Francia recibió la vida en Yaguarón, pueblo de indios, en 1756. Su padre servía de mayordomo en una hacienda. Sus abuelos habían sido un paulista y una criolla de Asunción. Desde niño estuvo en un colegio dirigido por sacerdotes, donde aprendió latín y teología, doblez é hipocresía, vicios y oraciones. Salió del colegio á la edad de veinte años ansiando los placeres de la juventud y engolfándose en los goces de la sensualidad. Sus desórdenes obligaron á su padre á hacerle salir del Paraguay, enviándole á Córdoba donde estuvo encerrado en un convento.
Era doctor en teología cuando volvió á su patria, donde entró de catedrático en el Seminario; no tardó en ser despedido, tal vez por su conducta que era de mal ejemplo, tal vez por sus ideas antipapistas. Francia no reconocía más autoridad ni más papado que el papado y la dictadura vislumbrados por él para sí mismo en sus noches de insomnio, en sus delirios de teólogo y en sus ambiciones desmedidas.
Aborreció á su padre y al género humano todo entero. Á su padre le negó un abrazo cuando estaba en la agonía. Á los hombres los odiaba; sólo amaba á las mujeres como instrumentos pasivos de sus goces, no con el sentimiento puro del amor humano, reflejo del divino. Era un misántropo de la peor especie.
La revolución americana despertó en su pecho, no los sentimientos de un corazón patriota ni los ideales de un pensamiento libre, sino vagas aspiraciones de poder absoluto, de un poder sin trabas, sin cortapisas y sin leyes ni responsabilidades, poder con el cual pudiera satisfacer sus odios y saciar sus innobles apetitos.
El Paraguay se declaró independiente; el poder cayó en manos de tres hombres, de los cuales era Francia el más inteligente ó más astuto. No tardó en deshacerse de sus colegas y colaboradores, estableciendo su dictadura personal. Como era consiguiente, no faltó quien se quejara, no faltaron murmuradores y hasta circularon graciosas caricaturas; mas no se repitieron ni las caricaturas, ni las murmuraciones, ni las quejas. Los que proferían éstas y los autores de aquéllas fueron ahorcados inmediatamente sin formación de sumaria, sin defensa, sin contemplaciones.
Este sistema subsistió mientras hubo á quien ahorcar. Todo hombre que pensaba, que discurría, que conservaba un asomo de esa dignidad incompatible con el despotismo de una dictadura teológica y salvaje, emigró del Paraguay para no ser ejecutado en la horca.
La Iglesia católica no podía ver con buenos ojos el poder absoluto de un hombre que anulaba la histórica influencia de los clérigos en el Paraguay. Allí donde poco antes el cura lo era todo, ya nadie era nada: el doctor Francia no consentía rivales ni competidores. Él era el señor, el amo, el dictador; él era rey y papa. Nada tenía que envidiarle al autócrata de Rusia ni á los sultanes de Oriente.
Por eso la Iglesia conspiró contra el despotismo del doctor Francia; pero éste se declaró patrono de la Iglesia, obligó á los curas á casarse y disolvió el cabildo.
Sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, niños y ancianos, pagaron con la prisión y el tormento el descuido de no haberse detenido para saludar al dictador cuando éste se presentaba en público.
En 1819 hizo fusilar á Yegros y á cuarenta más, sólo por la denuncia de un clérigo que dijo haber sabido por medio de la confesión que aquellos patriotas conspiraban. Las cárceles se llenaron de sospechosos y á todos se les aplicó el tormento. Las víctimas recibían doscientos azotes diarios, en presencia del doctor, hasta que confesaban ó morían. Montiel murió sin hablar; Caballero se suicidó; los más soportaron el suplicio por espacio de 18 meses.