En su niñez fué Lamar á Madrid en compañía de su pariente el doctor Cortázar, que había de ser más adelante oidor en la audiencia de Bogotá y regente de Quito.

En España ingresó Lamar en el ejército desde su primera juventud, habiendo ido con su regimiento al Rosellón con motivo de la guerra declarada por todas las monarquías de Europa á la primera República francesa.

Los ejércitos de la República se cubrieron de gloria en todas las fronteras y las ensancharon con sus triunfos; pero en el Rosellón encontraron un adversario digno de medirse con los caudillos revolucionarios, en el ilustre general Ricardós, gaditano célebre y militar instruído con quien aprendió Lamar el arte de la guerra.

Al terminar la campaña del Rosellón, era Lamar capitán del regimiento de Saboya que aun existe en España.

Tomó parte después el joven ecuatoriano en la guerra de la independencia sostenida por los españoles contra los ejércitos imperiales de Napoleón I, habiéndose encontrado en el memorable sitio de la inmortal Zaragoza, donde fué herido de mucha gravedad.

Restablecido más tarde y ascendido á coronel, sirvió á las órdenes del general Blake en la campaña poco feliz que sostuvo éste en la región valenciana. Lamar se distinguió mandando una columna de 4,000 combatientes; pero comprendido en la capitulación del 9 enero de 1812, tuvo que rendirse al general Suchet y fué llevado prisionero á Francia.

Destinado al depósito de prisioneros establecido en Dijón, se negó á empeñar su palabra de permanecer en la ciudad, lo que obligó á los franceses á encerrarle en un castillo. Un realista francés, enemigo de Bonaparte y de la Revolución, le proporcionó los medios de fugarse y pudo Lamar al cabo de algún tiempo ganar la frontera suiza. Después atravesó toda Italia, embarcándose en Nápoles con rumbo á la península en un barco inglés de guerra.

Desembarcó Lamar en la ciudad de Cádiz cuando ya los franceses habían evacuado el territorio español. Se dirigió á Madrid, donde Fernando VII recompensó sus servicios ascendiéndole al generalato y destinándole á Lima, como él solicitaba. Lamar llego á Lima con el propósito de conciliar las tendencias separatistas de los americanos y los llamados derechos de la metrópoli. Amaba la libertad, la independencia, el derecho y la justicia; pero sentía gran respeto á España y no quería una ruptura completa; sus aspiraciones eran ya irrealizables, pues dada la situación de las cosas, el estado de los ánimos y la sangre vertida por unos y por otros, aflojar los lazos entre España y América era lo mismo que acelerar el momento de la emancipación. Lo que pretendía Lamar hubiera sido bueno, político, oportuno, sesenta años antes; en 1815 era imposible y absurdo.

Así lo comprendió por fin el ilustre ecuatoriano, decidiéndose con resolución por la libertad de América. El soldado de la independencia española, también lo fué de la independencia peruana. Tardó mucho en decidirse, pero su concurso fué precioso.

El Perú independiente quiso premiar los servicios de Lamar, que bien lo merecían; al efecto le hizo donación de una riquísima hacienda, que había sido embargada á un español; pero Lamar sólo aceptó el donativo para devolver la hacienda al dueño despojado. Era éste adversario suyo, enemigo de la Independencia, persona poco estimada en el país; pero Lamar tenía un corazón generoso y dió muestras de un desprendimiento digno de alabanza.