trujillo. Se portó bizarramente, mereciendo plácemes de sus compañeros los jefes y oficiales españoles. Su comportamiento le valió el ascenso á capitán.

Desde entonces no cesó de batirse por el rey, obteniendo grados y condecoraciones en los campos de batalla. Al poco tiempo fué nombrado coronel, pasando previamente por todos los grados inferiores. Sus mismos compañeros aplaudían los ascensos que se le otorgaban, reconociendo que los merecía por su serenidad en los combates y por la tenacidad con que perseguía á sus compatriotas insurgentes. Solamente el obispo Abad y Queipo censuraba los ascensos y los elogios que se prodigaban á Iturbide, anunciando que sería traidor.

Las ejecuciones sucesivas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Mina y otros muchos, no consiguieron domar la insurrección. Por todas partes brotaban guerrilleros, y la lucha continuaba entre mejicanos y españoles sin que le pusieran término los fusilamientos, los cadalsos, las victorias de Calleja ni las de Iturbide. Éste fué quien capturó al indómito republicano Albino García, que no le daba tratamiento ni al mismo Hidalgo, porque él «no reconocía más alteza que la de los cerros».

Así llegó el año de 1820. Se supo en Méjico la revolución de España contra el malvado, pérfido, ingrato Fernando VII, ese monstruo de tiranía, de corrupción y de perversidad. Riego, al frente de sus tropas (que debían embarcarse para América) dió el grito de libertad y acabó por el momento con el absolutismo. Ciertos mejicanos, sometidos hasta entonces al poder absoluto de los reyes, empezaron á considerar que el triunfo de Riego y de la libertad en la Península era una amenaza para sus títulos, propiedades, fueros, pragmáticas y preeminencias. Temían que los gobiernos liberales, entrando por la vía de las reformas, acabaran con sus privilegios y con otras injusticias. «Para conservar, decían, los derechos de la religión, de la aristocracia y de las leyes, es necesario romper con el liberalismo.»

Y en efecto, conspiraron por la Independencia los mismos que habían aplaudido las ejecuciones y persecuciones contra los independientes. Sedujeron á Iturbide haciéndole entrever una corona. Acordaron separarse de la metrópoli, constituyendo aparte una monarquía absoluta, católica y militar. En lo que no se hallaban todos de acuerdo era en la persona del monarca, pues unos pensaban seriamente en Iturbide y otros querían que fuese un príncipe de sangre real. Pensaron algunos hasta en Fernando VII para hacerlo emperador.

Iturbide no dudó; sus ideas realistas y su ambición personal le inclinaron á ceder á las sugestiones de sus deudos y de sus amigos, ofreciendo hacer él mismo la revolución. Pero antes consideraba preciso acabar con los republicanos, con los insurgentes, como él los llamaba todavía.

El caudillo más importante que continuaba en pie sosteniendo en el sur la bandera de la revolución, era sin duda Guerrero. Iturbide consiguió que el virrey le confiara las fuerzas necesarias para combatirlo, prometiéndose acabar con él y sublevarse á su vez en ocasión oportuna. Sus bastardas miras no pudieron realizarse enteramente á su gusto, pues Guerrero no se dejó batir con tanta facilidad.

Entonces Iturbide prefirió entenderse con el caudillo revolucionario, proponiéndole tres bases para un acuerdo: unión, religión, independencia.

Guerrero aceptó las bases, y con gran desprendimiento se puso á las órdenes de Iturbide. Éste proclamó públicamente el famoso plan de Iguala ó de las tres garantías, que era el programa de los conservadores.

El 24 de febrero de 1821 comunicó Iturbide desde Iguala su famoso plan, no solamente á sus amigos, sino á todos los jefes militares y al virrey. Contaba Iturbide con unos 6,000 soldados y se le agregaron otros muchos. No pocos de sus compañeros de armas secundaron el pronunciamiento. La campaña de Iturbide no fué otra cosa que un paseo militar: guarniciones enteras se rendían sin un mal simulacro de defensa y apenas si se batió con denuedo algún destacamento poco numeroso.