Dedicado desde niño á las faenas del campo, adquirió la brusquedad de maneras que suele distinguir á los rurales. Sus hábitos eran duros y sus instintos salvajes, como formados en las haciendas rústicas del interior y en una lucha constante con los indios. Puede decirse que en su juventud no cultivó más trato que el de los gauchos ni fué amigo sino de los caballos.

Á su trabajo, á su constancia y á su economía, debió la adquisición de una modesta fortuna. Esta fortuna, sus antecedentes de familia y su carácter enérgico, le valieron la confianza de los gobiernos argentinos empezando por el de Rivadavia. Obtuvo por eso el mando de las milicias rurales, y en tiempo del coronel Dorrego se le nombró comandante general de las pampas argentinas.

Escaso de instrucción, no es probable que fuera un federal convencido; pero estaba agradecido á Dorrego, que era jefe del partido federal, y supo demostrarle su agradecimiento.

Cuando Dorrego fué vencido por la insurrección militar del 1.º de diciembre de 1827 y fusilado por el general Lavalle, que era el campeón unitario, Rosas protestó en el acto poniéndose á la cabeza de sus milicias y proclamando la restauración de las leyes, la autoridad legítima y la rehabilitación de la memoria de Dorrego.

Sostuvo la guerra contra el general Lavalle hasta que le derrocó, siendo entonces elegido gobernador de Buenos Aires. Rosas gobernó tres años la provincia, y después que fué sustituído conservó el mando general de las milicias del campo, destinadas á operar contra los indios ó á defender las haciendas de sus incursiones.

Entre tanto proseguía la lucha de los federales con los unitarios y continuaban también los motines, asonadas y revoluciones. La provincia de Buenos Aires, entregada á la anarquía, volvió á confiar su gobierno al general Rosas.

Éste creyó que la anarquía se refrenaba con el despotismo, se hizo investir con los poderes de una dictadura y llegó á ser un verdadero tirano. Cada vez que expiraban sus poderes resignaba el mando; pero siempre lo reelegían para supremo jefe y dictador. Cuentan las crónicas que si algún representante, creyendo de buena fe en la renuncia de Rosas, daba su voto para gobernante á otro que no fuera él, amanecía á la mañana siguiente asesinado. Diez y siete años seguidos duró la farsa de sus reelecciones, desde 1835. Esa época es la más triste en la agitada historia de Buenos Aires, pues Rosas y los suyos no perdonaban medio de perseguir á los unitarios, siendo incalculable el número de los que fueron ahorcados, fusilados ó pasados á cuchillo por los sicarios viles del tirano. Su misma casa era un centro de odiosa tiranía, donde no había más voluntad que la suya y donde se castigaba rigurosamente la más mínima infracción.

Las personas decentes, los hombres dignos, los patriotas desinteresados tuvieron que emigrar á Montevideo, al Brasil, á Europa, á Chile, al Perú, ¡y dichosos los que lo lograron! Los mismos federales no podían soportar el espectáculo de un pueblo fanatizado por el dictador y gritando continuamente:

«¡Viva el restaurador de las leyes don Juan Manuel de Rosas!... ¡Mueran los inmundos unitarios!»

Lo peor no era el grito casi oficial de muera, sino que la muerte á mano airada, con ventaja, con alevosía, con ensañamiento y con impunidad, seguía de cerca á las voces y á las amenazas.