Todas las figuras que hemos bosquejado son justamente célebres; pero no todas en el mismo grado. La celebridad de un Hámilton, que es grande en los Estados Unidos, se desvanece y pierde antes de llegar al Ecuador; la de Lamar, que es grande en el Ecuador, Bolivia y el Perú, apenas alcanza á Méjico; la de Bilbao, tan considerable en Chile y aun en la Argentina, quizá no llegue á Colombia, Honduras y Guatemala. ¿Pero dónde no resplandece con destellos vívidos la gloria inmortal de Sucre? ¿Dónde está el americano que desconozca al héroe? ¿Cuándo habrá una generación tan ingrata que le olvide?

Por eso hemos vacilado antes de resolvernos á dedicarle un capítulo, decidiéndonos al fin una consideración: la de que nunca serán bastantes los aplausos que se le tributen ni las maldiciones que se lancen contra sus cobardes asesinos.

Sucre nació en Cumaná (Venezuela) en 1793. Se alistó en 1810 en las filas patriotas y se batió á las órdenes del general Miranda. Vencido éste por los españoles, combatió al lado de Nariño. En 1813 era Sucre teniente coronel y peleaba á las órdenes del inmortal Bolívar.

Los futuros vencedores de Ayacucho y de Junín se estimaron desde el punto que se conocieron. Tal vez adivinaron que habían de vivir juntos en la historia, como inseparables colaboradores en la obra magna de la independencia. La amistad de los héroes no se quebrantó jamás.

Los hechos de armas de Sucre, sus esfuerzos por organizar los mejores ejércitos que América tuvo entonces (y nunca los ha tenido después superiores ni aun iguales), sus privaciones, peligros, contratiempos en una guerra feroz de catorce años, todos los sacrificios; todos los reveses, todos los triunfos que logró en sucesivas campañas, son hechos que pueden ser detallados por sus biógrafos, pero no caben en este ligero apunte. Sólo diremos que sus victorias como sus derrotas, sus acciones de guerra como sus planes de organización y de campaña, sus servicios militares y sus méritos cívicos, todo ello aparece oscurecido y en segundo término ante el resplandor que despiden las espléndidas victorias de Pichincha y Ayacucho, en las cuales se cubrió el general Sucre de inmarcesibles coronas de laurel.

En Pichincha mostró Sucre todo el valor de su genio militar. En Ayacucho puso feliz remate á la dominación de España en el Nuevo Mundo. La primera de estas dos batallas fué decisiva por lo que influyó en la suerte de la guerra. La segunda tiene una importancia histórica por nadie desconocida.

Desde el punto de vista militar, Pichincha vale más ó tanto como Ayacucho; pero considerada desde el punto de vista político é histórico, la de Ayacucho es la victoria más trascendental del siglo XIX.

De todas maneras, los militares europeos (á la verdad no muchos) que se dedican á estudiar las guerras americanas, de lo que se asombran no es de las batallas y de las victorias que han inmortalizado á los caudillos de América, sino de sus marchas increíbles, de aquellas penosas é inverosímiles jornadas por cordilleras abruptas, desiertos sin caminos, sabanas sin recursos y selvas seculares. Bolívar, Sucre y San Martín, con más motivo que Napoleón el Grande, pudieron felicitarse y enorgullecerse de tener soldados «que pasaban ríos sin puentes, marchaban sin zapatos, vivaqueaban sin raciones y sin aguardiente, combatían con los elementos y con los enemigos». Los generales de la independencia americana hicieron más en los Andes y en las pampas de la América del Sur, y con más éxito, que Aníbal en los Alpes ó Napoleón en las estepas rusas, llanuras heladas que fueron la tumba de su ejército.

El 24 de diciembre de 1824, en los campos de Ayacucho, se rindió á Sucre el general La Serna, último virrey del Perú, quedando prisioneros con el virrey los generales Canterac, Valdés, Carratalá, Monet y Villalobos, gran número de jefes y oficiales y más de 2,000 soldados. Estos últimos, casi todos indios, ingresaron en el ejército libertador; los generales, jefes y oficiales, así los peruanos como los peninsulares, después de estar algún tiempo en diferentes pontones fueron enviados á la Península con todo el respeto y consideración debido á la desgracia.

El general Rodil con un puñado de hombres se sostuvo todavía algún tiempo en la plaza del Callao, no con esperanza de éxito ni con ilusiones imposibles, sino por el honor de las armas y el lustre de la bandera.