Al frente de 16,000 hombres hizo Iturbide su entrada en la capital de Méjico el 27 de septiembre de 1821.
Los españoles no conservaban más que el castillo de San Juan de Ulúa, situado en un islote del puerto de Veracruz, donde se resistieron con tenacidad. ¡Era el último baluarte de su dominación!
Iturbide permitió que un motín militar le hiciera emperador; el sargento Pío Marcha le puso una corona, que debió causarle una impresión penosa como el frío de la muerte. Aceptó el manto imperial, que había de ser su mortaja, y celebró con salvas su propia coronación. Todo esto pasaba en la fatídica fecha del 18 de mayo de 1822.
El emperador incorporó la República de Guatemala á su imperio no reconocido, enviando allí un ejército mandado por Filisola. Creó cuatro capitanías generales, fundó la orden de Guadalupe y repartió condecoraciones militares y civiles á los individuos de uno y otro sexo de su Corte imperial.
En desacuerdo bien pronto con el Congreso nacional, lo disolvió. El usurpador de la soberanía marchaba directamente al absolutismo degradante. Pero el 8.º regimiento de infantería de línea que tenía por coronel á Santa Ana (el mismo que fué más tarde, presidente de la República), se sublevó contra el imperio, que no pasaba de ser una mascarada, una caricatura de las ridículas cortes asiáticas y europeas. Guerrero también se sublevó en el sur en compañía de Bravo. La insurrección se propagó por todos los ámbitos de Méjico; Iturbide se vió obligado á renunciar la corona; el Congreso declaró que tal renuncia no era necesaria, pues su elección era nula. En efecto, el mal aconsejado Iturbide no había sido más que emperador de hecho, vulgar usurpador.
Fué desterrado Iturbide, señalándosele un sueldo anual de 25,000 pesos con la expresa condición de residir en Italia.
Pero después de una corta permanencia regresó de Europa, desembarcando en Soto la Marina con algunos compañeros. Un sargento mejicano le reconoció; fué preso inmediatamente, juzgado por el Congreso constituído en tribunal y fusilado en Padilla á fines del mes de julio de 1824.
Murió con tranquilidad, después de arengar á los soldados que habían de hacerle fuego y de repartirles algunas onzas de oro.