En 1821 fueron fusilados 68 infelices. La ejecución se hizo al pie de un naranjo secular, frente al palacio de Francia, que presenció el exterminio de tantos inocentes sin conmoverse ni inmutarse.
Según dice Machain en sus Cartas sobre el Paraguay, el dictador Francia fusiló doce españoles por delaciones falsas, ó por no tener recursos para pagar las contribuciones arbitrarias que se les imponían. Los extranjeros no podían testar, pues el Estado se declaró su heredero. Á los españoles, además, se les inhabilitó para servir de testigos, para ser padrinos en los casamientos y para comerciar. Se les prohibió también que montaran á caballo.
Al principio obligaba el dictador á todos los habitantes á pararse y descubrirse cuando pasaba él; pero más tarde ordenó que cuando él salía de su palacio estuvieran las calles enteramente desiertas. Los transeúntes eran obligados á retroceder y acuchillados si no se escondían pronto.
El sabio francés Bonpland, amigo de Arago y compañero de Humboldt, que pretendió hacer estudios en el Chaco, estuvo preso ocho años por el singular delito de analizar plantas y clasificarlas. El doctor Francia no transigía con la ciencia.
Francia no se casó nunca; desterró al cura que casó á su hermano; fusiló á un hombre ¡á su propio cuñado! por haberse casado con una hermana suya. ¡Tal era su aversión al matrimonio!
Según él, solamente los eclesiásticos debían tomar esposa.
Por delitos supuestos ó contravenciones insignificantes, hubo personas y familias que estuvieron presas 17 años y más.
Francia no tenía más sociedad que la de su barbero, la de su médico y la de un negrito que le servía de bufón, de espía y no sabemos si de alguna cosa más. Por cierto que el tal negrito, llamado Pilar, fué fusilado por haber cometido una equivocación. También acompañaba siempre al dictador su perro, que se bebía la sangre derramada al pie de los patíbulos. Á Sultán, que así se llamaba el perro, no le faltó sangre que beber mientras vivió su amo.
Es imposible saber el número de víctimas sacrificadas por el dictador. Unas veces mandaba fusilar á su escribiente por haber hecho un gesto involuntario; otras veces, acordándose de un preso á quien tenía con grillos hacía veinticinco años, le mandaba sacar para darle cuatro tiros. Estos repugnantes crímenes se repetían con frecuencia, particularmente cuando reinaba el nordeste cargado de humedad, que exasperaba la neurosis del déspota inverosímil.
El terror de los paraguayos no tenía límites, ni precedente en la historia universal. Los vecinos de la Asunción, al despertar por las mañanas (si es que dormían por las noches) se asombraban al encontrarse vivos. ¡Y esto duró muy cerca de treinta años!